25 julio, 2018. Por

Mandíbula

La adolescencia: escenario perpetuo de iniciación, terror y descubrimiento
Mandíbula

La joven Mónica Ojeda (1988), con solo dos novelas, se ha convertido en una de las revelaciones de la reciente narrativa en español. Sus obras son densas, atmosféricas, cargadas de significados ocultos, plagadas de relaciones enfermizas, sexo turbio, relaciones imposibles, en las que el deseo y el miedo fluyen abundantemente, a veces en la misma dirección. Su primera novela, Nefando, nos presentaba ya, a través de los habitantes de un piso de estudiantes en Barcelona, un mundo de pasiones enrarecidas, abusos y perturbaciones mentales.

Mandíbula, la más reciente, editada por Candaya, nos sitúa en un colegio femenino del Opus Dei en Ecuador, una institución elitista en el que la educación sigue ligada a la culpabilización y la represión. Allí, un pequeño grupo de alumnas se reúnen por las noches en secreto, en un edificio abandonado –“un espacio libre de adultos”-, para contarse historias de terror –creepypastas extraídos de internet-, un grupo dominado por dos chicas más atrevidas o con mayor carácter que el resto: Annelise y Fernanda. También se proponen, las unas a las otras, “retos”; pruebas, ritos cada vez más audaces. Son chicas de la alta sociedad ecuatoriana, acostumbradas a una existencia despreocupada, a burlarse de sus maestros. Por supuesto, a partir de cierto momento, el terror abandonará la narración verbal y adquirirá presencia en la realidad.

«Una novela más que notable, y que nos demuestra que la adolescencia siempre será el escenario para una historia de iniciación, terror y descubrimiento»

Las dos protagonistas adolescentes tienen problemas personales hasta cierto punto comprensibles en unas quinceañeras; las dos tienes relaciones conflictivas con sus respectivas madres; en el caso de Annelise, por la religiosidad y el rigor de su progenitora, y en el de Fernanda, porque la culpan de la muerte de su hermano. Ambas son vigiladas por su profesora, Miss Clara, cuyo pasado igualmente oscuro, iremos conociendo poco a poco. Se trata, como no tardamos en advertir de un microcosmos casi por entero femenino, en el que las pulsiones y obsesiones se transmiten en el corazón de la familia y deforman la evolución psíquica de sus personajes. No es extraño que se cite esta terrible frase de Lacan: “Estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre”.

La novela está estructurada con gran habilidad: empezamos en una situación sin salida, con un aparentemente absurdo y desquiciado secuestro; después, retrocedemos hacia atrás, para comprender, entre fiestas, travesuras, entrevistas con psicólogos y monólogos interiores, cómo hemos llegado a este punto. El lenguaje de Ojeda está muy cuidado: es capaz de combinar un profundo lirismo con un sinfín de referencias ultracontemporáneas. En conjunto, es una novela más que notable, y que nos demuestra que la adolescencia siempre será el escenario para una historia de iniciación, terror y descubrimiento. Sin duda, uno de los libros del año.

Portada del libro

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