21 Diciembre, 2011. Por

Nacionales 2011

Los mejores discos según Notodo.com
Los mejores Discos Nacionales de 2011 según Notodo.com
Nacionales 2011

A la par que hemos elegido nuestros treinta discos internacionales preferidos de todo 2011, aquí repetimos el ejercicio pero con bandera patria (qué facha que suena, ¿no?). No ha sido fácil: 2011 fue un año de grandes discos estatales, regresos de grupos que cambiaron la métrica del pop independiente y pasaron a trivializar las etiquetas, debutantes que se antojan con muchísimo pedigrí y, sí, también algún que otro fracaso que aquí no comentaremos (ya sabréis eso de No-todo: sólo lo mejor) porque no viene al caso (el fra-caso… perdón). Mañana os surtiremos con canciones tanto de estos como de aquellos lares. Difícil y tan subjetivo como es la crítica en sí. Viva la diferencia.


30. Sidonie – El Fluido García
(Sony Music)
Cada mochuelo a su olivo. Si bien el olivo del trío barcelonés era la psicodelia más ácida y lisérgica del patio, sus merodeos por terrenos fangosos de pop comerciales, indie mainstream y pose de rock and roll star ambigua y machote a la vez ha descabalgado la expectación del territorio más pro del LSD. Con El fluido García se dan un paseíllo por su paseo, entregan algunas de sus mejores canciones y dan un puntapié a la mesa en cuanto a lo que se esperaba de ellos, movilizando su propio mercadeo hacia obligaciones más puramente rockers.


29. Pumuky – Plus Ultra (Jabalina)
La inclasificable levedad del ser. Pumuky siempre ha sido un elemento indeterminado, unos auténticos militantes de la introversión, la ventosidad íntima y el carácter pasivo. Con Plus Ultra no sólo se activan (y reactivan) dentro de un entramado de pop sideral orquestado, sino que dan la vista atrás en lo que a indie estatal se refiere, firmando varias de las canciones más tensas y pasionales de la temporada como Phoebe, Pleamar o la que da título al LP. Al fin la gloria.


28. Guillamino – Fang
(Bankrobber)
Su situación actual, como artista de ghetto que fabrica beats de un groove incontestable pero sólo consumido (y consumible, quizás: ahí reside el “problema”) por minorías avezadas, es lineal y permanente, pero ahí es donde entran canciones como Telepath Lover, Kiss in Cheek, Help Me o Fang Fosc, pasos adelante en una música de baile que coquetea con la bossa-nova y la lírica portuguesa a la vez que amplía su espectro hacia el neo-soul practicado por el Prince de producciones atípicas (¿el de 1999?) pero sin perder su esencia funk-disco-soul o la electrónica urbana, los samples casi discotequeros y una producción ensimismada, con ritmos de las grandes producciones del pop ochentero.


27. Los Eterno – Eterno saludo musical (Sones)
Por lo general grupos como Los Eterno son, en nuestro país, ejercicios pretenciosos. No les suele alcanzar con lo que proponen. Por fin damos con unos a los que le sobra jerarquía. Lo mismo te inyectan una dosis de post-rock mecánico que se pasean por el krautrock industrial, el rock experimental e instrumental más catártico o el slowcore más comedido. Ya era hora de que alguien pusiera los puntos sobre las íes.


26. El columpio asesino – Diamantes (Mushroom Pillow)
Podría haber sido mejor, hay que ser sinceros. Si La Gallina y De mi sangre a tus cuchillas fueron dos de los mejores discos de la primera década del corriente siglo en nuestro país, un disco como Diamantes tenía una presión del copón. Probablemente el menos bueno de los tres, aun sigue colándose entre las listas de mejores álbumes del año. Razones sobran: su giro hacia el pop bailable, los cameos sintéticos y los hits poderosos Toro, Perlas o Dime que nunca lo has pensado nos dan razones para seguir creyendo. Son religión, sí.


