13 julio, 2018. Por

Lola Pater

Cinco errores garrafales que esperamos no volver a ver en una película de temática trans
Lola Pater

Vivimos en unos años prodigiosos: la industria del cine por fin se empieza a dar cuenta de que es más fácil venderle entradas a las personas LGTB si éstas encuentran personajes e historias con las que sentirse directamente identificadas cuando se sientan en la butaca. El miedo a que los intolerantes se nieguen a adquirir entradas para este tipo de historias, o a que convenzan a otros de no hacerlo, se va exorcizando muy poco a poco. La diversidad es una moda.

Y bendita moda, suelo proclamar. Que se hable de algo que no sean personas blancas, cis y heterosexuales me parece siempre una buena noticia, aunque las fuerzas que muevan a los realizadores a atreverse con estos discursos no siempre sean todo lo desinteresadas que a mi me gustaría. Lola Pater (Nadir Moknèche, 2017), me ha obligado a revisar dicha afirmación puesto que pone de manifiesto que, independientemente de sus intenciones, hay películas que no hacen más que daño a la labor de concienciación que tan arduamente se está desarrollando en los últimos años.

“¿Que no hay intérpretes trans con tanto renombre en Francia como Fanny Ardant? Pues no darles papeles no va a arreglar esa situación”

Tras la repentina muerte de su madre, Zino (Tewfik Jallab) trata de ponerse en contacto con Farid, el padre que les abandonó cuando él era muy pequeño. En su búsqueda solamente encuentra a Lola (Fanny Ardant), una profesora de baile de mediana edad que comparte apellido con su padre pero que no parece saber nada de él. Lola es, en realidad, la misma persona a la que Zino llamaba “padre”. Y, por supuesto, esta información es muy difícil de digerir para las dos partes implicadas: Zino, por un lado, no sabe qué lugar asignarle a Lola en su vida. Y ella ha de enfrentarse a un pasado con el que nunca se ha llegado a reconciliar.

Con Una Mujer Fantástica (Sebastián Lelio, 2017) como ejemplo reciente de cómo contar la historia de una mujer trans desde la empatía, la eficacia y el lirismo sin caer en el melodrama vacío, parece mentira que todavía tengamos que enfrentarnos a cintas como Lola Pater. Si la de Lelio puede considerarse como un decálogo de buenas prácticas a la hora de tratar la temática trans en el cine, la película de Moknèche parece una detallada lista de actitudes y concepciones que hay que desterrar. Algunas de las meteduras de pata son tan sonadas que uno llega a preguntarse si no habrá cierta maldad detrás de todo esto.

Por el amor de Dios, incluyan a intérpretes trans en sus elencos

Me parece increíble que todavía se tenga que explicar esto. No hay actriz cis, por muy famosa o comprometida con el movimiento LGTB que esté, que sea más adecuada que una persona trans para interpretar a un personaje trans (sí, va por ti, Scarlett Johansson). Contratar a intérpretes cis para estos papeles, aunque sean grandes e históricas damas del cine francés como Fanny Ardant, lejos de dar más visibilidad a las personas trans, silencia aún más al colectivo. ¿Que no hay intérpretes trans con tanto renombre en Francia como Ardant? Pues no darles papeles no va a arreglar esa situación.

 

Y todavía hay que alegrarse de que al menos sea una mujer la que interpreta a… ¡una mujer! Porque aún es común que sean varones cis travestidos los que se llevan estos papeles en películas llamadas a ser tan “emblemáticas” como La Chica Danesa (Tom Hopper, 2015) o Una Nueva Amiga (François Ozon, 2014). Seguir a vueltas con esto parece tan estúpido como tener que andar recordando a los directores de casting cada tres meses que para interpretar a un personaje negro, un actor o actriz ha de ser de raza negra. La gran pantalla tiene mucho que aprender en este aspecto, a día de hoy, de la tele.

Si la protagonista es una mujer, ¿por qué te refieres a ella en masculino?

Uno de los aspectos que más me aterró de Lola Pater fue el absoluto cacao mental del que hace gala a la hora de construir y presentar a su personaje protagonista. Son muchísimos los momentos en los que uno tiene la sensación de que se está tratando de contar la historia de una mujer trans sin haberse molestado lo más mínimo por informarse, hablar o empatizar con los aspectos más básicos de la realidad que viven estas personas. Y me parece increíble que en Francia en 2017 un guionista no sea capaz de ponerse en contacto con una o con varias mujeres trans como parte del proceso de documentación para su obra.

¿Tan difícil es entender que Zino tiene dos madres?

Si no, no se explica que Lola no tenga que pasarse media película corrigiendo a todos los personajes que se dirigen a ella en masculino. Menos sentido tiene todavía que ella se presente varias veces como Farid o que hable de sí misma como del padre de Zino, cuando se supone que dicha identidad lleva más de 20 años enterrada. Es ilógico que ella no defienda su identidad femenina y puede inducir a errores muy graves en un espectador no sensibilizado con la temática trans, ya que transmite la sensación de que la protagonista elige ser Lola o Farid según le convenga. El guión de Nadir Moknèche perpetúa la errada concepción de que ser trans es algo que se elige. Y eso no le hace ningún favor a nadie.

