23 agosto, 2017. Por

Mounqup

La Björk franco-española es mucho más que eso
Mounqup

Nació en Francia, creció y sigue viviendo en Galicia y militando musicalmente desde los 15 años en un territorio híbrido entre las escenas del jazz, la electrónica y el folk,  Camille Hédouin encontró en los loops y los sonidos del pop del futuro su horma del zapato: la de Mounqup, su alter ego, el que la está convirtiendo en uno de los secretos mejor guardados de la escena, pero en el peor sentido del concepto: ¿por qué no la habíamos escuchado antes; por qué no la habíais escuchado hasta ahora?

LA BJÖRK FRANCO-GALLEGA ES MUCHO MÁS QUE ESO

Es normal que se le ponga la etiqueta de “Björk gallega”: la franco-gallega articula un discurso sonoro repleto de vaivenes, utilizando fraseos soul en una especie de falso tribalismo de loops, cables y collages sónicos; pero también juega con los extremos con los que juega la Björk de Biophilia, entre el extremo agudo y el extremo grave.

Pero lo de Mounqup abre una paleta de influencias que no solo no la limita en la referencialidad bjorkiana, sino que juega en otras ligas, con otras texturas, con otra racialidad, mucho menos gélida, mucho más tribal: sus cadencias son más salvajes, parecen paridas de un ritual africanista, pero sin embargo el cable a tierra que la conecta es una suerte de electrónica de aires soul.

Por mencionar algunos de los referentes que pueden llegar a estar en su órbita, la ubicamos en sintonía con otros proyectos gallegos que miran hacia la raíz africana y la vanguardia electrónica, como es el caso de varios proyectos estatales: desde el de los lucenses Nistra (otro de los secretos más injustamente guardados del circuito) que los conectó el grupo de caboverdianas residentes en Burela Batuko Tabanka hasta aquella suma de capas vocales del ya difuminado Hyperpotamus, de esa maquinola de colores que supusieron los últimos movimientos de Aries hasta esa suerte de rave oriental en el que la andaluza Le Parody ha conseguido rebautizar los aires del sur.

Sin embargo, es en referentes internacionales conocidos donde encontraremos otros puntos de apoyo para entender algunas de sus derivas: desde la racialidad moderna de Grace Jones a la arquitectura de texturas de Animal Collective, Of Montreal o tUnE-yArDs o divas de la performance 2.0 de Holly Herndon o Laurel Halo.

DEBUT Y BIENVENIDA

Lleva varios años dejándose ver por ese circuito híbrido entre el jazz, la canción de autor y la electrónica más enrevesada. Es normal que su sonido por momentos roce lo extremadamente molesto, y en otros casi una sensualidad r&b propia de algunas de las divas más imponentes de la nueva música negra americana.

Sin embargo, esa maraña de cables amalgamados, de variaciones impredecibles, de debate cósmico entre lo críptico y lo luminoso, convierte su primer cancionero en una suerte de apología de las arquitecturas imposibles: un edificio infranqueable, modernista, insaciable.

Así queda claro en Proba de Son, un álbum que, a pesar de su carácter doméstico y de tener conflictos de tempo (en Biscocho hay momentos que se confunde entre el fuera de tempo y las cadencias del free-jazz-cibernético: juzgad por vosotros mismos), juega también con aires de ambient-soul-pop galleguista (Chuvia) hasta ejercicios de un orientalismo casi salvaje (Selfsufficiency), un tribalismo impasible y DIY (My First Tomato), un trabajo de armonía purista (Don’t Use Ourselves o In the Urge dan buena cuenta de ello) o cadencias de un pop de cables asalvajado, mutante, que se mueve en múltiples direcciones sin estar en ningún sitio (como sucede en Horta o en Stillnes, por ejemplo).

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