La editorial Acantilado nos ha venido sirviendo, año tras año, buena parte de la obra narrativa (El candelabro enterrado, La impaciencia del corazón) y ensayística (Montaigne, por poner un ejemplo) de Stefan Zweig: quien lo desee, tiene un sinnúmero de páginas en las que corroborar que el austriaco es uno de los prosistas más elegantes y vigorosos del siglo XX, y probablemente deleitarse con su estilo y la puesta en escena de sus argumentos. Si bien sus fans somos legión, puede que no le hayas hincado aún el diente. Y ¿por qué no empezar por este pequeño bocadito? ¿Fue él? ¿Y quién es él? Él es un perro. Un cuadrúpedo amado y despreciado. Un ser ahíto de atenciones que de pronto se queda sin ninguna. Hay una pareja provinciana, feliz y autosuficiente, que no puede imaginarse nada que les falte en el mundo, nada que pueda completar un poco más su vida. Hay una deliciosa descripción de una situación serena, y la aparición de pequeñas manchas de sombra, de ruptura de esa serenidad. Por último, hay un "accidente", un suceso trágico que hace rodar cuesta abajo los acontecimientos. Y una sospecha.
A través de un perro -de la voz de la narradora, de los pocos personajes puestos en danza, de la descripción de lugares, casas, paisajes, el canal "paradisiaco" que se transforma en su reverso, en el transcurso del cuento, y las apreciaciones de esa voz equilibrada y aguda-, Zweig traza hábilmente una fábula acerca del sentido de posesión, el orgullo, los celos, la prepotencia y la envidia; a través de un perro, refleja algunas de las tendencias más crueles del ser humano, algunas de sus miserias también; y a través del pobre y despechado Ponto, narra con decisión y habilidad un cuentecito, una novelita condensada en ochenta páginas que no necesita ni una línea más -ni una menos- para ser redonda. Con su argumento intenso y sencillo, y sin embargo cuajado de aristas, filigranas, meandros de sentido que no se agotan en su corta extensión, es, seguro, un buen bocado para comenzar a degustar al maestro Zweig.
