19 julio, 2017. Por

Las miserias de la carne

Cuando elcine nos vuelve vegetarianos
Las miserias de la carne

El estreno en Netflix de Okja, la última película del gran director coreano Bong Joon-ho (Rompenieves, The Host, Memories of Murder), con un reparto de estrellas de Hollywood, ha llevado a nuestras pantallas un tema tan de actualidad como la relación del ser humano con la naturaleza y, sobre todo, con los animales a los que mata y con los que se alimenta. No es la primera vez, y no será la última. A lo largo de los siglos, ha inquietado a filósofos, líderes religiosos y escritores. Y también a cineastas.

En 1949, un joven George Franju, que posteriormente dirigiría clásicos del terror como Ojos sin rostro, llevó su cámara a los mataderos de París. El resultado fue un cortometraje en blanco y negro de veinte minutos, La sangre de las bestias, que sigue resultando, más de sesenta y cinco años más tarde, durísimo para el espectador.  La fecha no es casual. Hacía muy pocos años que había terminado la II Guerra Mundial, y las noticias acerca del Holocausto se estaban difundiendo con rapidez por todo el mundo.

A finales del siglo XX, se inauguraron en Chicago, Estados Unidos, los primeros mataderos industriales, donde los animales eran ejecutados y desmembrados en cadena en un tiempo record. Lo que, pasado el tiempo, sirvió de modelo para la industria de la muerte nazi: un sistema para liquidar grandes masas de seres vivos. Como señala el Premio Nobel y militante animalista J. M. Coetzee: “Chicago mostró el camino; fue en los corrales del matadero de Chicago donde los nazis aprendieron a procesar cuerpos».  Para los escasos espectadores que llegaron a ver en su momento el cortometraje de Franju, que acababan de descubrir los horrores de los campos de exterminio, el paralelismo era aún más evidente.

De hecho, la idea que subyace en La sangre de las bestias, que los alemanes simplemente habían tratado a los seres humanos como los seres humanos tratamos a los animales, pervivió en el imaginario colectivo. Y volvería en el género de la ciencia ficción, porque si había sucedido una vez, ¿por qué no puede volver a ocurrir?

En los setenta, tendríamos Soylent Green (Cuando el destino nos alcance), que nos lleva a un futuro distópico -no tan distante de nuestro presente- en el que la especie humana se ve amenazada por la superpoblación, las catástrofes ecológicas, el agotamiento de los recursos naturales y el calentamiento global. La mayor parte de la población, excepto una pequeña élite, tiene que alimentarse del Soylent, un producto supuestamente manufacturado a partir del plancton. Sin embargo, un detective de la policía, con el rostro de Charlton Heston, a partir de la investigación de un asesinato, llega hasta la aterradora verdad: el Soylent se fabrica en realidad a partir de seres humanos.

Este argumento, con algunas modificaciones, se repetiría en la minusvalorada película de las hermanas Wachowski, basada en el best-seller de David Mitchell, El atlas de las nubes, en la que nos presentaba un futuro aún más pesadillesco, en el que clones forman la mayor parte de la fuerza laboral de un mundo en el que la mayor parte de las especies animales y vegetales han desaparecido. Sería uno de esos clones, Sonmi-451 (Doona Bae) la que averigüe que, en realidad, los clones se fabrican en serie y se alimentan a partir del material biológico de otros clones “retirados”, en una cadena de matanzas sin fin, inspirada, por supuesto, en la industria cárnica actual.

Recordemos, por ejemplo, como el síndrome de Creutzfeldt-Jakob, la enfermedad de las “vacas locas”, se extendió a los humanos cuando se empezó a alimentar al ganado -vegetariano- con piensos de origen animal; es decir, porque se estaba alimentando a las vacas con carne de vaca muerta procesada, obligándolas a convertirse, en primer lugar, en carnívoras y, en segundo, en caníbales.

No obstante, el género desde donde han llegado las críticas más duras contra la industria alimentaria actual ha sido, lógicamente, el documental. Hay muchísimos títulos que muestran a los espectadores  algo que, probablemente, casi nadie desee ver, pero que sabemos de forma más o menos consciente que existe. Podemos destacar unos pocos títulos, como el tremendo The Cove (2009) sobre la pesca indiscriminada de delfines en Japón, Super Size Me (2004) acerca de los problemas de salud que genera el consumo prolongado de comida basura y Earthlings (2005), que desde un enfoque más amplio recorre las múltiples formas del maltrato animal a lo largo de todo el globo. O el estremecedor La pesadilla de Darwin (2004), sobre los efectos de la introducción por parte de multinacionales de especies foráneas y sus efectos sobre los hábitats y las comunidades indígenas. Y ya en el campo de la ficción, Fast Food Nation (2006), de Richard Linklater.

También tendríamos que citar Behind the Mask: The Story Of The People Who Risk Everything To Save Animals (2006)  sobre el ALF (Animal Liberation Front), una organización internacional acusada de terrorismo por varios gobiernos cuyos activistas emplean la acción directa: tratan de rescatar a los animales de las granjas y laboratorios, al mismo tiempo que denuncian la crueldad de las condiciones en las que se hallan.

Sin embargo, quizás ninguna película anterior ha tenido la oportunidad de impactar al público global como Okja. La fábula sobre una niña dispuesta a salvar, cueste lo que cueste, a la criatura con la que ha convivido y que considera parte de su familia remite a clásicos como el ET de Spielberg y, en su estilo visual, a lo mejor de Estudio Ghibli.

J.M. Coetzee comentó una vez que la gente tolera los inauditos niveles de salvajismo de la industria cárnica porque no se ven obligados a ver, oír u oler nada relacionado. Y que tal vez habría que comenzar a llevar a los niños a visitar a los mataderos para que las cosas cambiaran. Es probable que la propuesta de Coetzee no sea factible y, quizás, sea innecesario; quizás baste con llevarlos a ver Okja: es una película que apunta directamente a su corazón.

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