
30. Fleet Foxes – Helplessness Blues
Fleet Foxes continúan arañando melodías a partir de una maraña de armonías vocales que retroceden a la raíz del pop y al concepto de orquesta acústica para inmolar, siempre desde el karma y el espíritu zen, una horda inagotable de melodías que evitan lo bélico y se centran en la pureza.
29. Wye Oak - Civilian
Con
Civilian dejan un poco de lado la linealidad recreativa que en su segundo LP marcaba la pauta (líneas muy tensas, los mismos acordes en bucle de intensidad variables y patrones bastante similares entre pieza y pieza) para jugar en una línea más heterogénea, codeándose tanto con el indie folk más dramático como con el pop americanista, el slowcore o la épica de galones.
28. St. Vincent – Strange Mercy
No se trata tanto de catapultar
Strange Mercy como un disco póstumo del viejo pop recreándose en ejercicios mixtos de arte y ensayo actual y añejo, sino más bien de entender a
St. Vincent como un ente neorromántico que lo mismo samplea sin samplear bandas sonoras de thrillers, voces soul de la
Motown o grititos más propios de géneros ochenteros como el synth-pop en auténticas remezclas donde la técnica analógica y la digital conectan a la perfección con lo que muchos olvidan que hay que crear: canciones.
27. Com Truise – Galactic Melt
Seth Haley asiste a una convención multigenérica donde el beat se sostiene a base de alimento alto en materia grasa sintética, azotando con influencias eminentemente (y evidentes) ochenteras una base de melódica instrumental que conecta tanto con el
Aphex Twin más primerizo como con ciertas zonas de
The Third Eye Foundation, cierta luminosidad de los
Biosphere del
Microgravity y una evidente conexión escénica con proyectos actuales que beben de generaciones pasadas pero que aplican su nuevo producto a estructuras modernas como el trash de
Hype Williams, la micro-chillwave de
MillionYoung, el serpenteo ilusionista de
Gatekeeper, el bailoteo agradecido de
Blondes o el amor por el sintetizador de
Games.
26. Julian Lynch - Terra
Entre posibles nanas, deliciosas ralentizaciones y falsetes vocales, tropeles rítmicos y devaneos jazzísticos,
Julian Lynch es capaz de generar un espacio sonoro inequívoco donde un mestizaje bien avenido entre sintetizadores, acordes de guitarra, cajas de ritmo, teclado y la exploración tímbrica y melódica de instrumentos de viento que protagonizan esta aventura terrosa y parda, se convierten en los mejores aliados de un viaje sensorial opíparo, suculento, exquisito. Una poiesis donde la investigación es definición de un lugar de gracia intermedio entre el ambient de los 70, el folk desvencijado y descolorido, el anverso pospop y una psicodelia tímida que brotan con una naturalidad tangible, terrenal, posible, al tiempo que se antojan como portadoras de un secreto trascendente y de una intención metafísica.
25. Maria Minerva – Tallinn at Dawn
La (des)ordenación de estos diez temas que germinan de un exotismo voluptuoso y amorfo, líquido, imprevisto, fomenta por eso una inspiración onírica que despabila y adormece los sentidos. Sencillamente, con esa naturaleza bien avenida de un primer trabajo lucido. Se encomienda así a una oda al desenfoque musical sugestivo, retrovisor dramático, ahora retrocibernético y plácido, después cataléptico, aumentado y disminuido. Compone de esta forma estas piezas distorsionadas y evocativas que se olvidaron, espectrales, bajo una mirrorball que ya no gira si no es en el recuerdo de su propio pasado.
24. Mountains – Air Museum
Air Museum se antoja como el más electrónico de los trabajos de esta pareja neoyorquina que, en su investigación sonora y en la práctica compositiva, acceden a un nivel diferente donde se deshacen del ordenador como procesador de los sonidos emergentes de chelos, acordeones, guitarras eléctricas y acústicas o bajos, y emplean todo un dispositivo de ajustes manipulantes de pedales, sintetizadores modulares y otra serie de técnicas analógicas para la deconstrucción minimalista e improvisada de las emisiones vibrantes de la acústica de su música.
23. Bon Iver – Bon Iver
El título lo dice todo:
Bon Iver. Y si bien prácticamente todos los grupos acaban titulando un disco de la misma manera del nombre de la banda o solista, en el caso de
Bon Iver podría tener una doble lectura. Una es la de la pereza de no romperse el cerebelo pensando en un título para el disco; la otra, seguramente más certera, es ese paso que
Vernon da hacia delante en un arranque de confirmación de un estado de forma pleno ya no sólo en cuestiones creativas, sino también en perspectivas más personales. Adiós Emma, hola Bon. Ese territorio ficticio entre naturaleza 2.0, canción de autor frágil, guitarras suavecitas y toques de programación sintética ultra meditada se vuelve a teñir de lo más importante y visible del folky de Wisconsin: su voz.
