Lucrecia Dalt

Commotus

Orar en el caos. Permanecer quieta y convertir la catástrofe en calma. Eso es lo que ha decidido hacer Lucrecia Dalt, quien ha vislumbrado el fragor de la batalla y ha compuesto un refugio en donde encontrar la paz y la locura, vencerse y sufragarse a la vez. Porque en Commotus, su segundo LP bajo dicho nombre, la artista colombiana de adopción catalana enciende una proyección de diapositivas que dialogan con el entorno, volviéndolo mutante durante todo el metraje, erigiéndolo en alabanzas visuales y modelando de un modo tan arquitectónico el producto final que la coreografía misma de esta nostalgia y melancolía residente visita el fin de la especie y la proyecta en pequeñas y ecuánimes dosis. Commotus, el reincidente nuevo álbum de Lucrecia Dalt un año después de Congost, es una suerte de banda sonora de un thriller de suspense imaginario que la coloca tan cerca de Nancy Sinatra y Nina Simone como de una versión cantada de Ennio Morricone o unos Portishead con el guapo subido que comienzan a enterarse de que la escena de divas va más por la interacción atemporal y neobarroca de Julia Holter, Laurel Halo, Mushy o Ela Orleans que por el urban pop de masas adolescentes. La banda sonora perfecta para practicar sexo tántrico-necrófilo.

La colombiana residente en Barcelona da un paso más allá en la hibridación de elementos digitales para conceptualizaciones y recreaciones analógicas. Y es que tras haber lidiado en The Sound of Lucrecia con sonidos, estructuras y ritmos más propios de la música electrónica, tanto en Congost como en este Commotus, los espacios, mimetizados con lapsos densos y narcotizaciones sutiles, acaban mutando en auténticas reverencias a una canción de fonola de bar americano antiguo dándole posibilidades a las escenas más tétricas y menos dialógicas de Tarantino o Lynch. No requiere muchos elementos, sino la estructuración arquitectónica de esos matices mínimos alrededor de un secretismo íntimo y nocturno que se asemeja tétrico y sensual. Commotus podría ser alguna región mejor dispuesta para el fin del mundo, un mediometraje surrealista, un campo para la experiencia pop de ínfulas digitales, una reconversión de la canción de baile de salón para robots y humanos autómatas.

En Commotus se acerca a los medios tiempos synth-lo-fi-intimista de U.S. Girls o Ela Orleans en versión trip hop (Esplendor), a las iluminaciones rugosas (Silencio, con la intervención de Julia Holter en el harmonio), acude a la psicodelia líquida a modo de filtrado intermezzo lúdico (Waste of Shame), tienta al spaghetti western en una pieza coral de barroquismo analógico-cibernético a lo Portishead (Turmoil), enciende nanas para sueños eternos que nos remiten al suspense de las pelis de serie b americanas de los ’60 (Batholith, con la colaboración de Luke Sutherland), incorporaciones de rítmica jazzera con afiladores en la orquesta (Escopolamina), acuosa r&b espectral mutante (Saltación parece grabada en una pecera), guiños a divas como Beth Gibbons o Fiona Apple en expresión y paisajística (Conversa), juegos experimentales con riffs en versión reprise que bien podrían ser utilizados para reiniciar la época remember del beat bakala y maquinero (Multitud) o canciones que nos recuerdan a la PJ Harvey más riot y autosuficiente de sus inicios pero susurrante (Mohán). A tumba abierta.

*Escucha el disco en Spotify haciendo click aquí.




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Artista: Lucrecia Dalt

Álbum: Commotus

Género: Trip hop

Discográfica: HEM

Año: 2012