25 octubre, 2018. Por

Maniac

¿Por qué una de las últimas grandes apuestas de Netflix no ha sido un éxito?
Maniac

El pasado 21 de septiembre se estrenó Maniac en Netflix. Esta miniserie de 10 capítulos era una de las grandes apuestas de la compañía de video bajo demanda para la nueva temporada: la dirección corría a cargo del cada vez más consolidado en la élite Cary Joji Fukunawa, y la oscarizada Emma Stone y el versátil Jonah Hill ponían voz y cuerpo a la pareja protagonista.

Sin embargo, tanto los medios generalistas como los especializados no han visto en Maniac la obra de referencia que pretendía ser. Porque, si hay algo indiscutible es que, en cada capítulo de esta producción, Fukunawa y su co-creador, el novelista Patrick Somerville -uno de los responsables de The Leftovers– han intentado hacer una ficción memorable que recogiera las inquietudes de esta nuestra generación. Tanto a nivel artístico como social.

«El dolor se puede destruir. Podemos resolver la mente”

Esta es la premisa desde la que se construye la serie. En un momento en el que la sociedad de la información, mezclada con el capitalismo más brutal, es la absoluta protagonista de los debates -ya sean intelectuales o de barra de bar- y puebla el imaginario de todos los niños del mundo y de gran parte de los adultos, Maniac se sitúa en una Nueva York retrofuturista en la cuál se supone que los problemas mentales acompañan a gran parte de la población en su vida diaria.

Para solucionar esto, desde una gran industria farmacéutica se esta liderando un proyecto revolucionario que, si funciona, conseguirá erradicar los problemas mentales de la sociedad. Y con ellos las terapias de unos psicólogos y psicoanalistas que, sin lugar a dudas, son el colectivo que sale peor parado de la serie.

«En tan solo diez capítulos, se conforma como una ficción transgresora en lo temático y brillante en lo formal. La estética que nos propone Fukunawa, combinando pasado y futuro es simplemente increíble. Bebe de Black Mirror pero lo supera en muchas ocasiones. Y gracias a los viajes oníricos de los protagonistas se muestra como el director solvente y versátil que es. Invito a quien sepa más que yo a que lo analice, porque no tiene desperdicio»

A este experimento asisten, cada uno por su cuenta, Owen Milgrim y Annie Landsberg, dos habitantes de esta Nueva York distópica en la que se ubica la parte física de la trama (ya volveremos a esto).

Owen es el hijo menor de una acaudalada familia industrial neoyorquina, tradicional y poderosa, que sufre de esquizofrenia paranoide. Esto, en ciertos momentos, le hace distorsionar la realidad, desesperarse y cometer actos sin ningún tipo de sentido para el resto del mundo. Aún así tiene un trabajo -precario- y un apartamento -minúsculo- al que dedica la mayor parte de su escaso sueldo, ¿les suena de algo?

Annie es una aparente drogodependiente, que lleva sin trabajo más de cuatro meses, que vive en piso con más de cuatro compañeros, que tiene que recurrir a formas delirantes de ganar algo de dinero para subsistir; como los publiamigos: trabajadores que, a cambio de contarte las nuevas ofertas de diferentes marcas y compañías -también delirantes por cierto, aunque eso daría para otro artículo- te asedian con publicidad mientras te tomas un bol de ramen que te han ayudado a pagar. Eso sí, sentados en el asiento de al lado del restaurante. ¿Les suena esto de algo también?

Gracias a estos anunciantes andantes, Owen se entera de que en la farmacéutica Neberdine se están realizando pruebas farmacológicas muy bien remuneradas. Cuando llega allí, y antes de que consiga ser considerado apto para los experimentos, conoce a Annie.

Junto a otra docena de sujetos, se embarcan en el ya mencionado experimento para erradicar los traumas y las enfermedades mentales. ¿Cómo se hace eso? preguntará el lector. “Sencillo”, gracias a tres pastillas A, B y C, que nos sumen en un estado onírico en el cuál se pueden reconocer, purgar y resolver los traumas que pueblan nuestra mente; los demonios que nos atormentan.

