Lo mismo que convierte a Charles Bukowski en un escritor predecible es lo que lo hace imprescindible. Ese mismo auto-antagonismo, ese malditismo crónico tan suyo, esa autoflagelación sucia, ese retratismo descriptivo tan guarro, ese costumbrismo marginal tan decadente, esa escenificación del caos social, interno y psicológico, esa exaltación feísta en derredor tan magullado, manoseado y deprimente. Ese Bukowski y ese Chinaski. Y ese sinfín de alter egos alrededor de una góndola en la que sólo caben cervezas, whisky, putas y habitación de moteles y hostales en las que conviven y desfila un gran puñado de actores secundarios que forma parte de un todo global que es esa realidad sucia. Quizá debe ser por eso que ni John Fante ni William Burroughs lograron vencer y convencer (aunque le costara) como sí lo ha hecho Buk. Y quizá por eso será que, en la enésima recuperación de sus escritos supuestamente perdidos (tan “perdidos” como los encuentros casuales que se hace, cronológicamente, del legado de tantos músicos indispensables), esta vez nutridos a base de relatos cortos y ensayos catódicos y bajo el título de Ausencia del héroe, Bukowski vuelve a estar de actualidad e, incluso a sabiendas de que se trata de material descartado y por debajo de la media de lo ya editado (no dejan de ser sobras), el bueno de Bukowski sigue dando caña y librando algunas de las batallas más descoloridas de la narrativa encharcada.
Anagrama sigue fiel a recuperar el legado póstumo de Charles Bukowski. No sería de extrañar que un día nos encontremos con la publicación fotográfica de manuscritos originales realizados mientras defecaba o las anotaciones al margen que formen algún tipo de jeroglífico literario forever dirty. La realidad es que, muy a pesar de que Ausencia del héroe. Relatos y ensayos (1946-1992) no es, ni mucho menos, el recopilatorio de relatos de Bukowski más generoso con su majestuosa y siempre tan embriagadoramente embriagada lírica. Pero… ¿y? Bukowski tiene eso: que no falla. Que hasta el truño más macizo que haya parido en 1954 sigue siendo oro en paño y envidia de varias generaciones de escritores que, incluso forzándose a recrear esa lugubridad tan naturalmente caótica que vivía Henry Chinaski (o sea, Bukowski bajo los efectos de), no han logrado siquiera acercarse a lo que el bardo alemán-americano ha logrado conseguir: hacer del asco y las perversiones más odiadas, a priori, por el conservadurismo occidental imperante, un bello retrato de lírica y arte, de compresión e instantaneidad. En este libro son los primerizos cuentos del escritor en algunas revistas literarias, ensayos críticos sobre su propia obra y la ajena, columnas especialmente caóticas publicadas en prensa, crónicas de sus propios desafíos al orden público y, en definitiva, un paseo completamente necesario del conservadurismo a la contracultura, de la psicodelia a la generación X, de la marginalidad al narcisismo propio de un artista en el que, curiosamente, la decadencia fue su mejor abrigo. Enormidades al margen, por favor.
