1 octubre, 2018. Por

Monta al toro blanco

Surrealismo sociopolítico, mareas ingentes de mala baba y críticas punzantes a diestro y siniestro
Monta al toro blanco

Reportera: Estamos con un de testigo de lo que pasó. Cuéntenos, por favor.

Testigo (nervioso): Pues estábamos en mitad de una orgía, en la playa, con unas ninfas, y aparece un toro blanco. Que si risas por aquí, risas por allá… Y de repente una de las ninfas, la más hermosa, se monta encima del toro, para hacer la gracia. Y el animal, que había estado ahí tan tranquilo con sus guirnaldas en los cuernos, va y empieza a correr como si no hubiera un mañana… Se mete en el mar avanzando a través de las olas. Y en nada ya le habíamos perdido la pista.

Así (bueno, más o menos) es como se cuenta que llegó la ninfa Europa, seducida a lomos de un Zeus transformada en toro blanco. Y así es como empieza Monta al toro blanco, el último montaje del siempre cáustico dramaturgo y director Íñigo Guardamino. Quien, después de grandes títulos como Sólo con tu amor no es suficiente o Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del Norte ha dado el salto al Pavón Teatro Kamikaze en cuyo ambigú se acaba de estrenar esta obra.

Función en la cual una voz en off (que sin querer queriendo casi nos traslada al tono de una película de guerra americana) avisa: “Son tiempos oscuros para nuestro continente. A la amenaza terrorista del islamismo radical hay que añadir un nuevo fenómeno: se trata de los Patriotas Europeos.”  Y es que parece que Zeus ha atravesado el mar y se encuentra en unas aguas llenas de pateras, neopuritanos, europeos que se inmolan para defender su continente… y los políticos no saben cómo lidiar con el asunto.

«‘Monta al toro blanco’ resulta un espectáculo con el sello inconfundible de su autor: surrealismo sociopolítico, mareas ingentes de mala baba, críticas punzantes a diestro y siniestro. Y la mirada puesta en un horizonte hiriente y desolador»

En este contexto, Guardamino ubica múltiples historias (al igual que en sus últimos montajes): la de un matrimonio en crisis que acude a Roma (por lo visto una de las pocas ciudades libres de atentados) de escapada romántica, la de un hombre que recoge con intereses poco claros a una familia de refugiados cerca de Viena, la de una pareja de jóvenes que deciden renunciar al placer y al materialismo que les rodea o una historia que trascurre durante la construcción de un parque temático europeo en Grecia y que puede verse comprometida por la aparición en una excavación de los huesos de lo que parecen un toro mucho más grande de lo normal y una mujer montada en él.

Guardamino trata esta caidíta del imperio europeo ilustrada por un fondo de ruinas y mar como si de una pesadilla durante la siesta de una Alta Representante de la Unión Europea se tratase: los auges de las nuevas derechas, la crisis de identidad, los populismos, el terrorismo en todas sus vertientes… El autor trata el tema desde su muy particular y delirante (e intensa como la de un adicto a la heroína) óptica, a rebosar de un humor negro cual sobaco de grillo. Monta al toro blanco es un caramelito envevenado con envoltorio color azul y lleno de estrellitas. Un dulce que, si bien no apto para todos los paladares, quien sepa apreciarlo lo disfrutará como un niño pequeño.

«Europa tiene el futuro muy negro, sí, pero Guardamino ha montado a todo su equipo encima de este toro blanco para clavarnos los cuernos y ver si se puede hacer algo con el asunto. Antes de que nos desangremos.»

Los cuatro intérpretes (que se desdoblan en otros tantos personajes mínimo cada uno en escena) también se nota que gozan de lo lindo en escena montando este toro indomable con unas interpretaciones que sacan todito el jugo a la corrosiva ironía del universo guardaminiano. Los personajes masculinos (en general bastante más pardillos que los femeninos en esta función) están a cargo de Rodrigo Sáenz de Heredia (ya habitual del autor y harto convincente en su registro de mosquito muerto que la puede liar parda en el momento menos esperado) y Fernando Sáinz de la Maza (quien, pese a su juventud, se encuentra sin problema a la altura de sus compañeros de reparto). Y los femeninos están a cargo de Sara Moraleda (también habitual de Guardamino y que aquí protagoniza uno de los momentos apoteósicos de la función: ese monólogo que se marca después de dar el paso con su novio es una auténtica BARBARIDAD en todos los sentidos) y una Gemma Solé prodigiosa, entregada hasta el tuétano en todos y cada uno de los cambios de registro y personajes que se marca.

Monta al toro blanco resulta un espectáculo con el sello inconfundible de su autor: surrealismo sociopolítico, mareas ingentes de mala baba, críticas punzantes a diestro y siniestro. Y la mirada puesta en un horizonte hiriente y desolador. Europa tiene el futuro muy negro, sí, pero Guardamino ha montado a todo su equipo encima de este toro blanco para clavarnos los cuernos y ver si se puede hacer algo con el asunto. Antes de que nos desangremos.

Monta al toro blanco