14 noviembre, 2018. Por

Los cuerpos perdidos

Un espectáculo en torno al horror que pone los pelos de punta; pero del que no se puede apartar la vista
Los cuerpos perdidos

“El vacío, lo que la mayoría de nosotros entiende por vacío, no está vacío.
Porque tiene una densidad de energía oscura que domina el universo a gran escala”

Cristóbal Suárez, de pie ante un micro en un escenario diáfano delimitado por cortinajes, es el encargado de abrir de esta manera Los cuerpos perdidos, el nuevo proyecto de el dramaturgo José Manuel Mora y la directora Carlota Ferrer, que se ha estrenado en el Teatro Español. Y es que hay algo de energía oscura que domina este montaje con epicentro en los feminicidios de Ciudad Juárez. “Una energía oscura que hará que nuestro actos se precipiten de una manera convulsa”, como dice este narrador que comienza presentándose en la imagen de un agradable joven y acabará involucrándose sin saber cómo en una vorágine de violencia y perversión inexplicables.

Y es que el montaje no pretende aclarar un suceso tan oscuro y complejo como éste, sino hablar sobre el Mal y su sinsentido. “En cuanto comencé a husmear en el asunto (becado por el programa IBERESCENA de ayuda a la creación dramatúrgica del Ministerio de Cultura) comprendí que, más allá del complejo análisis de los parámetros sociales, económicos e históricos que determinaban las causas de tales brutalidades, Ciudad Juárez se abría a mis ojos como una auténtica dimensión desconocida que me permitía como dramaturgo conjeturar sobre la relación del ser humano con el mal supremo, con todo lo que no se deja entrever desde la razón”, dice el autor José Manuel Mora. “Una vez decidí escribir sobre el asunto no pude pasar por alto la siguiente cuestión: ¿hasta qué punto era legítimo usar -y, por tanto, manipular- la barbarie y el dolor ajeno como material de creación?”, continúa. Sobre este tema han versado algunas de las críticas que se pueden leer sobre este espectáculo, que opinan que es una falta de respeto el tratar un tema de estas características así. Pero tenemos que decir que a nosotros (para gustos los colores, y aquí hay muchos) nos ha fascinado este festival mexicano posdramático. Así que: “Bienvenidos a Ciudad Juárez”.

“La obra resulta una investigación estéticamente muy sugestiva, terriblemente hermosa en este juego, que posee una extraña e hipnótica poética. Un espectáculo en torno al horror que pone los pelos de punta; pero del que no se puede apartar la vista”

“Cierro los ojos. Hago que otros cierren los ojos. Juego. Contribuyo. Para que algunos cuerpos disfrute, otros han de desaparecer.” Afirma el personaje de Suárez después vivir su primera y perversa experiencia en el desierto. Y es que de niño bueno a injustificable pervertido facilitador, hay un paso que no tiene explicación. Los cuerpos perdidos habla sobre la impunidad de los ricos pero no es una historia de un sólo personaje sino que se plantea como un colorido fresco, algo psicótico y excesivo, con multitud de personajes: el cabeza de turco Antonio Reyes, presunto culpable de los asesinatos, dos inocentes jovenes (que no saben que el horror se sobre ellas), un decano y un profesor de historia bastante respulsivos y con las pollas fuera (literalmente, son de papel maché, pero literalmente las tienen fuera), la desesperada madre del preso, una profesora que desea escapar de esa ciudad… Desfile propio de una celebración (sin ir más lejos la del día de los muertos, mismamente), festival en que hay programados hasta monólogos cómicos, como el de una espléndida Julia de Castro (De la purissima) transmutada en cabaretera mexicana (con su acento y todo).

Las escenas e imágenes se suceden podría parecer que de manera arbitraria, pero el caso es que el montaje salido del imaginario de Ferrer y Mora posee un extraño, hipnótico, ritmo interno que consigue sumerger al espectador en este oscuro delirio, festivalero y acongojante, que incluye danza contemporánea (especial mención a la protagonizada por ese falso culpable Carlos Beluga, muy fascinante) y música en directo. Y en esta batidora musical posmodernista y ecléctica caben desde charangas tradicionales hasta el festivo Este amor no se toca popularizado por Yuri, tiernas baladas en inglés con ukelele, algún escarceo con el blues y el jazz o una discordante versión de La llorona que deja con el corazón encogidito. Una batería en escena resulta, precisamente, uno de los contados pero claros elementos (no olvidemos esas inquietantes lavadoras o el cactus gigante) de una escenografía, la de Mónica Boromello, que consigue ubicarnos en una especie de extraño y extrañador limbo encortinado. Sensación fomentada por una atmosférica iluminación de David Picazo (que juega, además, escenográficamente de forma impactante con los focos en escena). La festividad viene apoyada en gran manera por un rico y abstracto vestuario de Leandro Cano repleto de manchas de color y alusiones en diferentes formatos (desde brocados a máscaras) a la iconografía mexicana, partiendo de una óptica pop artísticamente lúdica.

“Las escenas e imágenes se suceden podría parecer que de manera arbitraria, pero el caso es que el montaje salido del imaginario de Ferrer y Mora posee un extraño, hipnótico, ritmo interno que consigue sumerger al espectador en este oscuro delirio, festivalero y acongojante, que incluye danza contemporánea y música en directo”

El extenso reparto integrado por Carlos Beluga, Julia de Castro, Conchi Espejo, David Picazo, Paula Ruiz, Cristóbal Suárez, Jorge Suquet, José Luis Torrijo, Guillermo Weickert (y que incluye a Verónica Forqué con una aparición estelar en papel de esa madre convertida en una virgen que pide piedad por su hijo encerrado injustamente) por su parte se entrega por completo y sin fisuras a esta investigación escénica, esta “ficción sobre mal y la locura” según su propio autor. Espléndido trabajo.

Los cuerpos perdidos resulta una investigación estéticamente muy sugestiva, terriblemente hermosa en este juego, que posee una extraña e hipnótica poética (tal vez responsable sea esa misteriosa “energía oscura” de la que habla Suárez al comienzo). Un espectáculo en torno al horror (y es que, además de toques de humor oscurísimo, hay momentos sencillamente terribles, como la aparición de esos perros salvajes en la noche) que pone los pelos de punta. Pero del que no se puede apartar la vista.

Los cuerpos perdidos