El adverbio “contra” que da título a este último libro de Chantal Maillard, nos advierte la autora, no debe ser solamente considerado en su acepción de enfrentamiento, sino también en esa otra que designa la solidez de los muros o bastones sobre los que nos apoyamos. Utilizamos nombres, conceptos, fórmulas, para ayudarnos a caminar sobre la vida, para entendernos unos con otros. El problema, que este libro propone recorrer, es que acabamos convirtiendo esos utensilios en verdades y lo que tan sólo debería servir como punto de apoyo sobre el que alzarse y poder mirar, se transforma en jaula, en prisión que impide ver lo que se esconde tras estas construcciones. Aprendemos así a dar por bellas a las cosas que se corresponden con nuestra idea de belleza, a reírnos de lo que hay que reírse, a llorar por lo que hay que llorar, a temer lo que se nos dice que es temible, olvidando por completo lo que late tras los códigos, las costumbres, las herencias emotivas. ¿Cómo recuperar, entonces, la verdadera emoción, el puro sentir sin las mediaciones que hemos construido y que nos asfixian? Esto, ¡tristes de nosotros que llevamos el alma vestida!, escribe Fernando Pessoa, exige un estudio profundo, un aprendizaje de desaprender.
Y a este estudio se lanza en Contra el arte y otras imposturas Chantal Maillard, pues, como nos dice, aprender no consiste en la acumulación de un saber cuando éste tan sólo está basado en el consenso de lo propio, en la perdida de sentido que se produce al repetir unas palabras que ya no sirven para atravesar límite alguno, sino tan sólo para hinchar nuestro pecho, regocijándonos en lo que sabemos. Aprender es dirigirse hacia fuera, hacia lo extraño, saber tratar con lo desconocido sin tener que imponerle el modo de mirar en que nos sentirnos seguros. Y como primer paso, desmontar aquello sobre los que nos sujetamos, llámese arte, religión, política, ciencia o moral. Porque quizá detrás de sus muros seamos capaces de alcanzar, de nuevo, el rostro originario de la realidad y de nosotros mismos.
