Si hay un autor “secreto”, de “culto” en el mundo, éste es, por supuesto, el gran Thomas Pynchon (Long Island, 1937). Si hubiera que describir como es su escritura (pues nos acaba de llegar su penúltima novela, la enorme, enciclopédica y, sí, maravillosa Contraluz) , tendríamos que imaginar una mezcla mutante de Borges, Joyce y Nabokov pasada por el filtro de locura de Philip K. Dick y William Borroughs. Si tuviéramos que explicar de qué van las novelas de Thomas Pynchon, podemos afimar que todas ellas son “representaciones” del mundo contemporáneo: un universo distópico en el que cualquier tipo de identidad se vuelve extremadamente dudosa, la ciencia se vuelve una disciplina esotérica y a veces aterradora y los individuos se ven sometidos a la presión asfixiante de las grandes estructuras empresariales y estatales.
¿Y, en concreto, Contraluz? A lo largo de más de mil oceánicas páginas ambientadas a finales del siglo XIX e inicios del XX, hay varias líneas argumentales, entre las que destaca un irreprochable western protagonizado por los cuatro hijos de un minero anarquista Webb Traverse, asesinado por un par de matones. Pero, además de sus andanzas, encontramos a aeronautas cuyas aventuras son recogidas en folletines, espías de turbulentos apetitos sexuales, matemáticas con vocación de femme fatale, las intrigas políticas de una época en la que Europa era poco menos que un polvorín a punto de estallar, la mística Shambala, el famoso incidente de Tugunska, piojos parlantes y adictos a la sangre humana, viajes por el subsuelo terrestre, un perro gourmet… Si alguna de estas cosas (o mejor aún, todas ellas) son de su interés, vayan a la librería más próxima. Los que ya son adictos a sus novelas tal piensen que sus obras tardías –Contraluz, Mason & Dixon- son más líricas, amables y convencionales (los buenos son unos chicos estupendos, los malos una gentuza de la peor ralea) que las iniciales y apocalípticas V o El arco iris de la gravedad. Y tal vez estén en lo cierto. Pero no es menos que verdad que una página al azar de la última novela de este genial setentón es más original, vanguardista y muchísimo más divertida que mil “nocillas”. Así que si tienen 30 euros que gastar -algo casi siempre complicado- llévense a casa Contraluz.
