Cuando uno termina la lectura de Papi, lo primero que concurre es la necesidad de quedarse callado: al menos en este español breve, seco y descolorido de la península Ibérica no se le puede hacer justicia a la verborrea fantástica y mestiza de esta novela. Su autora se llama Rita Indiana, y aunque aquí no se le conoce mucho, en República Dominicana es una celebridad antes como líder de Rita Indiana & Los Misterios (búscala en YouTube y descubre algo distinto). Aunque advertimos: todo lo que asemeja “colorido” en esta novela esconde algo más bien putrefacto. Despojémonos de prejuicios exotistas, y ahora hundámonos en ella.
Y lo que hay aquí de distinto, no sé si decir novedoso, no radica simplemente en esa algarabía lingüística sin complejos que mezcla lo etnográfico con la colonización anglosajona, la inocencia y la ternura con la perversión, y que a cualquier lector le puede llegar a epatar (por su, digamos, rechazo de lo académico y normativo). Lo más interesante son las ciento y una revoluciones calladas, subterráneas, que se dan al interior del relato, rompen esquemas y sobre todo disuelven estereotipos: eso tambiénnace de un rechazo frontal de lo normativo, en otro orden. La mayoría de los desmanes a los que nos referimos vienen de esa voz que dirige la narración, esa “niña” sin nombre: su punto de vista y su propia historia oculta por una figura, personaje, presencia, fantasma o zombie que se hace llamar Papi.
Papi se espera. Papi se sufre. Papi nunca llega y cuando llega arrasa con todo. Papi es, además de la palabra más veces repetida en el transcurso de estas páginas, una personificación. Representa, aventuramos, la omnipresencia, invisibilidad y poder del capitalismo neoliberal y su secuaz más enconado, el heteropatriarcado. En el mundo de Papi hay dinero, coches, casas, lujo, productos, dispendio, orgía: “Papi tiene más de to que el tuyo, más fuerza que el tuyo, más pelo, más músculo, más dinero y más novias que el tuyo”: y en esa caracterización, la hipérbole no es solamente el filtro de la mirada infantil que necesita un ídolo, sino un vehículo de expresión del terror. Indiana se plantea esta fábula perversa sobre la figura patriarcal y consigue un nudo bastante apretado entre padre y capital: que, por cierto, aquí no se dice expresamente, pero resulta ser siempre criminal.