25. The New Raemon & Francisco Nixon & Ricardo Vicente – El problema de los tres cuerpos (Playas de Normandía / Cydonia / Music As Usual)
El problema de The New Raemon, Francisco Nixon y Richi Vicente es que son unos culos inquietos. ¡Benditos problemas los de algunos! El problema de los tres cuerpos es un EP a tres voces y seis manos: canciones de autores definidas individualmente pero pensadas en tonos globales, ayudándose entre sí, armonizando el ejercicio y aportando matices que los acerca tanto al sonido setentero de The Band como a los 80 de Supertramp o la canción ligera y depresiva de Los Secretos de Enrique Urquijo.


24. Tuya – Own (Subterfuge)
David T. Ginzo lleva siendo la suficiente cantidad de años un músico pluriempleado en multitud de proyectos (Sidonie, El Hijo, Templeton, Annie B. Sweet…) como para dar rienda suelta, por fin, a sus propias filias. Y ese álter ego es Tuya, un empleo del pop forestal emparentado con zonas más cerca de la baja fidelidad súper producida y las maniobras de cantautor digital y épico. Se vislumbra un proyecto bastante más grandote que este EP.


23. Elastic Band – Mood
(Chesapik)
Tras aquella fantasia loca, bailable, hitera y encapsulada que fue aquel álbum debut de los granadinos, Boogie Beach Days, la respuesta ha sido un cambio de métrica, un viaje en el tiempo a los años ’80 con reservas auténticas a la electrónica moderna (que también es revival, perdona que os diga…) en Mood, su segundo LP. El esquema mantiene aristas similares, pero ahora la historia va menos de collages y más de armonía: Not There, The Way She Moves Me o Better Than Before son un puente exquisito entre el soul de la Motown y el rockabilly novíssimo y las piezas de pop moderno a lo Wolf Parade o Handsome Furs. Que se sepa.


22. Bedroom – El fum blanc (Foehn)
El folk catalán necesitaba esto: una suerte de nueva trova de las de verdad, exenta de costumbrismo, adicta a la necesidad de tensiones y peripecias. Voces deprimidas, ahogadas, naturales sin ser pastorales. Una introversión dentro de la máxima del cancionismo invertebrado de la nueva ola de cantautores. Bedroom han sido, son y serán uno de los grandes filones de Foehn. Y eso ya es decir mucho.


21. Novedades Carminha – Jódete y Baila (Lixo Urbano)
Desgraciados a posta, conscientes de su inconsciencia, consistentes y veloces, poperos y punkarras, americanistas del garage y gallegos pro de la posterior re-movida, Novedades Carminha vieron suelo verde y cagaron en él: Jódete y Baila es la respuesta orgánica a Te vas con cualquiera y un compilado de canciones que merodean, sí, el territorio okupa de Black Lips y Davila 666 y la canción federada y gimnástica de los ahora balbuceantes Siniestro Total, Los Coyotes o Aerolíneas Federales. ¡Nuevo punk tropical, cona!


20. Soledad Vélez – Black Light in the Forest (Sello Salvaje)
El femme folk o menstruafolk no ha muerto. Y es posible que viva mucho tiempo más. La culpable es Soledad Vélez, una muchacha chilena residente en nuestro país que, entre el año pasado y el corriente ya ha publicado dos EPs. El último, una obra mayúscula, magnífica y súper personal (su voz es una especie de ciclo vital grave, nasal desde el fondo e híper sensible) ha sido uno de los descubrimientos del año y, a buen seguro, el inicio de una gran amistad con una masa indie a punto de caer a sus pies para siempre.


