17 julio, 2017. Por

Madama Butterfly

Una ópera, un rodaje y una película a la vez
Madama Butterfly

“En cualquier lugar del mundo,
el yanqui vagabundo
disfruta y especula
despreciando riesgos.
Echa el ancla al azar…”

Y el ancla de nuevo, 15 años después de su estreno original, la echa en el Teatro Real la puesta en escena de Madama Butterfly de Mario Gas. El oficial B. F. Pinkerton y la geisha Cio-Cio-San (por favor, somos mayorcitos, así que nada de risas con el nombre) reviven su tragedia desmedida cantando algunas de las melodías más bellas y reconocibles de la lírica mundial de la mano de Giacomo Puccini.

La historia de la geisha enamorada hasta las trancas del oficial de marina estadounidense sin escrúpulos es conocida de sobra. El yanqui Pinkerton (por cierto, seguro que no tarda una versión en la que el oficial tenga un peluquín rollo Trump, que cuadraría perfectamente, aunque la crítica feroz al imperialismo americano ya esté aquí bien presente sin necesidad de incidir) se casa con la naïf Butterfly con idea desde el minuto cero de abandonarla (con la aquiescencia social, puesto que estos matrimonios temporales eran moneda de cambio en aquella época) en cuanto encuentre una buena esposa americana. Pero la pobre mariposa oriental se queda prendida locamente de él y piensa que sus intereses son honestos y su amor verdadero, así que, una vez él habiendo partido hacia su hogar de barras y estrellas prometiendo a la esposa nipona volver, ella queda en Japón espera que te espera con los nervios hechos cisco.

El Teatro Real recupera una exitosa puesta en escena del experimentado y casi siempre acertado Mario Gas (a su espaldas los musicales Follies, Sweeney Todd o más recientemente Incendios lo atestiguan) que presenta tres planos que se complementan y enriquecen: por un lado, la ópera de Puccini, que a su vez está enmarcada en el rodaje cinematográfico de la misma (como si en la época dorada de los grandes estudios de Hollywood nos encontráramos), y el resultado de esta filmación, proyectado sobre una pantalla en B/N sobre el escenario (con la ventaja de poder disfrutar de primeros planos). Un juego que hace que el espectador siempre tenga algún detalle donde mirar, faltándole ojos para poder sacarle todo el jugo a esta Butterfly, y evitando también la tentación de poder calificar como sensiblero el montaje aportándole un elemento distanciador y vistoso.

No es la primera vez que se utiliza un recurso de estas características, pero la verdad es que funciona espléndidamente. Uno se percata de que está entregado por completo a la historia cuando deja de cotillear las pequeñas acciones del equipo de rodaje (que ya desde antes de la hora de comienzo están en escena preparando todo como si de un equipo real se tratase) porque la música y la acción (la de la escena y la de la pantalla) le han arrastrado al interior de ese fantástico decorado rotatorio lleno de columnas y que encierra cual jaula de madera a la mariposa protagonista.

Un decorado que evoluciona desde el orientalismo más delicado hasta un oscuro reducto propio de un barrio chino de gran metrópoli occidental, enmarcado a su vez en un inmenso estudio de ladrillo visto con galerías a diferentes niveles. Impresionante el decorado de Ezio Frigerio (señor con más de 50 años de trabajo a sus espaldas que ha trabajado con Vittorio De Sica o Bertolucci), espléndidos los figurines de Franca Squarciapino (Oscar por Cyrano de Bergerac) y la iluminación de Vinicio Cheli. Todo conforma una puesta en escena impresionante de Mario Gas que apoya visualmente la delicadísima y poética partitura de Puccini, dirigida en el foso por Marco Armiliato (que los expertos han alabado) y defendida por unos intérpretes que se entregan en cuerpo y alma a sus personajes, vocal y dramáticamente hablando.

El canario Jorge de León tiene una voz impresionante y su B.F. Pinkerton posee el equilibrio adecuado para resultar lo suficientemente egoísta y cobarde sin resultar cansino. El cónsul de Ángel Ódena y la Suzuki de Enkelejda Shkosa, los testigos de la tragedia, toman un cálido protagonismo sonoro y de presencia escénica, y se ganan la simpatía del público (y sus ovaciones). Pero evidentemente es Butterfly la que se lleva todas las miradas. Y la soprano Ermonela Jaho emociona hasta decir basta con su sutileza vocal (ya en La Traviata se vio cómo su especialidad es irse creciendo cual gigante mientras avanza la función) y un composición dramática tremenda con la que debe acabar hecha polvo.

Con una evolución marcadísima desde la inocencia (algo desmedida, eso sí) del inicio hasta el trágico final de una madre desesperada, Jaho (sobre todo a partir del segundo acto donde se convierte en protagonista absoluta) atrapa en un puño al espectador y lo lleva por donde quiere. La famosérrima aria Un bel dì vedremo y ese final apoteósico que se marca son inolvidables. Sensacional. Brava bravísima total y absoluta.

Esta Madama Butterfly es un montaje sólido, emocionante, hermoso, impresionante a todos los niveles. Una ópera, un rodaje y una película a la vez, que hará las delicias de los aficionados (de los puretas y de los modernos amantes de lo retro también) y que podría resultar la primera experiencia perfecta e inolvidable para aquellos vírgenes en el mundo de la lírica. No os perdáis si tenéis ocasión (recordamos que ahora también hay descuentos para menores de 35) este trágico vuelo de Butterfly.

Madama Butterfly