13 julio, 2018. Por

Mary Shelley

Una lección histórica de romanticismo para dummies
Mary Shelley

Este biopic de Mary Shelley (1797-1851) comienza con una imagen poderosa: una pálida adolescente, la proto-escritora (Elle Fanning), sentada en la lápida funeraria –que luego sabremos que pertenece a su madre, la revolucionaria filósofa feminista, Mary Wollstonecraft, la autora de Vindicación de los derechos de la mujer, que murió en su parto-, leyendo un viejo libro de relatos de fantasmas, rodeada de árboles otoñales. Se trata de la autora de uno de las novelas más famosas y adaptadas de todos los tiempos; y vamos a ver cómo llegó a hacerlo. Lamentablemente, el resto es bastante decepcionante.

La joven Mary (Elle Fanning) es, por supuesto, una adolescente rebelde que choca constantemente con su madrastra Mary Jane (Joanne Froggatt). Por fortuna, tiene una relación estrecha y cordial  con su hermanastra Claire (Bel Powley). Al frente de la familia, está el librero y filósofo William Godwin (Stephen Dillane), uno de los padres del anarquismo: Mary es la hija excepcional de dos padres excepcionales. Todo se complica cuando, durante un retiro en Escocia, conozca a un famoso veintañero admirador de sus progenitores: Percy Byshee Shelley (Douglas Booth) y, algo después, a su buen amigo y rival, Lord Byron (Tom Sturridge). No pasará demasiado tiempo antes de que surja el romance entre Percy y Mary; ambos escaparán juntos, sin detenerse ante el escándalo (porque Shelley ya estaba casado), viajarán por Europa y vivirán un sinfín de momentos dramáticos que servirán, por supuesto, como inspiración de la obra maestra de Mary.

“La película puede ser más o menos entretenida y ofrece algo así como una lección histórica de romanticismo para dummies; pero se queda muy lejos de su objetivo: describirnos la vida de una escritora que quebró la mayor parte de las reglas que aprisionaban a las mujeres de su tiempo y que creó un mito inmortal”

A nivel formal, Mary Shelley es una competente película de época de la escuela británica: la ambientación, la fotografía, el vestuario y la música son excelentes; y la directora, la saudí, Haifaa Al-Mansour, es como mínimo competente. Desgraciadamente, una biografía que haga justicia a una protagonista tan excepcional, con unos secundarios tan o más geniales y extravagantes requiere algo más que un labor profesional y competente. Percy Shelley, además de uno de los más grandes poetas de la Era Romántica, fue un teórico del ateísmo, el socialismo y el amor libre. Lord Byron, además, por supuesto, de gran poeta, era un personaje inmensamente fascinante, un seductor nato –con cientos de conquistas de ambos sexos- y poco más o menos que el prototipo del libertino. Se trata de tres individuos únicos que en un periodo mucho más represivo vivieron su existencia de un modo asombrosamente libre y despreocupado, en abierta ruptura con cualquier norma social.

Todo esto aparece de un modo muy superficial y pacata. No se aprecia en ningún momento el genio de Percy Shelley, que parece solo un joven egoísta y cruel; los aspectos más escabrosos de la personalidad de Byron están muy suavizados, probablemente para que sea una película para toda la familia. Mary Shelley, la película, puede ser más o menos entretenida y ofrece algo así como una lección histórica de romanticismo para dummies; pero se queda muy lejos de su objetivo: describirnos la vida de una escritora que quebró la mayor parte de las reglas que aprisionaban a las mujeres de su tiempo y que creó un mito inmortal.

Desde luego, no está al nivel de Bright Star, la estupenda película de Jane Campion, sobre la trágica historia de amor de otro titán del romanticismo, John Keats y Fanny Bawne;y, sobre todo, al de la obra maestra de Gonzalo Suárez, Remando al viento, una fantasía gótica en la que reconocemos, sin embargo, un retrato más fiel de los Shelley, Lord Byron y su mundo.

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