Seguramente que desde que Arctic Monkeys conquistaran el mundo, nada parecido había asomado la boina por Sheffield. Y como consecuencia de la ruptura de The Lonely Hearts sucede algo maravilloso: nace Slow Club. Una vez en el mundo, los ingleses se preparan a componer canciones sin tapujos. Algunos dicen que hacen folk. Otros indie. Otros pop. La verdad es que hacen todo eso y más. Por eso Yeah So, primer álbum del dúo, entra por un oído y permanece allí, sin salir. Porque atrapa y porque era necesario que aparezca.
Desde el primer acorde de When I Go, Slow Club comienzan engañándonos. Parece que nos vamos a encontrar con otro dúo de folk-pop típico. Como si The Moldy Peaches se preocuparan por afinar y fueran perfeccionistas. Pero luego nos abren su paleta de colores y comienzan a pintar energía power pop (Giving Up On Love), melodías lo-fi con reminiscencias al mejor pop ruidoso de los ’90 (I Was Unconscious, It Was a Dream) o country’n’roll con final casi punk (It Doesn’t Have to Be Beautiful). Las melodías vocales y esa perfecta conexión entre sus dos únicos miembros, Charles Watson y Rebecca Taylor, hacen las veces de grupo de pop y de grupo de post-folk. Esa exquisita relación de sexos opuestos es un híbrido delicado entre la energía inacabable Lacrosse y el dúo formado por Pete Yorn & Scarlet Johanson. Es la evolución tranquila y delicada en la que podrían haber derivado The White Stripes. La voracidad con la que atacan trallazos pop como Trophy Room u Our Mosz Brilliant Friends y, al mismo tiempo, la delicadeza con que defienden canciones dulces, pequeñas y delicadas de enclave totalmente acústico hacen de Slow Club una banda que no sabes nunca por dónde te va a atacar. Lo mismo piensan en escupirte que en darte un abrazo y un beso. La ambigüedad sonora de los de Sheffield hace de Yeah So una de las grandes óperas primas de la última década. Porque ellos lo valen.
