El color prohibido es el último trabajo del prolífico autor japonés traducido al castellano. Uno más en la vasta biblioteca del novelista, ensayista y dramaturgo tokiota y, seguro, no el último por editar en nuestro país. Seguro porque es un nuevo manifiesto del saber hacer y evocar, dilucidar y maniobrar, en un trabajo de cerca de seiscientas páginas de prosa lírica que escribió con veinticinco años. Una novela compleja y controvertida donde plantea una geometría relacional urdida con verdadera suspicacia y donde los personajes se encuentran en un continuo periodo de mutación, crecimiento y redefinición, siempre intervenido (o interrumpido) por divagaciones estéticas, filosóficas, sociales, psicológicas, morales o sentimentales, sobre las que la autor tiene por bien recaer obsesiva y recurrentemente (de ahí que, como dicen los traductores, en su traducción al inglés la poda fuera importante, hasta de algún capítulo íntegro). Por eso no se posibilita en todo pasaje una asimilación sencilla y fluida, sino que se presta (y regodea con cierta presuntuosidad) a pequeños ensayos insertados, por otro lado muy eficaces en el desarrollo de ciertos personajes, que afectan al ritmo y a la lectura de la trama. Pero que atrapan al lector en una novela donde la determinación del amor, el deseo, la lujuria y la fascinación son los elementos principales y donde la manipulación se convierte en la batuta perfecta para orquestarlos. Un acicate perfecto donde Yukio Mishima se rebulle, en su novela más homosexual traducida hasta la fecha, bajo la piel de sus dos personajes protagonistas. La hermosa naturaleza y el espíritu feo.
Mishima centra la narración en Tokio, aunque serán muchos los saltos espaciales sobre los que se centre la narración, y nos define con audacia un marco histórico-social de posguerra haciendo especial hincapié en el ambiente homosexual de una manera ciertamente hábil y experta (de hecho, la traducción literal de la novela, Kinjiki, ya da buena cuenta del tamiz de este color prohibido en tanto que, en japonés, los colores están íntimamente relacionados con el erotismo). Y, salteando un vigoroso uso de la metáfora y el análisis reflexivo, nos presenta a Shunsuké, un inteligente y perverso escritor sexagenario en declive creativo, enamorado en vano de la joven Yasuko. Y a Yuichi, un homosexual de apolínea belleza del que Shunsuké se aprovechará, mediante un intercambio, para apaciguar sibilinamente todos sus fracasos amorosos y rencores misóginos. Un instrumento sublime para liquidar a su antojo asuntos del pasado mientras escribe sus memorias que no publicará jamás. Y el objeto de su propia obsesión y sublimación. Perversidad y belleza.
