Isabel Muñoz rezuma fragilidad. Su silueta se esconde bajo una vestimenta sobria, muy beatnik, de la que sólo destaca unas zapatillas de ballet. Como único atrezzo una enorme caja de embalaje, que parece un baúl listo para emprender el viaje, y otra cajita más pequeña que sostiene en una mano, una caja mágica que hace fotos. Isabel Muñoz se autorretrata sencilla, liviana, a la manera de Rembrandt, con sus dos pasiones: la fotografía y el baile.
Eso es lo que nos encontramos al abrir el tercer volumen de la colección Obras Maestras de La Fábrica Editorial que, después de dedicar los dos ejemplares anteriores a Català Roca y Chema Madoz, antologiza a la fotográfa de cuerpo, incluyendo su última exposición El amor y el éxtasis, participante en la
Sección Oficial de PHotoEspaña 2010 y que pudo verse en la Sala Canal de Isabel II de la Comunidad de Madrid hasta el pasado día 29. Este tercer volumen de la colección reproduce más de 220 fotografías, algunas de ellas inéditas, seleccionadas especialmente desde los archivos de la fotógrafa para este libro que repasan toda su trayectoria, además de los ensayos críticos de Gérard Macé, Alain Mingam y Christian Caujolle, una entrevista realizada por Eduardo Momeñe y una cronología ilustrada y escrita por Lola Huete Machado.
Muchos son los países que la fotógrafa española ha recorrido desde que comenzó su carrera a principios de los años 80: Argentina, Cuba, Egipto, Turquía, Brasil, El Salvador, Irán, Etiopía... transformando la postal pintoresca en investigación fotográfica -con tintes sociológicos y políticos en muchas ocasiones- en una reinvención de la fotografía folklórica que va más allá, porque Isabel pone siempre en primer lugar al cuerpo y su geografía particular. Cuerpos de luchadores, monjes, cuerpos de contorsionistas, toreros, bailarinas, bailaoras y derviches. Cuerpos bellos, cuidados y maltrados, tatuados, perforados y en trance. Así se conforma la weltanschauung de Isabel Muñoz. Es capaz de oponer la belleza serena de Angkor a las mutilaciones de una guerra cruenta, de mostrarnos la dignididad de la violencia para los Maras, el orgullo con que exhiben a la cámara sus tatuajes, símbolos de valentía. Porque a veces la violencia sirve para escapar de la vulgaridad, incluso si es autoinfligida puede llevar a un estadio superior de consciencia, como ocurre en la serie El amor y el éxtasis. Siguiendo a Mawlana Rumi, uno de los líderes del movimiento sufí - que dijo sobre los derviches que giran como la Tierra y la Luna alrededor de aquello que aman, Isabel Muñoz ha plasmado sus rituales como una espectadora privilegiada -es inaccesible a las mujeres- en el camino que siguen hacia Dios a través del dolor de la laceración. Es una de las pocas series en las que aparecen rostros. No es que Isabel no domine el retrato, pero sabe que la mirada no engaña, y a veces eso no conviene.
Prefiere el lenguaje de los cuerpos, dejando lo justo azar, cuidando cada detalle hasta dar con el punctum, el gesto, la curva, el deseo.
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