Probablemente, y siguiendo a Cartier-Bresson, Elliott Erwitt sea de uno de los fotógrafos documentales que, aunando poética y mundanidad, más me gusten de la historia de la fotografía del siglo XX. Al igual que a Cartier-Bresson se le ha considerado el ojo del siglo pasado, de los contextos y sus deambulantes, desde la especialidad de sus images à la sauvette hasta su indiscutible paternidad del fotorreportaje y la co-fundación de la agencia Magnum, a Elio Rumano Erwitt (Elliott Erwitt) podríamos asumirle (recortando mucho) como una de las miradas más sagaces e irónicas de la segunda mitad del mismo siglo, especialmente entre las décadas de los 40 y los 70. Y un fabuloso retratista de la esencia más aural de aquellos que se congelaron (o no) frente a su Leica. Desde un viandante a Marilyn Monroe o el presidente Nixon, desde una fachada o una farola hasta un terrier, un buldog o un angora, Erwitt se ha empeñado siempre en destacar el aspecto más particular, la nota más disonante y a la vez la más identitaria de aquello que retrata. Un hábil catalizador de esencias, de ánimas, y un perfecto traductor irónico de sentidos. Los y sus sentidos. Una mirada que llama la atención sobre lugares, objetos, personas o animales que, de lo más costumbrista a lo más bizarro, y en un arco donde lo común convive también con lo extraño, es capaz de localizar y capturar gestos y matices, caricaturas, que son en últimas, naturaleza, condición e índole de las características definitorias de lo que su ojo en un momento detenta. E inteligente y simp(h)áticamente comparte. Por eso también otra de sus habilidades enseña a mirar la idiosincrasia de lo que señala.
De su ingente cantidad de fotografías realizadas, que varias veces han viajado por España (y me estoy acordando fundamentalmente de una espléndida exposición suya en el madrileño Reina Sofía en el año 2002), la editorial Phaidon, que se obstina para nuestro deleite en seguir editando espléndidos libros, grandes objetos, celosos fetiches; acaba de editar Instantáneas (Snaps), un volumen de más de 500 fotografías del fotógrafo francés de origen ruso emigrado a EE.UU. Un catálogo increíblemente generoso de imágenes que celebran la vida; imágenes amables, tiernas, socarronas, mágicas, encantadoras, inquietantes, testificantes, líricas, bellas, tristes, ambiguas, costumbristas y hasta grotescas del mundo que formamos, poblamos y convertimos en esencia narrativa y mitología. Casi siempre, las más de las veces, sin saberlo. Para eso, saciando otros placeres estéticos, está su fotografía.
Snaps está introducido por los textos biográficos y ligeramente analíticos (Erwitt nunca fue especialmente amigo de la palabrería hiperestética) de Murray Sayle y Charles Flowers. A estas breves notas, que son prologares y que acompañan cada uno de los nueve capítulos que verbalizan la experiencia estética de cada corpus en infinitivo (Leer, Descansar, Tocar, Mirar, Hablar, Señalar…) les siguen un compendio amplio de su trayectoria profesional dentro de la fotografía, a la que sirvió de forma comercial, periodística, artística. Capítulos que dan cuenta de sus primeros pasos, desde mediados de los años 40 hasta la actualidad, a través de un material vasto y selectivo que reúne muchas de sus imágenes más famosas (Nueva York, 1946, las sandalias escotadas y ese chihuahua vestido; Museo del Prado, 1995, frente a las majas de Goya; Colorado, 1955 y ese impacto que agrieta la luna de un vehículo tras la que mira con transparencia triste ese niño, por ejemplo), sus fotografías urbanas (muchas), arquitecturas e interiores con alma, los retratos de amos y mascotas, las más sociales, los retratos de familias americanas de los 50-60; y de otras, muchas –y es algo de que disfrutaremos también muchos- fotografías inéditas de este mago contemporáneo de la Leica. Que siga dotando a la disciplina. Que nos lo siga enseñando.
