“Y entre las canciones / que yo creo que nunca oiré,
están aquellas que trajiste / después de vacaciones,
un CD dedicado, / todo escrito a mano/
por alguien que encontraste / en Calpe en verano,
ya no recuerdo muy bien, / si era idiota o italiano.”
Extracto de La cuenta atrás, de Luis Brea.
Procura una forma de quemar las postales de San Valentín que tus admiradores/as secretos/as han escaneado y etiquetado en tu perfil de Facebook. Procura inmolar el romanticismo. Hacer de la liviandad tétrica un manual de estilo para explorar la tristeza. Convertir el fracaso amoroso (y el otro) en una sana costumbre digna de cantar y gritar a los cuatro vientos. Luis Brea está ahí, en el centro, aturullado y hostiado por los vientos norte, sur, este y oeste y, por encima de todo, orgulloso de recibir hostias a diestra y siniestra, arrastrando con una sensualidad forzada y a tiempo parcial breves cánticos populares para servir de banda sonora de la verbena del pueblo antes de que la orquesta salga a tocar o, simple y llanamente, para quedarse a vivir detrás de la barra del bar y alternando canciones propias con boleros de Antonio Machín y gritos populares de Antonio Molina o Lola Flores. Convertir el Toni2 en una verbena para solterones (¿o ya lo es?). Curioso asunto el de la vieja nueva guardia que quiere volver a ser vieja para parir algo nuevo.
Luis Brea no es un romántico ni ningún ñoño del copón, pero edita su disco debut, Hipotenusa, un 14 de febrero. Rebeldía deforme, que lo llamarñan. Luis Brea no es la salvación de la canción de autor, pero es la última gema lanzada desde el canallismo cazallero madrileño para respetar a diestra y siniestra cierta tradición de gatos rehabilitados y, a su vez, conectar con un entorno indie de un perfil sanamente enrabietado como ya hicieran dos de los últimos grandes songwriters estatales: Nacho Vegas y Sr. Chinarro. Brea, a diferencia del antiséptico que también define su apellido, milita como un mochuelo en su olivo y sin ningún tipo de tapujo a la hora de emular a Julio Iglesias, Leonardo Favio, Antonio Vega, Germán Coppini o Enrique Urquijo, desestabiliza el indie con algo que no lo es pero sí. El madrileño, repleto de referencias que ninguna cazan a la perfección con lo que él practica, nos entrega un disco de debut a la vieja usanza del pop estatal (el de los ’80): ocho canciones, una de yapa, textos puntiagudos, destartalados, canallas, fracasados, creativos, eternos, poco asiduos al estribillo. Más cerca en sonido a Supertramp, Simon & Garfunkel, The Carpenters o The Band que a lo que estabais pensando (no, no hay ecos ni de Los Planetas ni de El inquilino comunista ni ninguna puretada indie regional). Como mucho, puede haber un acercamiento al ejercicio en solitario que Óscar Avendaño intentó impulsar hace unos tres años o a la reciente producción que han parido a seis manos y tres gargantas Francisco Nixon, The New Raemon y Richi Vicente. Por eso de expurgar leyendas e inmolar vicios mal utilizados. Como una canción de autor pero post-punk en actitud.
La pena no la compra, pero (con permiso) su ristra de comparaciones lo van a trasladar automáticamente (guiño, guiño) a la época más melódicamente opresiva de Los Secretos (Escebeche), a crear una especie de cruce bizarro entre Nacha Pop y los Extremoduro del Canciones prohibidas (Soy tu padre), a la rítmica y melódica voz del Jairo Zavala de La Vacazul (Automáticamente: una de las primeras grandes canciones del año), a un principio de tono a lo Iván Ferreiro (La cuenta atrás), a Julio Iglesias (Dicen por ahí) o una re-versión en un tono cantautoril más clásico que el de la canción La verdad es que me da igual de Nacho Umbert (Imágenes). No es raro que entregue fraseos tan cuentistas como de un costumbrismo bohemio ("Actrices porno rusas en la escalera, luego en la ducha, imágenes de catetos, luego modernos, luego hipotenusas, imágenes del pasado disecado…”) y fracasados (“No quise, supe o pude conservarte a mi lado. Esta noche de postre un par de cigarros. Pelusa por el suelo junto a mi corazón ondulado”) y mente el Fotomatón, el iPhone, haga un guiño a Ornamento y Delito (colegas, seguramente, no sólo de generación sino de borrachera y espíritu revisionista), a Star Wars, a las patatas Matutano o los Ramones. Fotos fílmicas listas para que las cantes en el rellano del Hermanos Campa, el Palentino o en alguna reunión nocturna en casa de aquel grupo que nunca será de moda.