El éxito le llegó a Sam Savage a la edad de la jubilación con Firmin publicado en 2007 por una pequeña editorial de Minneapolis llamada Coffee House Press y lanzado a nivel internacional de la mano de Seix Barral. Tres años después, con más de un millón de ejemplares vendidos y los lectores rendidos ante la tierna y deliciosa historia del roedor bibliófilo, ha llegado a las librerías españolas, casi simultáneamente a la salida en bolsillo (Booket) de la predecesora, su segunda novela: El lamento del perezoso. En estos tiempos en los que ya nadie escribe cartas, Savage apuesta por el género epistolar para mostrarnos la vida en ruinas de Andrew Whittaker un ser vulnerable abocado a la soledad y al fracaso cuyos sueños y proyectos le sirven para mantenerse a flote aunque a duras penas. Soap, la revista literaria que dirige, está al borde de la quiebra, su mujer le ha dejado, posee un edificio de apartamentos que se cae a pedazos y cuyos inquilinos no pagan el alquiler, y las facturas se le amontonan.
Pero Whittaker escribe. Escribe notas, fragmentos de novela, listas de asuntos pendientes y sobre todo cartas plenas de sentimiento e ironía. Entre sus destinatarios se encuentran colaboradores de la revista a los que responde a veces amable y otras cínico pero siempre paciente, o su ex esposa que declina contestar, amigos de juventud que lograron el éxito literario o la compañía de teléfono… Cuatro meses de intensa actividad sobre el papel. Cuatro meses de llamadas de auxilio. En cada una de las misivas, Savage, con un impecable y certero manejo del lenguaje al que contribuye la cuidada traducción de Ramón Buenaventura, va desnudando a este antihéroe frágil y desamparado que se siente identificado con una variedad de perezoso: Se mueve tan despacio y es tan húmedo el follaje del que cuelga (literalmente), que le crece verdín en el pellejo. Lo mismo me está ocurriendo a mí durante el actual monzón, a juzgar por las apariencias. Hay moho por todas partes, y hasta yo me encuentro algo musgoso en determinados sitios (pág. 86).
Y llegados a este punto, la ilustración de la portada firmada por Fernando Krahn (que ya se encargó de los bigotes de Firmin) adquiere todo su sentido y se revela aún más admirable. Sam Savage ha reconocido que pretendía hacer de su protagonista un ser desagradable, al igual que lo intentó con Firmin consiguiendo un efecto contrario, y en este caso ocurre exactamente lo mismo y el pretendido hosco Whittaker se percibe como un ser entrañable por el que el lector siente compasión. Tierna, melancólica, con un elegante sentido del humor, El lamento del perezoso es una novela serena y madura que se paladea mejor una vez reposada.
