5 enero, 2018. Por

El museo de las maravillas

Historias de siempre que nos emocionan
El museo de las maravillas

Echa para atrás. No podemos negarlo: echa para atrás. Escuchar una sinopsis como la de El Museo de las Maravillas (Wondestruck en su título original), y saber que está adaptada de una obra de Brian Selznick, autor también de La invención de Hugo, provoca algo así como una resistencia invisible a verla, aun estrenándose en nuestros cines el próximo 5 de enero, víspera de la noche más mágica de todo el año. Bueno, pues con todo esto encima, hay que seguir admitiendo que Todd Haynes, cineasta de carrera intachable, sabe dirigir lo que se le ponga por delante.

La película tiene todos los ingredientes para ser un sopor, y tenemos que admitir que su arranque confuso y arrítmico la conduce decididamente hacia ahí, pero un giro de 180º -o de unos cuantos grados, por lo menos- la salvan. Niños huérfanos que se aventuran en la ciudad, música omnipresente, el museo como refugio… nada de eso puede (o casi) con Todd Haynes, como no pudo con Scorsese y su preciosidad de interpretación de Hugo. Aunque, al principio, cuesta.

«La película tiene todos los ingredientes para ser un sopor, y tenemos que admitir que su arranque confuso y arrítmico la conduce decididamente hacia ahí, pero un giro de 180º -o de unos cuantos grados, por lo menos- la salvan»

La historia narra la aventura a la que se lanzan una niña y un niño, por separado y paralelamente, en 1920 y en 1970. Los dos comparten su falta de hogar y su sordera. Así, en una narración monocromática y muda por un lado –la de la niña-, y en una explosión de color y de guitarras distorsionadas por el otro, ambas tramas se entrelazan a lo largo de toda la película, resultando tener una relación real que emociona más por su realización en pantalla que por su valor narrativo. A lo largo del camino que estos dos niños recorren por una Nueva York deshumanizada, personajes interpretados, entre ellos, por Julianne Moore o Michelle Williams, se cruzan regalándonos momentos brillantes y chirriantes a la vez –como la extraña escena en la que Williams habla con su hijo de las estrellas mientras suena Life on Mars?, de Bowie-.

Incluida en la Sección Oficial de Cannes en la pasada edición, y muy probablemente presente en los próximos Óscars, El Museo de las Maravillas está inspirada, según el propio Haynes, en Y el mundo marcha (de King Vidor) y en The French Connection (de William Friedkin), ambas películas de 1928 y 1971, respectivamente, coincidentes con las épocas que se retratan. No obstante, cabe destacar el potentísimo trabajo de la música de Carter Burwell, el compositor de referencia de los Coen, de Charlie Kauffman o del propio Todd Haynes. Sin ella no sabemos qué habría sido de la película, pero la misma pregunta nos hacemos si el director de propuestas tan interesantes como I’m not there, o como Carol, que se fue con una Palma de Oro a casa en el Cannes de 2015 bien merecida, no hubiera estado detrás de este proyecto. Veremos qué recorrido le espera a este museo maravilloso, lleno de tantas cosas irregulares.

El museo de las maravillas