Nos encontramos en los años setenta, en una convulsa Turquía a medio camino entre su herencia oriental y las influencias europeas. Kemal es un joven miembro de la alta burguesía de Estambul cuya vida parece discurrir según las convenciones de su clase social: ha empezado a trabajar en uno de los negocios de su familia, prepara su boda con Sibel, una muchacha occidentalizada, y dedica el resto del tiempo a divertirse con sus amigos, ignorando la situación de un país ensangrentado por los enfrentamientos entre distintas facciones políticas. Pero algo cambiará radicalmente su vida: cuando entra en una tienda en busca de un regalo para su prometida, se reencuentra con Füsun, una pariente lejana que no veía desde que era una niña y por la que sentirá, desde el primer instante, una pasión devoradora, absoluta. Esa pasión consumirá su relación con Sibel, sus actividades sociales y, en cierta forma, el resto de su vida… Mucho tiempo después, Kemal se reúne con el escritor Orhan Pamuk para explicarle su historia de amor y cómo ha ido construyendo una especie de museo privado reuniendo todos los objetos personales relacionados con Füsun que ha podido localizar.
Con esta última vuelta de tuerca metaliteraria concluye la extensa novela del premio Nobel turco. A lo largo de más de seiscientas páginas, una larguísima y prolongada obsesión amorosa se entrecruza con un retrato de su cambiante país a lo largo de las tres últimas décadas del siglo XX, con dos claras influencias: Proust, el autor de ese monumental estudio acerca del deseo y los celos llamado En busca del tiempo perdido, y Nabokov, a cuya Ada o el ardor hace numerosos guiños. Aunque no está al nivel de sus mejores obras –a veces se hace demasiado lenta y morosa-, hemos de descubrirnos de nuevo ante el talento de Pamuk: no hay demasiadas novelas actuales que puedan competir con El museo de la inocencia en delicadeza, amplitud y humor.