19. Nacho Umbert & la Compañía – No os creáis ni la mitad (Acuarela)
Tiempos para la reflexión aparte, Nacho Umbert aprovecha su impulso creativo y, a la vieja usanza, se desquita con un segundo disco en el segundo año de su renacimiento. El método es el mismo: canciones abrigadas con guitarra española y elementos concretos de percusión, algún que otro bajo, cuerdas, sonidos de la calle, voz en primera plana y la garganta de un Umbert totalmente desacomplejado y libre de prejuicios gestuales con su voz como nexo subordinante en todo el repertorio. La novedad aparece, contra todo pronóstico, en la composición y no tanto en el sonido: sí que se aprecia una variación de matices que tiran hacia lo zen, lo pasivo, la escasez de subidones y, en general, un apoyo que vira más hacia la brevedad que a la lisergia hipertextual, aunque siguen existiendo esas canciones-dentro-de-canciones.


18. Vetusta Morla – Mapas (Pequeño Salto Mortal)
Las canciones mezclan tensión, dramatismo, épica y pop de masas. Es normal que tanto los pijos más recalcitrantes y los indies más modernos apoyen al sexteto tricantino. En su segundo LP tienen varias razones para seguir confiando ad eternum en ellos: Lo que te hace grande, Boca en la tierra, Mapas, Maldita dulzura, Baldosas amarillas o El hombre del saco vuelven a poner a punto la maquinaria creativa de los madrileños.


17. Nacho Vegas – La Zona Sucia (Marxophone)
El quinto disco de Nacho Vegas resume y consume su faceta más canalla a la de la feliz depresión, la de bálsamo interactivo, la de sonrojada porosidad, niñez y carruseles. Se empacha en varias de las canciones de La zona sucia de un infantilismo peculiar, utilizando no sólo a coros de niños para dos de sus canciones más celebradas (Perplejidad y Lo que comen las brujas), sino trazando un puente sobre esa perspectiva de negativa ironía y oronda felicidad, en la que Vegas parece querer desencasillarse de esa imagen de eterno suicidio íntimo y de perfecto espectador de sus pies para sacarse el pelo de la cara (sin sacárselo) y asomar una leve sonrisa con ritmos dignos de ese carrusel sonoro con acordeón bajo el brazo con el que deambula (la eternamente cuestionada por el público indie) Julieta Venegas.


16. Lüger – Concrete Light (Marxophone)
Lüger continúa practicando un krautrock firme, pero esboza guiños hacia zonas que coquetean tanto con la electrónica industrial y las estructuras mecánicas de Einstürzende Neubauten (Hot Stuff) como con sonidos propios de un mestizaje-rock que nos traslada hacia Ravi Shankar, Brian Jones y George Harrison con estructuras e instrumentos como el sitar que se acoplan a la perfección entre el Frank Zappa más puesto de peyote y las lecturas de Castaneda en la estepa mexicana de los ’70.


15. Antònia Font – Lamparetes (Robot Innocent)
La respuesta de los mallorquines a la explosión Manel es Lamparetes, un ejercicio más que ambicioso que, si bien centraliza el grueso de su potencial en los dos primeros tercios del disco, llena de historias tan naturales como absurdas un torrente de melodías habladas al oído, aupando el género de fábula costumbrista de intelectualoide reconvertido a patrón de barra de bar y, sobre todo, a historietistas ejemplares de la región mallorquina y el erario público-civil de la historia contemporánea más reciente. La mejor forma de reivindicar su sitio en el pop español por encima de modas, booms, tendencias y sonidos (y lligas) regionalistas.


14. Christina Rosenvinge – La Joven Dolores (Warner)
La joven Dolores, para bien y para mal, repite los esquemas de Tu labio superior pero, si cabe, con un arranque bastante melancólico, árido e intimista y con una herencia a tiempo parcial con respecto a su anterior LP. Agudiza más aún que en su predecesor esa obsesión por la lírica en forma de pareado, con rimas tan infantiles como adultas, haciendo de la rima consonante una secuencia en versión continua que es, junto a esa voz susurrante que parece, por momentos, chapurrear español, las señas de identidad más significativas. Vuelve a componer en clave de polaroids antiguas un acabado indispensable.


