¿Aprendió Eudora Welty a diseccionar los tipos humanos a partir de su oficio como fotógrafa, intensivamente desarrollado en los años treinta en Mississippi, durante la Gran Depresión? Si esa actividad para retratar el mundo a su alrededor no le otorgó dotes analíticas, muy probablemente la ayudó a perfeccionarlas. Welty, una educada mujer del Sur, profesional antes que “dama”, consagró su vida más tarde a la literatura, y fue ahí donde ganó consideración como exponente de la llamada “novela sureña” norteamericana, género que se sirve del extenso granero de realidades y relaciones sociológicas, basadas en la conciencia de la pérdida y el derrumbe “del Sur” frente al “Norte” de los EEUU. En La hija del optimista, Laurel, hija del juez de un pueblo llamado Mount Salus, viaja a Nueva Orleans para estar con su padre durante una intervención quirúrgica, teniendo que compartir espacio y vigilia con la segunda mujer del hombre, Fay, más joven que ella. El juez no consigue recuperarse, y asistiremos entonces a la vuelta a casa. Con él, el regreso de fantasmas y recuerdos antes, durante y después del funeral, y el repaso a situaciones que deben ser resueltas. Frente a la mujer profesional, la nueva esposa, orgullosa, venida de otra “clase social”, y entre ellas los comparsas del pueblo y otros elementos: mujeres solteronas, mayores retirados, alcaldes, predicadores, secretarias, jardineras, criadas, viejas locas, familias del campo... A pesar de lo fácil que hubiera sido tratarlos con un dibujo esquemático y reconocible, como en una de esas películas corales, Welty prefiere individualizarlos y crear en todos ellos una suerte de profundidad: nunca el lector podrá decidir si son de los “buenos” o de los “malos”, ni con los personajes principales, ni con los secundarios.
La hija del optimista entra, pues, de lleno en esa tradición por su refinada ambientación -interior y exterior a los personajes- pero posee además un carácter propio que la distingue y hace brillar. Premio Pulitzer en 1972, curiosamente, no se había traducido y editado en España, y hasta hoy no podíamos recrearnos en este relato fuerte, hábil, cargado de sentimiento, pero al mismo tiempo construido con una contención y moderación irritantes (en el buen sentido). El lector podrá querer que las situaciones, cargadas de tensión, estallen en algún momento, pero la autora va a estar en todo momento aguantando las riendas de la emoción. Para que no veamos nada claro, creo yo, y para que tengamos en definitiva una novela menos amable, pero más intensa y disfrutable.
