4 mayo, 2018. Por

Manifesto

La imprescindible reflexión sobre el arte de Julian Rosefeldt y Cate Blanchett por fin llega a nuestros cines (aunque sólo por dos días)
Manifesto

¿Qué es Manifesto (Julian Rosefeldt, 2015)? No es una película, eso seguro. Aunque este fin de semana llegará a nuestras pantallas como tal. Como montaje (incompleto) de las doce piezas de 10:30 minutos cada una que se han exhibido como una instalación audiovisual multipantalla en algunas instituciones culturales de Australia, los Estados Unidos y Alemania.

Manifesto tampoco es un documental ni un reportaje. Es una recopilación de monólogos interpretados por una camaleónica Cate Blanchett que pretenden remover la conciencia artística del espectador. Y todo esto, que por escrito suena francamente aburrido y pretencioso es, en realidad, una obra impactante y enriquecedora que, si bien no interesará a todos los sectores del público, puede volverse fascinante e imprescindible para no pocos espectadores.

“Por escrito, ‘Manifesto’ suena francamente aburrido y pretencioso; pero es, en realidad, una obra impactante y enriquecedora”

Desde principios del siglo XX los diversos movimientos artísticos se han articulado en torno a manifiestos, similares a los que en el XIX recogieron varios idearios políticos. Declaraciones de intenciones con las que se pretende poner orden en el impulso creativo de los artistas. Mientras desarrollaba una investigación acerca de este tipo de textos, el artista y realizador alemán Julian Rosefeldt comenzó a sentir cierta fascinación por ellos. Ello le llevó a seleccionar unos 60 manifiestos que consideró especialmente destacables o, a su parecer, relacionados entre sí para confeccionar con ellos doce collages de textos artísticos agrupados por las corrientes a las que pertenecieron. Rosefeldt le presentó a Cate Blanchett la idea de que una sola actriz ercarnara los doce collages y juntos acabaron dando forma a Manifesto.

La versión de la pieza artística que se va a proyectar en salas de Madrid, Barcelona, Vigo, Valencia, Santiago de Compostela y Valladolid los días 5 y 6 de mayo monta en 95 minutos los monólogos (puedes consultar las salas aquí). Algunos de ellos, como el dedicado al Suprematismo y el Constructivismo, el del Futurismo o el que se centra en la Arquitectura, quedan claramente cercenados en aras de hacer que la proyección no se haga interminable. Pero el mensaje de la obra llega claro al espectador.

A pesar de lo áspero y rimbombante de su idea, Rosenfeldt consigue hacerla atractiva, si no fascinante en muchos tramos de la proyección. Tiene mérito, cuando lo que se usa como sustento creativo son las bases de movimientos artísticos tan complejos como El Jinete Azul, el Surrealismo, la Performance o el Minimalismo.

“La intensidad de la interpretación de Cate Blanchett añade un ritmo narrativo a una obra que no narra ninguna historia”

Gran parte de la clave de este éxito es, qué duda cabe, el indescriptible trabajo que se marca Cate Blanchett. La actriz australiana abraza los trece personajes que tiene que vestir con una solvencia y una gracia que no por ser su sello característico merecen ser menospreciados. Su trabajo aporta una profundidad dramática y dota de una emoción vibrante y pura a textos que pocos espectadores no especializados en la Historia del Arte se atreverían a explorar por sí solos.

La intensidad de su interpretación añade un ritmo narrativo a una obra que no narra ninguna historia. Su presencia, una dicción elaborada y precisa, así como la meticulosa caracterización, llenan la pantalla. Pero todo ello está al servicio de los manifiestos que va declamando, que se van haciendo poderosos, plantando semillas en el espectador, que finaliza la proyección ansioso de saber más, de leerlos completos e interiorizarlos con calma.

Manifesto nos recuerda que el arte está en todas partes. Fotografía de Julian Rosefeldt

Pero Manifesto es bastante más que Cate Blanchett vistiendo la piel de trece personajes diferentes. La factura técnica de la obra es sencillamente sensacional. Aún si los textos no le interesaran a uno, las imágenes que contiene ya son, por sí mismas, interesantes. La obra artística de Julian Rosefeldt consiste principalmente en opulentas instalaciones de vídeo. Y la grandilocuencia de este lenguaje visual se despliega en todo su esplendor en Manifesto. No tiene miedo Rosenfeldt de deleitarse en la simetría, la arquitectura, el color o la forma, de modo que sean una caja de resonancia perfecta para el mensaje recitado por Blanchett.

“‘Manifesto’ es hora y media de monólogo que obliga al espectador a reflexionar sobre la naturaleza, los objetivos, los límites y las posibilidades del hecho artístico”

Se permite, además, grabar planos larguísimos de los monólogos (el tipo de cosas que se pueden hacer cuando se traba con intérpretes de esta categoría) que, con espectacularmente amplios movimientos de cámara, atrapan al espectador y contribuyen a que el ritmo narrativo sea hipnótico. Aunque los manifiestos que se recitan son densos y exigen bastante atención, es imposible no dejarse llevar por la fuerza de las imágenes que los acompañan. El buen gusto, lo agudo de varias de las analogías visuales, o lo chocante de algunos de los momentos, como el de los niños que recitan el manifiesto Dogme 95 en clase o el de la elegía fúnebre dadaísta no pueden dejarle a uno indiferente.

Al final Manifesto es una experiencia bella e impactante. Pretenciosa y grandilocuente, de eso tampoco cabe duda. Al fin y al cabo es hora y media de monólogo que obliga al espectador a reflexionar sobre la naturaleza, los objetivos, los límites y las posibilidades del hecho artístico. Hay que estar atento en cada minuto de su metraje pero, para quien esté dispuesto a disfrutarlo, la retribución artística que ofrece merece la pena.

Manifesto