13. Nudozurdo – Tara Motor Hembra (Everlasting Records)
Tara Motor Hembra, el conflictivo y meta-psicótico tercer álbum de los madrileños, ha vuelto a sorprender hilando las buenas formas de Sintética pero sin dejar de adquirir nuevas influencias, sonidos y abocando por lo experimental de sus estucturas para magnificar las pulsiones de sus atmósferas. Vuelven a profundizar en las zonas oscuras de los subgéneros de los ’80 (la dark wave, el post-punk y el pop sintético, analógico y sexual de bandas como The Cure, Depeche Mode o Ultravox) pero sabiendo que forman parte de una ola de nuevas bandas abocadas al encierro, a la psicopatía lírica, al arte pop y a la creación de piezas que se estructuran en base a una sucesión de acordes que hacen de la perfidia pura rapsodia y un bálsamo (a veces más bien placebo) de sensaciones cuasi epilépticas.


12. ¡Pelea! – ¡Qué éxito! ¡Qué felicidad! (Gramaciones Grabofónicas / CANADA)
El debut largo de ¡Pelea! es una especie de doble EP imaginario que apuesta por la rapidez, la brevedad, la anti-técnica, los gritos mongoloides, los textos cachondos y la variedad de matices rítmicos, siempre tomando como positiva toda esa evidente limitación que poseen a la hora de tocar sus instrumentos. Incluso tienen dos cojones para amenazar con robarle el riff del Twist and Shout de The Beatles en Disfraz de cerdo o para transformar el cierre del disco en una especie de karaoke cincuentón, en una caravana que le molaría mucho a tus abuelos en las fiestas de tu pueblo en la sesión vermouth. Verdad y atrevimiento.


11. Oso Leone – Oso Leone (Foehn)
La hosquedad con la que Oso Leone desafían el mareo actual del típico y clásico folk actual se antoja tan evolutiva como intensa. Adoptan una suerte de karma que sintetiza desde la simpleza y la elegancia de las formas simples, diez mantras que posan armonías perfectamente equilibradas entre Xavier Marín y Paco Colombás recomponiendo un erario musicológico personal tan pasivo como violento, tan sagaz como filoso, tan nuevo como heredero de los clásicos. Sus composiciones acaban transformándose en tribales ejemplos que conectan, manualmente, el sonido acústico con la pragmática sensitiva del que escupe al bostezar, evitando esquemas manoseados y erigiendo canciones como Rebellion, They Are o Bornicula a la categoría de nuevo mestizaje del folk digitaloide.


10. Bigott – The Orinal Soundtrack (Grabaciones en el Mar)
Bigott sigue manteniendo ese tono lírico paródico, citando a personajes de la cultura popular con guiños de ambigüedad casi hiriente (Elvis Presley, Boney M) y utilizando una pronunciación anglosajona casi alemana (a pesar de su perfecto control) poniendo en práctica lo que ya hacen músicos como Kevin Johansen, Gecko Turner o Axel Krygier por ese afano multicultural y multi-lingüístico pero, y sobre todo, persigue esa polaridad vibrante y mestiza en el perfil de las canciones: Flying Zirkus parece un homenaje, desde la adultez, a jóvenes valores globales como Vampire Weekend o Arcade Fire; Le Petit Martien es una suerte de tarantela balcánica; Turkey Moon conecta la canción de autor más sosa con el bailoteo de la salsa; God is Gay es un hit glorioso que ya le molaría a algún grupo petardo de electropop facilón; y Cannibal Dinner es una epopeya de discoteca semi-funky y ochentera que guiña un ojo a Boney M y otro a pachas entre los Talking Heads y los Dire Straits.