Maniac, en tan solo diez capítulos, se conforma como una ficción transgresora en lo temático y brillante en lo formal. La estética que nos propone Fukunawa, combinando pasado y futuro es simplemente increíble. Bebe de Black Mirror pero lo supera en muchas ocasiones. Y gracias a los viajes oníricos de los protagonistas se muestra como el director solvente y versátil que es. Invito a quien sepa más que yo a que lo analice, porque no tiene desperdicio.

Pero es en el marco temático dónde vamos a hacer hincapié, porque creo que es el aspecto fundamental de la serie: el que ha hecho que sea, por un lado tan brillante, y por otro tan incomprendida.

«La serie trata algunos de los temas más importantes de la cultura occidental actual; la distinción entre realidad y ficción; la incapacidad del ciudadano medio para hacer frente a los problemas que la sociedad en la que vivimos ha puesto en nuestro camino para despersonalizarnos y negarnos el éxito; el uso de las drogas para escapar de los problemas del punto dos; y ‘lo que nos hace humanos'»

¿Por qué Maniac no ha sido un éxito?

La serie trata algunos de los temas más importantes de la cultura occidental actual. En primer lugar, la distinción entre realidad y ficción; en segundo, la incapacidad del ciudadano medio para hacer frente a los problemas que la sociedad en la que vivimos ha puesto en nuestro camino para despersonalizarnos y negarnos el éxito; en tercero, el uso de las drogas para escapar de los problemas del punto dos, y en cuarto, y aquí se tira de referencias que marcaron un antes y un después como Lost, «lo que nos hace humanos» como el hecho fundamental que nos hace marcar la diferencia. Todo ello desde un punto de vista que reivindica la posmodernidad haciendo, entre otras, una lectura del concepto de simulacro de Jean Baudrillard y de la hipermodernidad de Lipovetsky.

El tratamiento de las pastillas A, B y C que nuestros protagonistas acceden a testar implica, como ya hemos comentado, una inmersión en nuestro subconsciente en tres fases muy diferenciadas para que consigamos hacer frente a aquello-que-nos-perturba-y-no-sabemos-qué-es:

A: Agony (En castellano, identificación) En esta fase se identifican -reviviéndolos- los traumas que te hicieron desarrollar la enfermedad mental/problema que arrostras .

B: Behavioral (Mapeo) En esta, los pacientes viven una experiencia que les permite conocer sus mecanismos de defensa ante sus problemas mentales.

y C: Confrontation (Confrontación) Finalmente, gracias a la pastilla C, entramos un sueño en el cual, a través de la estimulación del subconsciente, conseguimos dejar atrás aquello que nos tortura.

Si la propuesta es de por sí alucinante -bien es verdad que la producción de Netflix no es original ya que se basa en una serie noruega- es en los juegos oníricos donde alcanza mayor brillantez. Lo que los creadores de Maniac entienden muy bien es que, en el contexto narrativo actual, si quieren hacer las cosas a lo grande, deben arriesgar y ofrecer al espectador una experiencia de simulacro, marcar la diferencia entre lo que es real y lo que no, y, tal y como ya hicieron grandes obras como El Show de Truman u Olvídate de mí, apostar por una alternancia de escenarios que aporte frescura a la serie.

«Lo que los creadores de ‘Maniac’ entienden muy bien es que, en el contexto narrativo actual, si quieren hacer las cosas a lo grande, deben arriesgar y ofrecer al espectador una experiencia de simulacro, marcar la diferencia entre lo que es real y lo que no, y, tal y como ya hicieron grandes obras como ‘El Show de Truman’ u ‘Olvídate de mí’, apostar por una alternancia de escenarios que aporte frescura a la serie»

Los capítulos 4, 5, 7, 8 y 9 (la mitad de la serie) giran en torno a escenarios y tramas alternativas, que además juegan con grandes referentes de la cultura popular del espectador, en un inconfundible juego posmoderno de intertextualidades.

