El pasado como material literario puede tener muchas formas de tratamiento. Una de ellas es cargar con el sufrimiento y encararlo, así, "como si no doliera". No dar nada por sentado, no recurrir a las narrativas existentes ni a los discursos dominantes ni a la herencia. O recurrir a todas esas cosas, pero con el firme ánimo de responderlas, contrariarlas, quizá disolverlas. Desde esta posición, podemos no saber a dónde nos dirigimos, para qué escribimos, qué llegará a salir de la novela. Sin embargo, cuando uno ha llegado a esa convicción interna, no puede dejar de hacerlo, aunque sepa que “es extraño, es tonto pretender un relato genuino sobre algo, sobre alguien, sobre cualquiera, incluso sobre uno mismo. Pero es necesario, también”. En la delgada, estrechísima línea que divide lo urgente del deseo, el pasado que fue presente para nuestros padres del pasado que fue presente para los hijos, la historia como nos la contaron de la historia como nosotros la quisiéramos contar, la peligrosa aproximación del perdón con el olvido... en esa delgada línea se sitúa el material narrativo de Formas de volver a casa.
Alejandro Zambra se pregunta por la licitud de muchas cosas: narrarse a uno mismo, narrar el pasado, supuestamente ya tan escrito, tan superado, narrar las vidas ajenas, ahondar en las miserias de nuestros padres, o rescatar las propias fealdades. En el contexto de un personaje que era niño en los años de la dictadura de Pinochet y que aprendió ciertas distorsiones como normales y cotidianas, se nos cuenta el paso a la “transición” y la democracia como un gran asunto de dejadez, del silencio o la comodidad de lo aprendido -de los padres y de los hijos-; y, al mismo tiempo, el tema da al autor chileno una excusa perfecta, una de esas brechas abiertas por las que despeñarse cuando se es, pese a quien pese, escritor. Zambra se opone a casi todo, sin dejar de luchar con sus armas, nada poderosas, y al mismo tiempo invencibles. Con su característico estilo llano, cargado de sugerencias y falto de imposiciones, parece recrearse, demorarse en algo que, sospecho, es certeza para él: nada hay más peligroso que aceptar la narrativa aprendida sin cuestionamiento, sin quiebres. Desde lo más pequeño -los recuerdos infantiles, las calles con nombres fantasiosos que conformaron su infancia (o la del personaje)-, la novela viaja a lo político y universal: Formas de volver a casa es un panfleto -en todo su buen sentido- contra la desmemoria y el adocenamiento. “Pensé que era cierto. Que sabemos poco. Que antes sabíamos más, porque estábamos llenos de convicciones, de dogmas, de reglas”. Antes sabíamos más, pero no nos vale lo que sabíamos. Nos salió respondón el niño, podría decirse. Pero ahora que es grande, utiliza todo ese compromiso para intentar contar "como si no doliera".
