Chuck Palahniuk (Pórtland, 1964) llegó a la fama gracias a la exhibición de mala baba, sátira y huesos rotos de El club de la lucha, con su correspondiente adaptación al cine. A partir de ese momento, sus sucesivas entregas han parecido esforzarse en un “más difícil” o, para ser más exactos, un “más escandaloso, sórdido, raro, freak o enfermizo todavía”. Así, en Asfixia escarbaba en el jugoso tema de la salud mental, Monstruos invisibles en el de la belleza física, Nana representaba una perturbadora metáfora de los temores asociados a la paternidad, Diario inició su descenso a los tenebrosos territorios sobrenaturales a lo Stephen King, Fantasmas era algo así como una versión hipersádica de Las Mil y una noches y Rant la biografía oral de uno de los personajes más alucinados de la historia reciente de la literatura. Después de todo esto, ha llegado la hora del porno, es el turno de Snuff.
Para lograr sus objetivos, Palahniuk coloca a una vieja reina del género, Cassie Wright, dispuesta a superar el récord mundial de polvos consecutivos con hombres distintos: seiscientos, nada menos. Una locura que se puede convertir en la primera película suicida del cine X. Los protagonistas son tres voluntarios, cada uno con sus propios secretos –una estrella de la tele en desgracia, un antiguo actor en franca decadencia y un joven con un marchito ramo de flores- y, por último, la asistente personal de Cassie, quien bajo una máscara de frialdad oculta un auténtico río de lava. La lista de tabúes calcinados a lo largo de los dos centenares de páginas de la novela resulta interminable. Y es que ése es el particular atractivo de la narrativa de Palahniuk –incluso de una obra muy menor como ésta, con una prosa repetitiva y capítulos demasiado escuetos-: no es un gran escritor, pero tiene la capacidad explorar los rincones más oscuros de nuestra psique, donde anidan nuestros deseos y temores, como pocos escritores de este mundo.
