Habiendo demostrado su narrativa una ductilidad fuera de lo común, por lo plástico del lenguaje y su particular uso de las formas literarias, Enrique Vila-Matas parece en sus últimas entregas estar muy dispuesto a bucear al fondo de sí mismo. Y así, como Vila-Matianos agudos e insobornables que somos, entendemos la fotografía de portada de Dietario voluble. La espalda que nos ofrece Vila-Matas no es sino la necesaria inmersión que sus exigencias literarias imponen. Al igual que su admirado Miles Davis en un ya lejano concierto en Barcelona, el escritor catalán da la espalda en señal de concentrada abstracción, a la busca de sus mejores páginas. Sin duda, lo consigue. Empleando la estructura, libre pero estricta, siempre a la espera de algo, de la literatura diarística, Vila-Matas ofrece una nueva remesa de brillantes meditaciones sobre el hecho literario. No faltan las citas de sus escritores predilectos, ni la ilusión por seguir leyendo más y más libros, acompañada de una prosa sutil, elegante y juguetona.
Ya lo dice en una de sus entradas, de marzo de 2007, aludiendo a Von Horváth: La mayor alegría del mundo es comenzar. Mediante un dominio completo de su mundo narrativo, desde la autoridad de una voz que se confiesa eco de una amplia pluralidad de voces, la escritura de este infatigable viajero de libros y rastreador de bartlebys brilla a una altura cuya única excusa es la maestría. Las citas ajenas se reparten con acierto y mesura, así como las anécdotas que devienen perfectas historias, a menudo relativas a amigos escritores. Sin embargo, si ha de destacarse uno de entre todos los aciertos de este libro, es su sencillez, una sencillez superlativa. Una sencillez capaz de describir lo que no se ve y lo que se ignora con una fe inquebrantable en la ficción. Al cabo, al lector sólo le queda esperar más. Más Vila-Matas. Y más volubilidad de espíritu, como exigen los buenos shandys.
