Leonard Cohen

Old Ideas

No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
Mateo 28:6

Y al Señor lo han colocado justo aquí. En el cerco imaginario que existe entre el terciopelo más vetusto escarchado al fondo de un armario decimonónico y la profundidad inherente e imperecedera que mantiene dotes de barítono y de predicador en una voz que no sólo yace lejos, sino que milita desde la distancia, se desplaza uno de los últimos trovadores vivos de la pluma y el cartón, de las canas y el bidón, del Ducados y el bloc de notas. Leonard Cohen, al margen de ser leyenda y mito viviente de la historia de la canción global, es un superviviente de la intensidad. La misma que en su día lo catapultó como una suerte de señorón bien avenido, debutante tardío en el mundo del pop y auténtico crooner de guitarra de cuerdas de nylon en mano y poética descarnada desde su garganta, reaparece en público con una colección de canciones que se antojan un pasquín bíblico enterrado entre los postulados de Mateo y Ezequiel, arrancados del vicio, vírgenes y perennes, nuevos y antiguos. Ahí es donde pasea Old Ideas, su décimo segundo álbum (¿a que creíais que eran más, eh?) y un sufrido canto a la vida desde la letanía y el hábitat privilegiado en donde residen unos pocos elegidos y los verdaderos supervivientes de la bohemia y la frivolidad.

Aunque parezca fácil sobarle el lomo a un dinosaurio, el caso es que no debería serlo tanto. Creedme. Ha sido difícil seguir dorándole la píldora a Bob Dylan en cada uno de sus escarceos hacia derroteros deshabitados; ha sido complicado que Tom Waits y Nick Cave mantuvieran el pulso al paso del tiempo (y sobreponerse, este último, a la locura a la que lo sometió PJ Harvey), aunque, vale, lo han logrado; más complejo aún el reto de no dormirse con alguno de los últimos álbumes de Eric Clapton o Mark Knopfler y no ceder ante la industria continuista y casi mecánica a la que decidió someternos Bruce Springsteen con discos buenos, sí, pero bastante similares y, a la postre, vulgares por momentos. No es que Leonard Cohen haya sido el mejor trovador que hayan criado estos pastos, pero probablemente sí uno de los músicos más consecuentes y coherentes con su estado de forma (y de gracia). El hiato de siete años (el segundo descanso más largo de su carrera tras aquel que lo mantuvo retirado casi toda la década de los ’90), probablemente una manera algo reprobable de confirmar su lejanía de la industria discográfica teniendo en cuenta las multitudinarias y revivaleras giras que por aquí lo han traído en más de una ocasión, sus posibles limitaciones creativas y su eterna parsimonia para acometer ante nuevos proyectos (Leo no es que tenga hormigas en el culo, precisamente) es lo que ha generado, a la vez, expectación y sollozo, incredulidad y dulce espera. La respuesta del viejo trovero ha sido un poco más de lo de siempre pero, si cabe, mejor organizado y empaquetado de lo que nos había mostrado en los últimos discos. Probablemente desde The Future que Cohen no nos entregase un trabajo tan comedido, grave, adulto, pasional, sexy, francés, alcohólico y purista. Diez canciones que baldosean entre el músico de piano bar, el crooner de cabaret tóxico y las lecturas populares en cafeterías-tertulias de textos de Dylan Thomas o Virginia Woolf (sin sus amores, eso sí). Elefantiasis atómica.

No es de extrañar que las cuatro canciones que coescribe junto a Patrick Leonard (músico cesionista-mercenario, productor y compositor por encargo) sean las más tensas, americanas (countrys lentos, folk rock evasivo, garganta quebrada) e instantáneas del disco: Going Home (con un Cohen confesor, casi elegíaco, tarareando palabras con saliva entrecortada y un coro de ángeles que lo apoya y traslada la canción a un formato de pop menos pasivo), Show Me the Place (la más coheniana de todas, pasional, contemporánea y barroca del álbum, a la par que cinematográfica: parece la pieza ideal para finalizar un dramón hollywoodiense tan trágico como romántico), Anyhow (una suerte de blues en secreto susurrado al oído, como compuesto de noche en un sitio donde duerme todo el mundo) o Come Healing (el estribillo más largo y, a buen seguro, la pieza más pianística y en formato nana del disco). Cohen y su productor Ed Sanders parecen haberse empollado a conciencia el trabajo de expresión de las voces de los American Recordings del más purista y sensible Johnny Cash de sus últimos años y, a su vez, dorar de músculo el sonido tibio, lejano, íntimo pero presente de una instrumentación que no precisa de gritos ni alardes de absolutamente nada vista la presencia a la que alude su destino. Ante tal panorama, el viejo procura (sin demasiado tino) hacer una reversión de su mítica Hallelujah en Amen (quizá demasiada verborrea, demasiadas confesiones y demasiada poca épica como para que se convierta en la heredera de su canción más laureada de todos los tiempos), cruza América a gachas desde el baritonismo y nocturnidad más cabaretera y alevosa de la jornada (Anyhow, compuesta a pachas con Anjani Thomas) o desde el costumbrismo más atómico de todo el redondo (Banjo), aunque llegando al final comience a flojear y a aburrir al personal (Different Sides no es el más bíblico final para un señor de su perfil). Así y todo, Old Ideas, teniendo en cuenta el momento en que aparece y la importancia de la supervivencia de artistas de este sino se puede entender, incluso, como una suerte de postulado elegíaco que vuelve a colocar a Leonard Cohen en la misma categoría de madurito atractivo sexy y la de Profesor de Historia o poeta maldito. Tres zonas difíciles de habitar, pero que Leo lleva conquistadas desde hace décadas. Padre de todos los padres, déjanos huérfanos sin medida.

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Artista: Leonard Cohen

Álbum: Old Ideas

Género: Songwriter

Discográfica: Columbia

Año: 2012