22. The Dodos – No Color
La lucha neofolk por posarse tanto sobre la épica como sobre la naturaleza rabiosa es la temática este empleo opaco del no-color en una paleta pictórica de manchas y rasguños.
The Dodos regresan, y esta vez lo hacen en perfecta consonancia: tras el tropezón de
Time to Die, los californianos regresan al formato dúo para dar a luz severos retratos de canción ambiciosa,
fingerpicking, punk acústico y retrodelia post-hippie coherente. Saltos analógicos... y antológicos.
21. Ela Orleans – NEO PI-R
NEO PI-R es óxido experimental y cacofonía de una nueva psicodelia cinemascope de melodías ilusorias, caricias cantadas, electrónica orgánica, sintetizadores maltratados y funestos accesos desvanecidos en nuevos himnos reverberados que nos acorralan en un anverso de un tiempo moderno galvanizado.
20. Big Troubles – Romantic Comedy
No siempre la risa es un devenir próximo.
Big Troubles repiten el esquema que miles de grupos americanos están poniendo en práctica, pero con una diferencia: estos lo hacen bien. Desde ese tono opaco, oscurito y cutre de la grabación hasta la destreza técnica, la selección de canciones, la cercanía con bandas como
Veronica Falls o
The Aislers Set y esa peculiar visión del romanticismo federado hacen de
Romantic Comedy un trabajo que no te cambiará la vida, pero sí te dejará melodías en tu lengua durante semanas. ¿Se trataba de eso, no?
19. Porcelain Raft – Gone Blind
Porcelain Raft llora y sonríe canciones que coquetean con un eclecticismo nunca más ocurrente y vanguardista y que sintetiza en un proyecto mucho de lo que, a día de hoy, está pasando en la música contemporánea de corte independiente: la mixtificación atinada de prodigiosos oídos virtuosos (más allá de sus capacidades musicales) y una aproximación a una rareza familiar y empática, simpática, con la que conmocionarnos.
18. Dirty Beaches - Badlands
Con tan sólo ocho canciones y un sonambulismo romántico que hace de la revisión nostálgica de la música de los cincuenta y los primeros sesenta un revisionismo noise de baja fidelidad, su virtud es dar como resultado un sonido rockabily minimalista y experimental, brumoso y lynchiano (también
Alex está muy interesado en el cine y hace sus pinitos) donde la vocalidad a la
Elvis o las referencias a
The Ronettes o bandas como
The Rallizes Dénudés se hacen más evidentes en minúsculas y texturizadas canciones de rock de laboratorio chatarroso, nebuloso y modernizado.
17. Varias Artistas – Se Puede
Una suerte de obra conceptual femenina en la que
Lucas Martí toca y ellas (una troupe de divas indies latinas:
Javiera Mena,
Julieta Venegas,
Isol,
Emme,
Déborah del Corral o
Mariana Baraj, entre otras) cantan letras compuestas para reivindicar el valor femenino desde una pose tan chulesca como superada, convirtiendo a las muchachas no en servidoras de
Martí, sino en intérpretes superiores que elevan el sentido orquestal a una categoría multirrítmica y tan poco genérica como evacuadora.
16. Thao & Mirah – Thao & Mirah
Al final, y por muy grandilocuente que suene el ejercicio, su debut discográfico como dúo y uno de los experimentos más elocuentes, formales y bonitos de la temporada acaba sonando a una
Charlotte Gainsbourg aún más inspirada que en su
IRM, conectando su vena más clasicorra y post-country con avistaciones de africanismo raruno, sampleos a versiones intimistas y perfectamente armonizadas y declaraciones de intenciones tan auténticas como deliberadamente femeninas. ¿Rollo bollo? A quién le importa lo que ellas hagan: ¿quién detiene palomas al vuelo volando a ras del suelo?
15. PJ Harvey – Let England Shake
Tira de agudos, contratiempos, monocordias y simulaciones al cabaret 2.0 en la canción que da título al disco; coquetea con una mezcla ramplona del proto-ska de
The Specials como si lo estuviera cantando la hermano inexistente entre
Patti Smith y
Lily Allen; sorprende con una especie de versus fake en tonos oscuros, con dejes de himno trip hop y guitarras que (ojo al dato) parecen calcadas de las sesiones de grabación del
Senderos de Traición de
Héroes del Silencio en la, posiblemente, canción más celebrada por crítica y público:
The Glorious Land. Seduce con una especie de composición que es casi una versión alternativa del
Redemption Song de
Bob Marley (
England); hace experimentos lúdicos entre la atonalidad, la copla, el folk acústico americano o la opereta ambulante (
On Battleship Hill); y consigue que (por fin) nos pongamos a cantar y volver a pensar en aquella junkie que todos nos queríamos follar y escupir a la vez allá por los '90.
