Os voy a ser sincero: tenía ganas de poner a parir a The Strokes y destrozar el disco en cinco minutos. No por resentimiento ni odio a Casablancas y cía., sino más bien por un mal presentimiento, un halo de crisis creativa, de fórmula caducada y, sobre todo, de lo difícil que se hace Angles en la primera escucha. Partiendo de la base de que la prensa musical lleva con los dientes afilados y con ganas de darle mandanga de la buena ante cualquier ejercicio que los neoyorquinos se atreviesen a hacer posteriormente a aquel Is This It colosal, poniendo a parir discos muy buenos como Room On Fire o First Impressions on the Earth (sobre todo este tercer LP de la banda: un perfecto compilado de canciones infravaloradas por crítica y pública, reclamando copias baratas de Last Nite o Someday, en vez de apreciar como se debe a temones como On the Other Side o Heart in a Cage), la ardua espera (seis años) del cuarto LP de The Strokes, previa incursión de todos y cada uno de los miembros de la banda en proyectos que, en su mayoría, pasaron desapercibidos, hizo tanto crecer las expectativas como ahogar la intención del que recibe. Y a la hora de escuchar (y sobre todo de re-escuchar) Angles, vaya por Dios, nos encontramos con un giro de 180 grados en gran parte de los diez temas que componen el material, haciendo caso a sus antojos en acercamientos al reggae (ou yeah!), al synth-pop o a las producciones de FM de los ’80. Con dos cojones.
Lo que acerca a Angles a su primer disco y lo aleja de los dos siguientes es, básicamente, el sonido y su producción. No es que en este cuarto LP vuelvan a sonar como aquella versión adolescente de The Velvet Underground ni que se hayan confinado como un excremento propio de Ariel Pink en una (nueva y lo-fi) grabación digna de arrojar al váter, sino más bien se han dedicado a pulir un sonido casero en una viraje a tufo a gran producción. Los mismos antojos que los llevaron a programar baterías tras riffs de hard rock (You’re So Right); acercarse peligrosamente a un registro vocal de un cantante que vira en géneros como el rasta (la enorme Machu Picchu) o pulsiones diversas que, por momentos, lo hacen irreconocible (para bien y para mal); a un sonido introductorio y vocal propio de un híbrido entre Depeche Mode, OMD y The Police (Two Kinds of Happiness); el indie rock experimental (Call Me Back) o incluso a un cierto acercamiento al pop baleárico grave, con dos bajos grabados en mono stereo y un estribillo muy espacial en Games. Entre tanta variedad que, aún así, conecta y encaja a la perfección sorprendiendo y asombrando pero generando aplauso, también se encuentran canciones herederas de un patrón sonoro más ‘clásico stroke’: con esos riffs de guitarras made in Hammond Jr. que se cruzan entre los auriculares, esa rabiosa forma de babear cantando-hablando de Casablancas, esos ritmos uniformes pero firmes y esa solvencia de fórmula que siempre funciona. Entre ellas, Metabolism (o un híbrido entre Juicebox y You Only Live Once en versión epiléptica ochentera) o Taken for a Fool (catarsis y un hit como un tren de mercancías). Si no fuera por Life is Simple in the Moonlight, que huele a relleno que echa pa’tras, todos seríamos más felices. Aún con ello, vale la pena seguir confiando en la valía del grupo que, junto con The White Stripes, revolucionó el rock mainstream global e impuso el estado del revival-de-todo como método creativo moderno e inmoderado gracias a un disco que, muy a pesar de lo esperado, encanta, satisface y vuelve a elevar las expectativas de cara a un futuro (en caso de que lo haya) nuevo producto de colección de los neoyorquinos. Envidia cochina para quien la coja.
