Al principio de manera sigilosa, como uno de los escritores más secretos y minoritarios de nuestra literatura y, a partir de cierto punto, rodeado de premios y aclamaciones, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha ido construyendo un mundo propio, autónomo y personalísimo: un paisaje incierto e irónico en el que todo aparece impregnado de densas referencias cinematográficas y librescas y se repiten una serie de temas –la orfandad, el doble, el nihilismo- que se encarnan en unos personajes muchas veces a la fuga, pero que no suelen olvidar en el viaje su sentido del humor. No obstante, en sus últimas entregas de narrativa –Doctor Pasavento, los relatos de Exploradores del abismo- se apreciaba un cierto cansancio y repetición, como si los materiales con los que ha ido construyendo su singular obra empezaran a dar muestras de agotamiento. Lo que es un motivo más para alegrarnos porque en esta magnífica Dublinesca (coincidiendo, por otra parte, con su aireado cambio de editorial) consigue una completa renovación del universo vilamatiano, sin dejar de ser fiel por eso a sus más llamativas obsesiones.
El protagonista, Samuel Riba, es un antiguo editor abrumado por su progresiva vejez que identifica con la decadencia del modelo literario que ha intentado sostenido hasta la obligada venta de su negocio. Ahora, sin apenas ocupación y a punto de ser olvidado con todos, decide viajar a Dublín, a la patria de sus adorados Joyce y Beckett, en compañía de algunos amigos para celebrar allí un íntimo funeral por la Galaxia Gutemberg… La sombra monumental del Ulises acompaña las andanzas de Riba, al que Vila-Matas dota de una conmovedora dimensión humana que tal vez echábamos de menos en obras anteriores. En este caso, lo cultural y lo existencial se encuentran perfectamente imbricados y nos ofrecen una de las mejores novelas que hemos tenido la suerte de leer en mucho, mucho tiempo.