14. Cults – Cults
Un repertorio instantáneo o cancionero estival fuzz, bienhallado para el verano, que combina un pop de mayorette clásico con la reinterpretación ingeniosa y burbujeante de un tweepop proyectado hacia el futuro. Distorsión, bubblegum pop, armonía, balanceo, eco, Nueva York, sol, trópico, calima, nitidez vaga, candor vocal entonado, sinte y jingle ocasional, noise, carillón, piruleta, teclado, anorak pop, frescura y brisa californiana, ritmos que son síncopas y precipitaciones apresuradas y una estructuración formal que hace de coros, estribillos y cambios asimétricos la perfecta abducción sensorial para dejar correr sus melodías.
13. James Blake – James Blake
Cascadas de versos certeros se dejan llevar por la ligereza presta, aunque también introspectiva de un ánima ambiental que experimenta con una electrónica innovadora, un soul sentimentalista robótico y un ensayo tímbrico de densidades abultadas de líneas de bajo, golpes de ritmo de perseverancia anémica y sintetizadores que deslumbran con teclados catedralicios y vocoders reveladores en delay.
12. Mirror Mirror - Interiors
Respondiendo al aristotélico ethos, pathos y logos, Interiors es pura retórica y estética evolutiva en la carrera de
Mirror Mirror. Un lugar hasta ahora inalcanzado donde
Riley y
Lucero proclaman la posibilidad de un disonantemente armónico, noctámbulo e inspirado psico-pop de orientación plástico-industrial, sintético-electrónico y posromántico. Un pastiche que abre las puertas a un avant-pop que extrema y convulsiona, en una deliciosa perturbación, la experiencia psíquica del oyente gracias a la trepidación rítmica y a la pluralidad de los matices agógicos, metronómicos, en movimientos de crescendos y diminuendos.
11. Young Prisms – Friends for Now
La clave es evitar su propio odio, perderse el respeto y aplicar las mismas dosis de anticongelante que
Ride aportaron con aquel
Nowhere pero como si fueran un grupo criado en
Captured Tracks o
Woodsist, alimentados por el decoro femenino de
The Aislers Set, los hipertérritos cambios de ritmo que no vienen a cuento pero que encandilan (
Sugar), las aportaciones oscuras, cerca de la new wave más espástica y las piezas que admiten la evolución del anti-lo-fi como premisa de evolución hacia la psicodelia.
10. John Maus - We Must Become the Pitiless Censors of Ourselves
Influido por la música medieval, algún atrevimiento eventual de corte marcial, los timbres y los modos de órganos y cánticos eclesiásticos (realmente palpitantes en gran parte del pop de siempre, a poco que uno quiera o pueda saber escuchar) y la sonoridad del barroco,
John Maus explora un encuentro entre la mística y la liturgia de una espiritualidad filosófica que es clave en su trayectoria musical.
9. M83 – Jurry Up, We’re Dreaming
Hurry Up, We’re Dreaming logra resumir no sólo la carrera de la banda bajo el mandato omiso del todopoderoso líder
Anthony González, sino también las filias del propio
Anthony en lo que a pop se refiere. La simulación de estar en una suerte de ópera moderna (en este caso con guiños constantes y diletantes a los ’80 y parte de los ’90) o de videojuego para ATARI o, en su defecto (y más trillado), una especie de película sin subtítulos con personajes del Anime japonés y las pelis de ciencia-ficción adolescente de la década de
Michael Jackson y
Madonna. Coletazos violentamente sintéticos, auténticos hits que serían la envidia, incluso en los ’80, de
OMD,
Talking Heads o
Soft Cell (como
Claudia Lewis,
OK Pal o
Midnight City), pero también ejercicios de simbiosis electrónica y post-rockera, como unos
Mogwai o
Explosions in the Sky pero sin resultar coñazo.
8. Oneohtrix Point Never - Replica
En
Replica, aprovechando para distanciarse de
Returnal,
Daniel Lopatin juega a ser
Frankenstein, a crear un collage sonoro a partir de la creación previa de capas individuales que buscaban homólogos instantáneos para que tengan sentido. De esta manera, canciones como
Sleep Dealer,
Nassau,
Child Soldier o
Power of Persuasion convierten al loop en una especie de hilo conector todopoderoso que transforma esas mismas piezas en algunas de las mejores entregas de la temporada en lo que a sinuosa electrónica de baja fidelidad se refiere.
