18 octubre, 2018. Por

Luces de bohemia

Este Valle (Inclán) sí se toca: Alfredo Sanzol representa la obra “irrepresentable” del icono de la Generación del 98
Luces de bohemia

MAX: Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta, Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO: ¿Y dónde está el espejo?

Pues los espejos están (en este caso que nos ocupa) sobre las tablas del Teatro María Guerrero, donde se representa una nueva versión de las insignes Luces de Bohemia del señor Don Ramón María del Valle-Inclán, hábilmente dirigidas hacia el público por el también muy insigne Alfredo Sanzol. Quien, después de regalarnos un par de las mejores funciones de las últimas temporadas (La respiración y La ternura) y una comedia bien engrasada (La valentía) ahora se atreve con Valle y su “irrepresentable” texto.

Pero la cosa es que Sanzol consigue hacerlo mucho más que representable (y de forma íntegra además), dotándole de un ritmo con extrema fluidez que no decae en ningún momento a la hora de reflejar esa España de entreguerras y la lucha de ese mítico Max Estrella (y su inseparable Sancho Panza, Don Latino de Híspalis) por encontrar la trascendencia en un último paseo nocturno por un Madrid plagado de criaturas de su tiempo. Se nota la batuta de Sanzol. Y esa mirada humanísima que dirige a los personajes, marca de la casa y razón por la cual sus montajes siempre tienen un nosequé que resulta enternecedor.

“Sanzol consigue dotar e un ritmo con extrema fluidez que no decae en ningún momento a la hora de reflejar esa España de entreguerras . Se nota esa mirada humanísima que el director dirige a los personajes, marca de la casa y razón por la cual sus montajes siempre tienen un nosequé que resulta enternecedor”

Los intérpretes realizan además además una extraordinaria labor con el complejísimo texto de Valle. Desde unos sencillamente excepcionales Juan Codina y Chema Adeva como esos Mala Estrella y Don Latí (que se merecen sin duda subir al olimpo de las representaciones valleinclanescas con sus dos magníficas creaciones), hasta aquellos que se desdoblan en personajes secundarios pero imprescindibles para el color de la función. Todos, y mira que es difícil con un reparto tan amplio (Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa, Guillermo Serrano) realizan una fantástica labor. Multiplicada además, no lo olvidemos, por esos espejos que presiden la escena.

Porque otro de los grandes aciertos de esta puesta en escena de Sanzol es una minimalista escenografía de Alejandro Andújar (responsible también del muy acertado vestuario) que, con el escenario despejado, juega con varios enormes espejos convirtiendo la escena de forma mágica (a lo que ayuda en gran medida el muy notable diseño de iluminación de Pedro Yagüe) y sencilla (que no simple) en los diferentes rincones del Madrid que recorre el ciego protagonista. Sanzol ha conseguido darnos todos los puntos de vista de estos personajes y de sus cuitas. En este caso, los espejos no son cóncavos. No hace falta. Porque, como diría Max Estrella: “La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta.”

Luces de bohemia