El tacto de las nuevas jovencitas cantautores de medio globo terráqueo por saber dotar a la fibra de unos valores completamente inherentes a la delicadeza, la feminidad más febril y voluptuosa y transformar el mundo real en una suerte de paisaje onírico en el que se milita desde la niñez, desde el caparazón del carrusel o de una vuelta en bicicleta por el parque, es latente. Maïa Vidal, aquella muchachita de aspecto frágil y de piel blanquecina impoluta, una suerte de ángel aniñado nacida en Santa Barbara pero de padre francés y abuela japonesa, se traslada a París a vivir y abandona por un rato el punk rancio con el que militaba en los states bajo el nombre, primero, de Kiev, y luego de Kievan Rus. No sabemos si la capital del país vecino logró almidonar a esa fiera adolescente que compartió en su día, escenario con bandas como Bad Religion o Anti-Flag, pero la realidad de su primer LP como solista, a sus escasos 24 añitos, es así: suave, delicado, sumiso, airoso, tierno, aterciopelado, ñoño. Un romanticismo militante de las depresiones bonitas, de los parajes invernales en barca y un viaje de ácido u opio en algún coffee shop. Al final, el punk debía ser esto.
Vidal, tan mona y pequeñita, se traslada a Barcelona por recomendación de su padre, se coquetea con la plebe condal, encuentra una suerte de sonido minado entre el folk y las bandas sonoras para carruseles parisinos de los años ’20 y logra hacer del cabaret un musical para niños en su debut en solitario: God is My Bike. El nombre del álbum lo dice todo: el síndrome de Peter Pan la ha poseído y todo en este álbum es puramente aniñado. Como su jeto. Algo así como una reinterpretación de la película Amélie pero desde la belleza y el cuidado más absoluto por los matices, las intervenciones balcánicas, los coqueteos con el formato chançon, la volatibilidad de un sonido que parte del femme folk más tierno y resultón, quizá más cercano de un formato americanista, y acaba haciendo un viaje a la bohemia francesa más estética e, incluso, a colindar con cierta raíz balcánica (culpa del acordeón cuasi omnipresente). Sería fácil intentar asociarla a proyectos como el de Ólöf Arnalds (menos digital y experimental, pero igual de delicado y secretista), Juana Molina (más por esa adaptación del formato aniñado que por una cuestión de género), CocoRosie (ese excentricismo de pájaros folkies es bastante similar) o Mirah (por una cuestión tanto de estética de un sonido pseudo-mestizo como de coletazos balcánicos), pero es en proyectos puramente gabachos como los de Coralie Clement, Olivia Ruiz o Emily Loizeau en donde Vidal encuentra aliadas más afines, aunque la jovencita en cuestión limite en un terreno más de nanas folk. A las pruebas me remito: The Waltz of the Tick Tock of Time, La Jaula Dorada, la curiosa adaptación de It’s Quite Alright (versión de… ¡Rancid!, grupo del cual también se dedica a versionar en el proyecto paralelo Your Kid Sister) o Poetry podrían ser las canciones perfectas para acunar a tu pequeño recién nacido indie; mientras que Le Tango de la Femme Abandonnée tenga más que ver con una suerte de pose cabaretera (música para Tournée o la versión infantil de Moulin Rouge) y otras como Love Song o Je Suis Tranquile (esta segunda se torna, incluso, medio psicodélica en su segunda parte) se dediquen a enfrascar el amor en una noción puramente armónica de la oda pop tranquilota y estéticamente opresiva. Niña grande, Maïa Vidal.
*Escucha el disco en Spotify haciendo click aquí.
*Maïa Vidal estará tocando en Madrid el próximo domingo 12 de febrero en La Casa Encendida y el jueves 8 de marzo en el Centro Cultural Cordón de Burgos.
Maïa Vidal - Alphabet Of My Phobias from Crammed Discs on Vimeo.
