5 julio, 2018. Por

Lucia di Lammermoor

La incólume soprano estadounidense de ascedencia cubana Lisette Oropesa revoluciona el Teatro Real cual Cometa Halley
Lucia di Lammermoor

El Teatro Real se llena estos días de locura, sangre y delirio vocal con Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, en una aclamada producción concebida por el director de escena estadounidense David Alden para la English National Opera en 2010. La historia, originalmente escrita por Walter Scott y transformada después en libreto por Salvatore Camarano, de una joven enamorada de quien no debe (un poco rollo estilo Montescos y Capuletos) y que enloquece porque se ve obligada a casarse con alguien más adecuado que su amante, es uno de los paradigmas de la ópera italiana romántica y pieza clave del repertorio operístico mundial.

Y si la propuesta que se puede ver estos días en Madrid tal vez no será especialmente recordada por su puesta en escena (aunque tampoco sea un despropósito, ni mucho menos) sí lo será por una absolutamente enloquecedora (y ya sabemos que lo de la locura en los titulares con respecto a esta función es facilón a más no poder) interpretación de su protagonista: Lisette Oropesa. Una de esas cosas excepcionales que aparecen, en plan Cometa Halley, cada x años. La soprano estadounidense de ascendencia cubana está revolucionando al público del Real, que la vitorea, en pie, noche tras noche (y mira que la audiencia real es dura de roer).

Lisette Oropesa es una de esas cosas excepcionales que aparecen, en plan Cometa Halley, cada x años: está revolucionando al público del Real, que la vitorea, en pie, noche tras noche (y mira que la audiencia real es dura de roer). La conjunción de la voz de esta mujer y un instrumento tan especial y fantasmagórico como la recuperada armónica de cristal resulta en un instante en el cual se congela el tiempo”

Su canto es de esos que se te meten en el cuerpo y te recorren cada recoveco, cada vena y arteria. Donizetti compuso una música extraordinaria repleta de florituras vocales que parecen confeccionadas para ser interpretadas por algún ser de poderes sobrehumanos. Florituras con colores que no resultan mero adorno, sino parte intrínseca de los sentimientos que brotan de los personajes. Y en este estilo se manifiesta como ejemplo sumo su Lucia. Y Oropesa lo interpreta de forma sutil y extraordinaria y llena de una emoción que traspasa el patio de butacas como con alfileres.

Este montaje, además, recupera la armónica de cristal inventada por Benjamin Franklin (en muchos montajes de este título sustituida por una flauta) en el aria de la locura. La conjunción de la voz de esta mujer y un instrumento tan especial y fantasmagórico resulta en un instante en el cual se congela el tiempo. Puede ser uno de los momentos más impresionantes (en su extrema delicadeza) que se pueda ver en el Real en años.

Sus compañeros no le van a la zaga de todas formas: Javier Camarena, Artur Rucinski, Roberto Tagliavini, Marina Pinchuk (que se alternan en sus personajes con Ismael Jordi, Simone Piazzola, Marko Mimica, junto con la soprano Venera Gimadieva que también interpreta a Lucia) componen un elenco excepcional e increíblemente compacto que confirma esta Lucia di Lammermoor como una de las propuestas musicalmente más aplaudidas de los últimos tiempos y en la que tampoco ha pasado desapercibida la labor del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real dirigidos por Daniel Oren, por supuesto.

El director de escena David Alden ha decidido ubicar la acción en unos decadentes interiores victorianos, enormes salas grisáceas inspiradas por lo visto en la antigua residencia del médico británico John Langdon Down, descubridor del síndrome de Down. Un lugar bastante creepy (con algún muñequito que otro por ahí tirado) en la que pesa la imagen de los antecesores (literalmente, aparecen sus retratos en múltiples ocasiones) y en la que se puede adivinar una relación algo incestuosilla entre los dos hermanos (para darle así un poco de sustancia al asunto).

“Esta puesta en escena resulta inteligente: no refleja un simple enloquecimiento provocado por el enamoramiento de la protagonista, sino a una tortura continuada por parte de los hombres que la rodean (heteropatriarcado a saco). Lo único malo es que su oscuridad de cuento de terror puede resultar demasiado tenebrosa y gris para algunos”

La verdad es que la oscuridad y el estatismo fantasmagórico reina en la puesta en escena, sobre todo en la primera parte de un montaje que coge fuelle (y mucho) en su acto final, jugando además con la metateatralidad (con un pequeño e inquietante escenario) y los cambios de perspectiva en la escenografía revelando su construcción. Cierto es que esta puesta en escena resulta inteligente en cuanto a que no refleja un simple enloquecimiento provocado por el enamoramiento de la protagonista, sino a una tortura continuada por parte de los hombres que la rodean (heteropatriarcado a saco). Y con un público encantado de asistir a un sangriento espectáculo, además. Lo único malo es que su oscuridad de cuento de terror puede resultar demasiado tenebrosa y gris para algunos.

Pero vamos, que lo que es muy loco, de verdad, es la Lucia de Lisette Oropesa. Un must para los aficionados a la ópera y una voz que dejará el listón muy alto si alguien se acerca por primera vez al Real.

Lucia di Lammermoor