9. Russian Red – Fuerteventura (Sony Music)
Fuerteventura es, posiblemente, una de las producciones más asombrosamente reveladoras y cuidadas de los últimos años: reposo de tres años, composición tranquila mano a mano con Charlie Bautista, migración a Escocia y reproducción musical con músicos de Belle & Sebastian. Un bomboncito así (ella y el disco) se acaba de posar sobre nuestros oídos para demostrar que Lourdes Hernández no era sólo aquella niña pija con suerte que logró colar entre los éxitos del indie patrio dos o tres golosinas para románticos y melancólicos del sonido acústico: evita la repetición y replica sobre sí mismo para crear un conglomerado súper armónico de pop, post-folk y melodías que evocan a las musas del soul-pop americano de los ’70 con sonidos tan revivals como actuales a día de hoy.


8. Abraham Boba – Los Días Desierto
(Limbo Starr)
Abraham Boba roza de puntillas el pop de cabaret siempre desde una pose de crooner aventajado, haciendo de la gravedad de su voz una extensión amalgamada de estilos que subyugan firmeza y madurez. Juega (ya lo hacía antes, pero ahora es oficial) en la misma liga que, sí, Vegas, pero también que Josele Santiago, Sr. Chinarro, Refree, Julio De la Rosa o Nacho Mastretta, juguetea con melodías de carrusel circense tan melosas, infantiles y armónicas como luminosas y hasta se plantea (al menos éste año lo consiguió) superar compositivamente a su compañero con el que ejerce de músico de acompañamiento en discos y giras, Nacho Vegas.


7. La Familia – Esto es Normal (Ernie Records)
El experimento funciona, básicamente, porque se piensa en la canción como fin último sin caer en superficialidades de moda y tendencia sónica ni por apostar por fórmulas caducadas que huelen a chotuno que da calambre, dándole un espacio a la lírica que pocos grupos en la actualidad le dan (lamentablemente). Esto es normal combina las raíces de la canción de autor revitalizada y pensada para sonar en grupo con claras influencias de la rama del alt-rock-country americano de segunda mitad de los ’90, una lírica que se pasea por el humor propio, la doble lectura y las fábulas realistas y la herencia del pop gallego que, desde finales del siglo pasado, ya es un género en sí mismo.


6. Za! – Megaflow (Acuarela)
¿Cómo sería el rock moderno en la época del australopytecus? Za! nos dan la respuesta: como Megaflow. Ese ejercicio metalingüístico del ruido ordenado, el post (y free) jazz, las baladas hardcoretas, el noise envuelto, las orquestas del siglo veintidós y el zapateo al vuelo de la improvisación y la telepatía automática entre Spazzfrica Ehd y Papa DuPau convierten este nuevo álbum del dúo catalán en una auténtica alegoría de la liberación más explosiva.


5. Hyperpotamus – Delta (El Molino Music)
Hyperpotamus es exactamente eso: la enervación del hipotálamo hacia límites insospechados, el regurgitar de las pequeñas bestias que habitan dentro de Escudero, la exacerbación del pop vocal a su máxima expresión, la humillación pública a aquellas orquestas corales de cuarenta músicos intentando hacer lo que en dos minutos y con un par de micrófonos y una pedalera de Loop Station puede alcanzar un ser humano. En Delta, el madrileño residente en Londres se distancia de aquel caos ordenado de Largo Bailón a favor de perseguir un poco más la canción redonda. Sí, sigue apostando por las bases graves, los loops y sampleos de sí mismos colocados en perfecta conjunción como si se tratase de una banda de músicos sin instrumento (en realidad lo es, pero todos los músicos son el/él mismo), pero en esta ocasión cede al ritmo para que la canción sobreviva más allá de la evidente sorpresa de cómo está “tocada”.