Aprende a distinguir entre identidad de género y orientación sexual

El cacao mental que tiene Nadir Moknèche va aún más allá. No solo la caga una y otra vez con la identidad de género de su protagonista: es que parece no tener claro ni siquiera qué es la orientación sexual. Y es que llegado cierto momento se mete en un berenjenal tremendo en el que Lola intenta explicar sus apetitos sexuales: según ella, 20 años atrás, cuando su expresión de género era todavía masculina, era hetero, puesto que estaba con la madre de Zino. Pero en la actualidad, tras la cirugía y el tratamiento hormonal para la reasignación de sexo, está casada con una mujer, de modo que se define a sí misma como lesbiana.

Todo esto por no explicar que a Lola en todas las etapas de su vida, sencillamente, le han atraído las mujeres. Moknèche se mete en un jaleo absurdo de cambios imaginarios en la orientación sexual de nuestra protagonista cuando está claro que los apetitos de ella siempre están dirigidos hacia el mismo sitio. Se niega a entender que Lola nunca ha sido un hombre hetero, sino que siempre ha sido una mujer lesbiana. Lola Pater está plagada de rebuscadas concepciones de lo que es ser una mujer trans y lesbiana que, una vez más, solamente pueden emborronar el mensaje para quien se acerque a esta temática desde el desconocimiento.

La salud mental no es tema de chiste

Según Human Rights Campaign, 2017 fue el año más peligroso para ser trans en Estados Unidos de la última década. En Europa las cosas no pintan mejor: un estudio de la ONG Stonewall revela que más de un tercio de las personas trans del Reino Unido fueron víctimas de algún tipo de violencia en 2017. Y las tendencias suicidas o los intentos de suicidio son anormalmente altos entre las personas de este colectivo. Estos son solamente algunos datos (hay muchos más) para transmitir una idea sencilla: ser una persona trans en 2018 es duro. Los números están en tu contra. Así que, quien pretenda realizar una película sobre este asunto, no puede taparse los ojos y negar que la situación de las personas transexuales, incluso en un país tan civilizado como Francia, es complicada.

Si vas a hablar del alcoholismo, asegúrate de explicar sus causas

Pero Lola Pater se queda solamente con el extremo final de estas estadísticas que he compartido. Pero ¿de qué sirve que cuente (sin demasiada seriedad) esto cuando no se molesta en explicar las causas que llevan a ello? Las personas trans padecen estos trastornos no porque sean débiles o unas histéricas, como parece querer contarnos Lola Pater. Sino porque están sometidas a un estrés y a una sucesión constante de agresiones que las cis no nos podemos ni imaginar. Es algo que Una Mujer Fantástica refleja a la perfección: lo injusto que es el día a día al que se tienen que enfrentar estas mujeres. Incluso Transamerica (Duncan Tucker, 2005), con sus fallos, mostraba delicadamente la agotadora letanía de pequeñas luchas personales a las que se tenía que enfrentar una mujer trans en su día a día.

Si no consigues que me cabree, lo estás haciendo mal

En Lola Pater no hay ni un solo momento en el que se nos lleven los demonios ante las injusticias o los insultos que ha sufrido Lola. Y esto no es una idealización: claramente está traumatizada, y somos testigos de las consecuencias que este estrés le ha producido. Pero la película nos priva de la oportunidad de se sentir la indignación y la impotencia al comprender lo privilegiada que es nuestra existencia como tan bien hizo Lelio. Y no, no estoy diciendo que todas las películas de temática trans tengan que ser Boys Don’t Cry (Kimberly Peirce, 1999). Pero abordar estas historias sin tener la más mínima intención de que los espectadores cis empaticen o aprendan algo sobre lo que pasa en las vidas de las personas que no lo son, me parece directamente de mal gusto.

“Despachar estas historias quedándose solamente en la anécdota y sin conseguir una reacción mínimamente visceral por parte del espectador, es desaprovechar material cinematográfico de primera calidad”

Por desgracia, la situación de las personas trans en nuestra sociedad es todavía mucho más compleja que la de los homo o los bisexuales. Y tratar de despachar sus historias quedándose solamente en la anécdota y sin conseguir una reacción mínimamente visceral por parte del espectador, es desaprovechar material cinematográfico de primera calidad. Además de un desprecio hacia las personas que están sufriendo, a día de hoy, un sinfín de injusticias que tenemos que frenar de manera colectiva. Y el cine, como altavoz didáctico mediante disimulado en la narrativa, tiene puede ayudar mucho a ello.

Lola Pater es una cáscara vacía. Sin una buena historia (este mismo cuento ya lo contó infinitamente mejor Transamerica), tampoco halla redención ni en sus personajes ni en un mensaje claro que transmitir. Ni las interpretaciones ni los diálogos tienen nada que merezca ser salvado. Es, simplemente, una película aburrida, interminable, mezquina por momentos, que ni va ni viene a ningún sitio y que no hace ningún favor a la comunidad trans. Esperemos que, poco a poco, este tipo de historias vayan dando paso a películas más respetuosas con las realidades que pretenden retratar. Y que los realizadores franceses empiecen a tomarse todo esto un poco más en serio.

Lola Pater