Hay una literatura a la que le debemos el derecho (el deber, el honor, también) de llevarnos. Llevarnos a los inframundos, a los campos de concentración, a las minas de carbón, a la Antártida o a otros planetas. Hay una literatura de viajes largos y devastadores, y otra de viajes cortos y de consecuencias igualmente terminales. Hay una literatura de personas que se creen "de bien", que llevan su vida de convicciones firmes, pero cohabitan con una total ceguera acerca de lo que tienen alrededor, y de tal modo su comportamiento funciona como apisonadora de las libertades de otros. En mayor o menos medida, este Mansos brota de alguna de esas ramas, o de todas a la vez. Es literatura que nos lleva: al inframundo de una sauna gay; es literatura de viaje, aunque circunscrito al espacio claustrofóbico de la sauna y las pocas horas de la madrugada que su personaje pasa allí dentro, acosado, perdiendo los papeles y otras cosas; y es una novela en que unos prevalecen sobre otros, pero no necesariamente los que estaban arriba permanecen arriba. Las relaciones entre las personas son en este libro relaciones entre mercancía, producto y cliente y sus acrobacias internas descalabran, en su transcurso, muchas ideas fijas.
Y, entre medias, hay un bolso. Un bolso gigante, naranja, de piel, de marca. Un bolso que desaparece, que es sustraído -se supone- y que hace tomar al personaje, voz narradora, acciones de las que no le veíamos capaz, actos de los que él mismo no se veía capaz. Un bolso carísimo por el cual va a pagar -por segunda vez- mucho más que dinero. Mateo, el personaje de Mansos, redacta un complicado, entrecortado soliloquio consigo mismo, con lo que creía ser hasta ese momento, cuando borracho, desorientado y trasnochado, deja a sus amigos y se mete en una sauna. Entonces empieza su aventura -al interior de sus recuerdos, de otras situaciones conectadas con el presente, de hito en hito- y su viaje tratando de descifrar claves: pero, entre todas, la más importante o crucial del discurso de Mateo es el cuestionamiento que hace de sí mismo, como pieza de un mecanismo que hace rodar al mundo, como comprador, como cliente. La sauna como infierno; el bolso como alma que vender al diablo. Y los hombres, allí dentro, descubriendo su mansedumbre vital.
