30 agosto, 2017. Por

Mura Masa

El chaval de 21 años que escribió el manual del pop del futuro
Mura Masa

Hay algo de anticipo en Mura Masa. Una especie de crédito a plazo fijo de a qué sonará la música pop del siglo XXII, algo de bailes de hoy para pasado mañana y viceversa. Puede que sea también una suerte de espejismo, como nos sucedió estos últimos años al encontrar en Disclosure, The Weeknd, Kaytranada, Hudson Mohawke, Shura o Jamie XX a nuevos eslabones de esa cruza andrógina entre la EDM, las nuevas cavilaciones de la música dance conectada con ritmos del funk o el r&b y los estribillos de querencia pop facturados por raperos que quieren dejar de serlo. En algún momento, el reggaetón y los géneros de moda pasarán: Mura Masa ha escrito un manual de estilos urbanos rehabilitados para saber cómo bailará el globo terráqueo los próximos años.

Este monstruo de mil cabezas nace de una única cabeza, la de un Alex Crossan que a sus 21 años, y desde los 18, ha conseguido articular un discurso que place tanto a los amantes de la electrónica de vanguardia como a toda la horda de chavales conquistados por la mecánica del videoclip en YouTube siempre que tenga detrás un artefacto de una sonoridad que sirve tanto para amantes del trap como del future bass o de esa aldea global de la música de discoteca más hipstérica.

Aun sin saber si Crossan conecta con la idea de ‘cancionero’ después de pasarse un año viendo como las reproducciones de sus singles se iban contando (y se siguen contando) por decenas de millones, su homónimo debut demuestra que comprende más que ningún otro el lenguaje y los hábitos de consumo y comportamiento de la juventud que viene: la manera de distribuir su cancionero durante este último año, la ristra absolutamente transversal de agenciarse colaboradores de todas las especies (desde iconos indie como Damon Albarn hasta raperos como A$AP Rocky, divos del soul blanco Jamie Lidell o divas modernas como Charli XCX, NAO o Christina and the Queens, entre otros) y hasta la forma incluso de hasta escribir los títulos (minúsculas, mayúsculas, onomatopeyas, números: faltan emoticonos).

Pero, sobre todo, Mura Masa demuestra que es verdad. No sólo porque lo demostró un mes antes de ver la luz en el Sónar y un día después de publicarse en su directo en el FIB (uno de los tres mejores conciertos de todo el festival para el que aquí os da la chapa); sino, y sobre todo, porque las trece canciones del álbum suenan ya a clásicos atemporales, a precedentes de un nuevo pop, a una nueva vía entre lo que se hace y lo que se debe hacer.

Nadie se atreve a cuestionar ni el sonido de las alarmas ni esa suerte de tropical house para que raperos de gueto como A$AP Rocky suenen a Disclosure (Love$ick), ni tampoco cómo Bonzai consigue mejorar las baladas wonky de Azealia Banks a través de un falso soul (Nuggets), ni cómo el trap-pop encuentra un hijo pródigo para que suene en móviles por la calle pero también en after reggaetoneros (All Around the World y Second 2 None: Justin Bieber debería ir consiguiendo el teléfono de Crossan), ni cómo se puede deconstruir el rock and roll reutilizando las bases del primer hip-hop funky (helpline), ni cómo las exploraciones del Damon Albarn de Everyday Robots consigue formatear el pop tan cerca de James Blake y Bon Iver como de Daedelus o Nosaj Thing (Blu), ni cómo Major Lazer (1 Night) o The Weeknd (NOTHING ELSE!) estarán llorando en la esquina de su casa al escuchar su mejor canción nunca compuesta por ellos.

Mura Masa