Accedemos a la literatura de Mercedes Cebrián igual que a ese gran almacén de logo verde: puerta grande y aire acondicionado, estanterías con los productos de la temporada, dependientas de zapato bajo que sonríen de frente y diseccionan de espaldas. Nuestro estómago, como lectores de Cebrián y fieles de esa mirada que se empeña en tocar las narices de nuestro hoy, ya ronroneaba: desde El malestar al alcance de todos (que publicó Caballo de Troya en 2004) Cebrián no asomaba por la narrativa breve, aunque sí nos había entregado poemas (Mercado Común; Caballo de Troya, 2006), falsas crónicas (13 viajes in vitro; Blur, 2008) y ricas misceláneas (Sala de máquinas; Cálamo-Eclipsados, 2009). Y este Cul-de-sac sacia cual tosta bien colmada, supone su regreso con un relato marca de la casa: ironía, consumo, alargada sombra de ese gafapastismo que nos nubla la razón.
Ilustrado por Marie-Klara González y formando tándem con Antonio Luque en la colección Alpha Mini, Cul-de-sac se fragmenta según las temporadas que roban el sueño a Mireia Torrà, diseñadora textil diplomada en Londres: Otoño/invierno o las sábanas con ideogramas chinos que ofrece Textil Raventós, Primavera/verano salta del tartán que Mireia debe revisar a la italiana vajilla Petrone y sus frutas contra estómagos, y un Entretiempo que se rebela y descarta los dibujos toscos hechos por unos indígenas de pega.
Por extensión e intensidad, Cul-de-sac nos ofrece una semiótica de lo que nos abriga: si somos lo que comemos, cómo no ser lo que vestimos. El blanco, además, nos dará elegancia, sobriedad, nos llenará la casa de nuevos adjetivos. Nos obligará una vez más a cruzar cuando el semáforo esté en verde y a no tocar, peligro de muerte. Cul-de-sac señala con el dedo: semana fantástica de nuestros tópicos, liquidación de nuestros esnobismos, qué delicados son los chinos y los japoneses. O, bueno, los orientales en general.
