7 junio, 2018. Por

De Lavapiés a la cabeza

Lavapiés, el no-barrio de la resistencia
De Lavapiés a la cabeza

En el año 1989 se estrenaba la mítica película Bajarse al moro, rodada casi en su totalidad en el barrio de Lavapiés. El barrio no solo era un escenario, era un personaje más de la trama, y para los nostálgicos que además habitamos en él, es una vuelta al Madrid más cheli, un recordatorio de que cualquier tiempo pasado será siempre mejor. No es que no hubiera que cambiar nada en Lavapiés: las drogas hacían estragos y la Tabacalera no era un espacio de arte contemporáneo, sino una viciada fábrica humeante.

Mariví Ibarrola lleva en Lavapiés más de tres décadas, así que sabe de lo que habla. La fotógrafa y periodista ha recopilado fotografías, casi todas inéditas, con los momentos, sitios y gentes del Lavapiés de esa década. El resultado es De Lavapiés a la cabeza, una exposición itinerante que comenzó en el Espacio Encuentro Feminista de Ribera de Curtidores en mayo y ahora podrá verse en las Escuelas Pías de la UNED hasta el 19 de junio. Este proyecto nace para dar forma a la memoria colectiva de la zona y contará también con un libro. Cada una de las cincuenta imágenes cuenta con el comentario de algún vecino, comerciante o artista que vivió en el Lavapiés de los ochenta.

“En la muestra encontraremos fotos del Edificio del Cine Olimpia, la fuente original de la Plaza de Lavapiés, los Siniestro Total en La Fábrica Magnética, las ruinas de las Escuelas Pías, la manifestación de Okupas de Electra en la calle Amparo, cabras haciendo equilibrismos, las colas de votantes en las elecciones del 82…”

Así, en la muestra encontraremos desde cartelería política de la época hasta fotos del Edificio del Cine Olimpia, la fuente original de la Plaza de Lavapiés, coches aparcados por doquier, La Real Fábrica de Tabacos echando humo, los Siniestro Total en La Fábrica Magnética, las ruinas de las Escuelas Pías, los estudiantes, la manifestación de Okupas de Electra en la calle Amparo, los artesanos de la corrala de la Cabeza, el Rastro, cabras haciendo equilibrismos, el Cine Lavapiés, las colas de votantes en las elecciones del 82 o la corrala de Miguel Servet cubierta de antenas entre muchas otras.

La Cúpula de las Escuelas Pías en los años 80

En un Madrid de posguerra, las casas prácticamente abandonadas de Lavapiés se habían repoblado. Cuando acabó la dictadura, sus calles se llenaron de jóvenes y de efervescentes movimientos culturales antes de que llegara la inmigración de los noventa. Muchos de los edificios estaban en ruinas y se puso en marcha un plan de rehabilitación que demostró ser tan necesario como destructivo. Lamentablemente en pocas décadas Lavapiés pasó de necesitar un lavado de cara a ser la cara bonita que todos anhelan.

La gentrificación, ese cáncer que acecha cerniéndose como una sombra por las ciudades, se va extendiendo sobre el barrio con el firme propósito de convertirlo en parque temático. Un barrio que primero acogió a emigración nacional, luego a emigrantes internacionales que tenían que vivir en pisos pateras… comenzó su remodelación, los precios subieron y ahora los turistas, pero sobre todo las empresas inmobiliarias, empiezan a ganar la partida a costa de la expulsión masiva de los vecinos originales.

“Lavapiés no existe, al menos como barrio, y quizá es por eso que aguanta el tirón mejor que otros. Mientras Malasaña sucumbió en muy poco tiempo al tsunami de barbitas y muffins que se le vino encima y se convirtió en una pasarela de moda, Lavapiés se resiste como puede”

Lavapiés no existe, al menos como barrio, y quizá es por eso que aguanta el tirón mejor que otros. Mientras Malasaña sucumbió en muy poco tiempo al tsunami de barbitas y muffins que se le vino encima y se convirtió en una pasarela de moda, Lavapiés se resiste como puede. Es en gran parte por la fuerza de las asociaciones vecinales y también por un cierto carácter de insumisión que llegó al barrio de mano de la ocupación en los ochenta. Fueron experiencias breves pero que pusieron el germen para la okupación lavapiesera de los noventa.

Ahora es momento de reflexión y autocrítica. ¿Qué papel jugamos habitantes y visitantes en este proceso? Luchamos contra la gentrificación mientras formamos parte de ella. ¿Podemos frenarla mientras los gastromercados y las terrazas sean nuestros refugios dominicales? ¿Qué podemos hacer antes de cruzar el río y dispersarnos hacia Bruklin o Usera? Ahí lo dejo.

De Lavapiés a la cabeza