Nadie podría esperar que estas breves notas sobre cine, meditación trascendental y creatividad constituyeran la puerta de acceso al centro de gravedad de lo lynchiano, toda vez que las claves de su mundo artístico se hallan única y exclusivamente en cada escena de sus películas. En Atrapa el pez dorado, David Lynch lo reconoce varias veces: no se le dan bien las palabras. Su medio de expresión es visual. Formado en la pintura, en concreto el expresionismo abstracto, Lynch es un carpintero de la imaginación. Talla, esculpe, barniza y trabaja imágenes con la misma pasión y entusiasmo que le inspiraron desde niño los majestuosos abetos Douglas (tan queridos asimismo por el carismático agente del FBI y experto en donuts Dale Cooper). Anteriormente, el malogrado David Foster Wallace -en un artículo sublime y antológico- había descrito al autor de Twin Peaks o Cabeza borradora como un genio del cine cuyo vocabulario personal constaba de expresiones como chachi, coleguita, dabuten o coñe. El ejemplo es pertinente, aunque el tono de este libro es bien distinto y, por descontado, valioso. Las razones por las que Atrapa… merece en realidad la pena, los motivos que justifican su edición y nuestra lectura son precisamente una sencillez superlativa y una fe inquebrantable en la intuición (entendida ésta como el delicado punto donde se cruzan, refundiéndose, la emoción y el intelecto). Y al igual que sus películas sólo pueden intuirse, el propio Lynch funciona a partir de ideas entrevistas y semiescondidas, pequeños rastros de ese gran pez que nuestro director pescó con toda justicia en Terciopelo azul, Carretera perdida o Inland Empire.
Lynch atribuye a la meditación trascendental todos sus éxitos cinematográficos. No debería extrañarnos si tenemos en cuenta que las escenas más brutales de sus películas implican al espectador hasta el grado de hacerle sentir terriblemente incómodo y cómplice; es decir, que en las raíces más profundas del yo, a través de la meditación, Lynch encuentra las raíces que conectan el yo con el nosotros. Al cabo, y además de un alegato a favor de la meditación, este libro nos provee de ciertas lecciones artísticas: en un plano abstracto, que el artista dispone de un triángulo de herramientas constituido por el amor, la intuición y el tiempo; en un plano literal, que el pensamiento lógico y causal no es el pensamiento del arte. De hecho, es posible que el pensamiento lógico y causal ni siquiera sea un verdadero pensamiento.
