19 abril, 2017. Por

Un Metro de música

El Metro de Madrid, una Torre de Babel para las músicas del mundo
Un Metro de música

El Metro de Madrid hasta hace poco se vanagloriaba de ser el mejor de Europa. Qué digo de Europa, del mundo. Ni qué decir tiene que toda esta autocomplacencia procedía de cargos políticos que a duras penas conocían el precio de un billete sencillo, mucho menos de sus incomodidades en hora punta. El Metro de Madrid no sabemos si vuela, lo que sí sabemos es que, al margen de parecerse cada vez más al de Tokio, de sus obras sempiternas y de su irremisible fealdad, es lugar por el que transcurren ante los ojos de sus abnegados usuarios cientos de historias capaces de arrancarles, aunque sea por unos instantes, de su rutina diaria.

Y unos de los mayores creadores de dichas historias son esos músicos anónimos, cargados a cuestas con el carrito y el amplificador que, micrófono en mano, recorren vagón a vagón o simplemente dejan pasar las horas en algún recoveco anodino para disfrute efímero del personal y discreto donaire de sus propios bolsillos.

CHOU, la música milenaria contra el midi

Directo desde Pekín llega hasta Atocha el afable Chou, quien basa gran parte de su propuesta en la nostalgia que desprende el erhu, milenario instrumento otrora utilizado por los jinetes mongoles introducido en China en los albores del siglo X. Pero el sonido de Chou va un poquito más allá, sin quedarse única y exclusivamente en las raíces.

Como él mismo nos confiesa intenta aportar sonoridades locales, algo que queda de manifiesto en su doble CD grabado y producido en Taiwán, provisto de nada más y nada menos que 34 canciones en las que la mesura no es un terreno conocido, y cuyas bases pregrabadas con toque de sucedáneo de estudio de grabación son fiel metáfora del capitalismo más atroz que, como un fantasma, recorre hoy todo el mundo. En serie. Y en midi.

BUCUREL MANDACHE, el secreto de la trompeta

Perdemos de vista a Chou para mudarnos a Europa del Este: Bucurel Mandache es un enérgico trompetista rumano llegado desde Bucarest para compartir su alegría e impetuosidad en los largos y tediosos pasillos del metro de Avenida de América.

Bucurel afirma que “la trompeta es su vida”, y ofrece un repertorio variado de temas que abarca desde reinterpretaciones de clásicos como el A mi manera de Frank Sinatra hasta improvisaciones más o menos libres de jazz en las que se adentra en vericuetos más experimentales y, desde luego, personales, que evocan ese halo taciturno, de humo de Ducados y sofá de skay que envuelve a la figura del bueno de Bucurel.

FRATELL LUCIAN, el Robbie Williams rumano

Desde el otro extremo del país, más cerca de Hungría y de Nuevos Ministerios, nos llega el religioso Fratell Lucian, personaje con cara de pícaro del cual nos llama rápidamente la atención su gran espiritualidad que, quién sabe, quizá revele un pasado atormentado y errático del cual desea redimirse. Como el Robbie Williams de Rumanía, Fratell Lucian canta a Dios, implora a Éste su perdón -y el de todos nosotros- sin dejar de sonreír, conocedor de estar embarcado en una gran y edificante empresa.

Su mirada no engaña: Fratell es un auténtico seductor de su obra, pero su perfil no deja de invocarnos imágenes fantasmagóricas de su Budapest natal repletas de detalles ignominiosos difíciles de olvidar, esos detalles que desgarran su garganta en cada fraseo, en cada lamento: “quédate en mí, quédate en mí, oh, toca mi mente, mi corazón, llena mi vida de tu amor”.

BATATA, el afro-house (de) trib(un)al

Y, por fin, nos vamos a Malasaña donde podríamos encontrarnos apostado al ínclito Manu Chao… Pero a quien lo hacemos no es a otro que a Eulogio, más conocido por sus amigos como Batata.

Sí, el simpatiquísimo timbalero ajeno a modas y tendencias que lleva ganándose la vida en el último recodo de las escaleras del metro de Tribunal desde hace ya la friolera de diecisiete años, a golpe de timbal y bases houseras que un día darán la vuelta y volverán a estar en boga. Y allí estará Batata, con sus mismos ritmos y aspavientos, contagiándonos con su alegría.

El Metro es, en la mayoría de casos, una necesidad. Pero también es un modo de vida, una elección personal que para muchos implica el no tener que depender del coche, de la esclavitud de sus atascos y la sangría de sus averías; una manera de imponerle un hueco a la lectura en nuestras ajetreadas vidas, no sé. Preservemos este espacio y, a pesar de los pesares, entre el sobaco de uno y el aliento de otro, sintámonos privilegiados por poder disfrutar de estos músicos ambulantes, diletantes, vocacionales. Démosles a todos ellos el carnet.

Un Metro de música