4. Ainara LeGardon – We Once Wished
(Aloud Music Ltd.)
Ainara LeGardon consigue salir del pozo en el que se encontraba su carrera, sólo apreciada por expertos y melómanos, y da un paso adelante hacia ramificaciones más propias del riot grrrl, el rock alternativo de los ’90 y los pedales de distorsión. Se guisa a pares junto a Héctor Bardisa (y con alguna colaboración puntual en bajos, voces y guitarras aisladas de miembros de bandas como Tokyo Sex Destruction, Audience o Willard Grant Conspiracy) una colección de canciones que suenan tan graves y oscuras como liberadoras para la carrera de la bilbaína: mezclan aquella intimidad (como forma de homenaje y casi herencia a sus materiales anteriores) acústica con un rollo riot despeinado pasivo-agresivo de la primera PJ Harvey con una suerte de virulentos espasmos de electricidad a lo The Kills que, por otro lado, son completamente necesarios.


3. Fasenuova – A la quinta hoguera (Discos Humeantes)
Quizás sea por la tradición minera y siderúrgica, industrial, de su Mieres natal, y de una inevitable carga eléctrica-orgánica telúrica, tectónica, mineral, que en ellos penetra y que vierten purgativa y necesariamente en clave de una lírica mugrienta, radioactiva y sucia. Quizás. En cualquier caso, lo que sí tenemos claro es que el hipnotismo de líneas de bajo que son loops absorbentes hacia fugas que culminan en aullidos y desgarros vocales de su romanticismo electro, generan un idóneo espacio imantado para la estrangulación de sintes y cajas de ritmo analógicas con las que brotan esos epilépticos versos reiterados en la acidez electrotécnica de sintes que arpegian el agudo máximo desde el grave mínimo. El que sobrevuela un tecno arcaizante, proto-industrial que se desgarra y rompe en ritmos de contundencia y deconstrucción hipada constructiva.


2. Dolores – Disco Póstumo
(Origami)
Disco Póstumo es una bomba de relojería que podría haber sido parida por Eduardo Benavente, Poch o José Luis García, pero convirtió su origen en un ejercicio revival, preciso, hiriente y herido. Utilizan esa estética mimada, gótica, gruesa, de ritmos firmes casi mecánicos, bebiendo tanto de aquella new wave y post-punk marca británica como de ciertos complejos formalizados en algunos proyectos tóxicos de los ’90 como Nine Inch Nails, Garbage o Hole, entre otros, y el ejercicio supera lo resultón. Esa patente de corso robada a Parálisis Permanente, Patrullero Mancuso, La Dama se Esconde o Viuda Gómez e Hijos es la que imprimen en auténticos singles como Cortafuegos, Cocodrilos de Marfil o KDR, auténticos bastiones de un elemento que eleva a Teresa Cobo como una meta-artista (además de que lo es: se encarga de firmar esas pinturas góticas tan sugerentes del arte de la banda) que colisiona su expresión estática con un método para contar las cosas que la acerca más a un día de verano que a la noche de Halloween. Si las cosas después de la muerte son así, ¿quién dijo miedo?


1. La Casa Azul – La Polinesia Meridional (Elefant)
El nuevo disco de Milkyway es una fábrica de hits que huele a grandes éxitos: emociona, nos lanza a la pista de baile, nos entrega estribillos instantáneos, inmediatos y atemporales y logra enamorarnos por enésima vez. Probablemente la universalidad e inmediatez que nos conquista inmediatamente sea como causa y/o consecuencia del efecto globalizador de su producción: sin sonar ni amateur ni envidiar en prácticamente ninguno de sus flancos limitaciones ni excusas por las que catalogar a Milkiway como un “productor español”. Utiliza un método de producción influido claramente por producciones de los ’80 pero con unas orquestaciones más propias de artistas de la Motown (los Jackson 5 o The Supremes, sin duda) o nombres propios como los de Marvin Gaye, Stevie Wonder, Quincy Jones o vertientes más renovadoras del sonido disco-funk como Jamiroquai o Prince: centraliza las canciones en torno a una base de graves que predominan por encima de la voz (como hacía antaño Michael Jackson en sus discos: si no, escuchad Billie Jean) pero incorporando programaciones electrónicas que amplifican y transforman en ñu disco o italo-disco piezas de pop universal. Tan sencillo como fino.

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