Cualquier narración debería aspirar a no acabarse nunca. Tendría por primera y máxima obligación la necesidad de convertirse en la última narración del mundo. La definitiva. Aquella que impediría un nuevo esfuerzo por contar y aprehender el mundo en una sola historia. Por lo que sabemos, después de estas dos narraciones –Kyra Kyralina y El tío Anghel-, miles de cuentos y novelas no han dejado de sucederse. Aunque es difícil encontrar en la mayoría de ellas la vocación épica y, sobre todo, poética que alienta las páginas del rumano Panait Istrati, auténtico escritor vagabundo nacido a orillas del Danubio en 1884. Su obra, tanto literal como metafóricamente, se escribió a la intemperie: de los caminos y senderos, buques y calesas que serpentean por Oriente Medio; y desde una desnudez de espíritu que sólo es posible hallar en un niño-poeta.
El narrador de estas dos historias es Adrian, alter ego de Istrati. Sus palabras referirán los cuentos y novelas que, en su sentido más fiel y cervantino, le ofrecieron los años de infancia. La narración se desliza a través de meandros que discurren en paralelo al Danubio, entrelazándose y arracimándose anécdotas y personajes. Por encima de todos, tres: el melancólico y pervertido Stavros, el desdichado tío Anghel y el excesivo bandolero Cosma. Pero, por encima de todos, Cosma: ahí la novela se cuenta sola, pareciendo escucharse a sí misma: desmesurada, imaginativa, extremadamente sensual y blasfema. Istrati fue autodidacta y escribió valiéndose de una mirada pura e infantil. No pura en un sentido mojigato –sinónimo de asepsia y de higiene-, sino por su transparencia, amplitud y potencia imaginativas. La exhuberancia, frescura y (por qué no) aventuras que hallamos en sus novelas son el reflejo de una infinita vocación narradora. Corolario: si alguien necesita citas, entre las páginas de Kyra Kyralina y El tío Anghel encontrará sentencias y reflexiones únicas y originales a patadas. Se recomienda leer con un lápiz en la mano.