La Norteamérica profunda, el misterio y los estafadores, El Señor de los Anillos, el universo Scorsese o las películas de espías cómicos tipo Kingsman, son los escenarios alternativos donde vamos a aprender más de los traumas de los protagonistas y que nos sirven para provocarnos lo que los formalistas rusos llamaron la sensación de extrañeza, que no es otra cosa que la obra cogiéndonos por sorpresa. Lo que sumado a la trama desarrollada en el NYC distópico, provoca un efecto como un videojuego con minijuegos distribuidos. Una maravilla.

En cuanto los protagonistas, son el ejemplo claro de cómo, para el ciudadano medio, es cada vez más difícil salir adelante en una sociedad enferma. Como todas las distopías, Maniac no sería lo que es de no haber sido creada en un momento con unas particularidades concretas. A saber: la precarización del mercado laboral, que se convierte en un mero juego de azar, o la incapacidad de comunicarse de verdad (en nuestro mundo “real” por la avasalladora experiencia digital, en la serie por los problemas mentales de los protagonistas).

En este caso, además, la serie deja claro que en un mundo tan deshumanizado, mostrar nuestros sentimientos se convierte en una utopía; así como triunfar en el mundo real. Con una mención especial: las relaciones familiares. Como ejemplo, la extraña máquina en la que se recluye el padre de Annie; Owen, sin poder tener una relación de verdad con su familia o la indescriptible relación entre el doctor Mantleray y su madre.

«Al igual que otras ficciones, que desde la ciencia ficción blanda han intentado tratar temas tan importantes como ésta, no ha conseguido el aplauso del público. ¿Es un problema estético?, ¿conceptual?, ¿deberían dejar de buscar el beneplácito de público y crítica a la vez y centrarse en un solo objetivo?»

Ante todo esto, en lo que yo interpreto como una mezcla de crítica y visibilización, aparece el tema de las drogas. Al fin y al cabo, la clave de la serie es esta triada de pastillas A, B y C, que nos ayudan a resolver nuestros traumas gracias a visiones de nuestro subconsciente y que pretenden acabar con los psicólogos y su terapias.

Es como si Somerville y Fukunawa estuvieran, por un lado incitándonos a descubrir por nosotros mismos estas experiencias y, a la vez, denunciando cómo las farmacéuticas y la química nos sumieran más y más en un “yo” que no necesita del afuera, de lo humano, para salir adelante.

Pero, ¿qué es lo que nos hace humanos? Como siempre, más allá de lo reveladoras que puedan ser las experiencias personales, y tratar nuestros problemas por nosotros mismos -los ahora tan de moda cuidados- los sentimientos y los que nos quieren.

En la decisión final de Owen en el juicio hay un grito al raciocinio: “los malos no se merecen nuestra bondad”. En el final del último capítulo se ve aquello que con más o menos fortuna han intentado transmitirnos (y se que mencionar este apellido puede hacer que más de uno se resista a ver la serie) los hermanos Nolan en algunas de sus películas. El factor humano que aparece tanto en Westworld como en Interestellar como aquello que nos salva de nosotros mismos y de lo malo del mundo.

Sigo sin entender por qué Maniac no ha conseguido el éxito que se le presuponía a tan esperada producción. Evidentemente tiene fallos, algunos capítulos tienen demasiada paja, y a otros les pediríamos que profundizaran más en aquello que, tímidamente, apuntan. Al igual que otras ficciones, que desde la ciencia ficción blanda han intentado tratar temas tan importantes como ésta, no ha conseguido el aplauso del público. ¿Es un problema estético?, ¿conceptual?, ¿deberían dejar de buscar el beneplácito de público y crítica a la vez y centrarse en un solo objetivo?

Vean Maniac porque dentro de las docenas de series que llaman a nuestra puerta a lo largo de los meses, ésta, por lo menos, nos anima a ver las cosas de otra forma. Y eso, en el momento en el que vivimos, ya es mucho.

Maniac