7. I Break Horses - Hearts
Sus frecuencias graves actúan como premoniciones, las más de las veces, de loops de acordes de bajo en espiral con agudos de otros a guitarra mustia pedaleada en llantos de delays y tropeles rítmicos que entran desde fades coronarios inquietando pulsaciones en ése que en plural titulan tan bien. Posibilitan desde ahí un concupiscente romanticismo solarium adormecedor y melódico en el que da gusto exponerse al calor frío de sus contrastadas vibraciones y al arrullo de los valles de su onírica voz. Como si lo mejor de Soundpool se mezclase con los quiebros nostálgicos de
Tree Wave o
The Radio Dept. y las estereoscopías graduales de
M83,
Manual,
Guitar o
Limp.
6. Feist - Metals
Lo de
Metals es impagable. No es fácil encontrarse, en estos días en los que o convences al oyente en los quince primeros segundos de la primera canción del disco o lo pierdes para siempre, con un disco tan completo y lleno de cortes que, desde su lentitud y pasividad, conectan tanto con un público de masas como con paladares adultos, fans de
Portishead,
Amy Winehouse o
The Pretenders y con indies suaves que prefieren los abrazos en la hierba que, ejem, la propia hierba: la tibieza sana de semi-souls gordos pero silenciosos, cabarets polivalentes, folk de armazón gorda o enormes mezclas de estados de ánimo que van del tribalismo folk a la violencia de orquesta de llaves. Señoras, señores, tenemos nueva diva doctorada.
5. Belong – Common Era
Para todos los que disfrutamos del sonido intenso y aletargado de guitarras pesadas que quintuplican sus reverberaciones y efectos en espirales majestuosas y obnubiladas. Para los que el susurro vocal (ya gaseado por doquier en estos nueve temas) se hace confidente emergiendo del ensueño idílico de una fragosidad armoniosa,
Turk Dietrich y
Michael Jones han creado
Common Era. Con drones abisales, mística envolvente de ambient de experimentación rugosa y parpadeante. Con cajas de ritmo y bajos predominantes. Con una impalpable, espacial, dilatada y solemne condición shoegazer de propósitos (no tan) abstractos. Eterno. En una nueva era a la que pertenecemos perteneciéndoles. Belong. Hoy nos pertenecen ellos.
4. Yuck - Yuck
Lo perecedero hace referencia a algo que ha de acabarse. Algo poco durable. Perecer. Justamente lo contrario a lo que la filosofía de
Yuck lleva escatimando en gestión de su sonido desde su formación en la segunda mitad de 2008. El cuarteto británico se aplica el cuento, se alzan como uno de los hypes más comentados de los últimos meses y demuestran su valía a base de una serie de ejercicio revival de los ’90: una mezcla perfectamente armónica de shoegaze, rock alternativo, noise y pop post-dark que comulgan con una evolución del retrato lo-fi actual pero con unas maneras, una pose, una actitud y un repertorio que evangeliza a las nuevas masas amantes del remember ruidoso, las guitarras oxidadas, el pelo cardado y la virulencia sentimental.
3. Arctic Monkeys – Suck It and See
La realidad es que con Suck It and See dejan cualquier atisbo de post-adolescencia y se convierten, esta vez ya sin ningún tipo de duda, en uno de los grupos de rock más importantes del mundo. Detrás de ese lema tan macarra (el sugerente
“chupa y mira” sería la traducción más cercana del título del disco) se esconde la faceta más desenfadada y, a su vez, concreta de los cuatro discos de la banda: rock and roll macarra, medios tiempos crepusculares, épica brit-rock, velocidad a golpe de hit de estadio y madurez emocional. Llegando los monos.
2. Veronica Falls – Veronica Falls
En su suelo esparcen pétalos sajados por lo fílico y lo abyecto (como la necrofilia, la tortura constante, el masoquismo, la crueldad, el sadismo, el adulterio, las ansias rotas y cierta condición de resignación en sepultura a la que, escuchando, tanto cantan) y, sobre ellos, en dulce melancolía en evasión y eclipse, los coros duales y armónicos de los juegos de voces cruzadas en retroalimentación y género, acunan versos en precipitaciones al negro dormir y campan con el mismo triunfo conquistador que el de las baterías no menos victoriosas de una marcialidad más bien postpunk que trepidan apresuramiento y oscilación. Vibrantes, disonantes y tímbricos en conmoción sonora.

1. Julia Holter - Tragedy
Los ocho movimientos de los que se compone esta revisión entramada e hipertextual, se acercan, rozan y sugieren, en tanto que tocan lo sublime, una belleza catártica y un dolor expiativo. Con una manifiesta teatralidad o traslación performática del mito,
Julia Holter dispone una estructura prácticamente lineal de un conjunto sonoro que es representación y es pleonasmo y litote de la lectura deconstructiva del poeta griego de la antigüedad. Como catéteres surcamos y hendemos todos sus vacíos.