El mayor peligro de esta novela es su peso, sus enormes ambiciones. En Submundo, Don DeLillo recorre los últimos cincuenta años del siglo XX usando un pretexto casi mínimo: una pelota de beisbol que cambia varias veces de manos a lo largo del tiempo. Con ella se jugó un legendario partido que enfrentó a los Gigants y a los Dodgers de Nueva York el 3 de Octubre de 1951, mientras que, al otro lado del Telón de Acero (de cuyo venturoso fin ahora celebramos el veinte aniversario) la Unión Soviética probaba su primera bomba atómica: acababa de empezar la Guerrá Fría y, durante décadas, la humanidad habría de vivir con el temor al apocalipsis nuclear. Un adolescente de Harlem que se había colado en el estadio se haría con ese objeto de coleccionista… que mucho después llegaría a manos del protagonista de esta novela, Nick Shay, un ejecutivo de una empresa de eliminación de desechos que tiene más de un secreto guardado en su memoria, marcada por la misteriosa desaparición de su padre cuando no era más que un niño. Pero, además, conectados de distintas formas con la historia principal, nos encontramos a otros muchos personajes, algunos reales -como Frank Sinatra, el cómico Lenny Bruce o el sibilino director del FBI Hoover- y otros ficticios, desde una artista conceptual, antigua amante de Nick, empeñada a convertir los bombarderos atómicos B-52 en obras de arte a un psicópata que asesina a familias en las carreteras de Texas.
La mayor dificultad para el lector es, como decíamos, la posibilidad de quedar aplastado por una trama que se bifurca, amplifica y gira sobre sí misma a lo largo de casi novecientas páginas. Pero si consigue vencerla, se hallará ante una brillante (y tenebrosa) comedia humana, prueba mayor del talento de Don DeLillo.
