Deberíamos partir de la premisa de que el hipster se caracteriza por un déficit de autenticidad, por llegar siempre el último a los lugares, o porque su llegada dota de estilo a esos lugares, transforma a personas ensimismadas en sus asuntos particulares en seres autoconscientes, en algo que otros pueden escrutar y explorar. El hipster es esa persona que nos revela la realidad y al mismo tiempo la arruina… La presencia de los hipsters crea la ilusión de que hay un dentro y un fuera, y algunas personas pagarán por el privilegio de cruzar la puerta que conecta ambos espacios.
Lo moderno, ese constructo tan viciado y relamido, siempre ha sido objeto de estudio desde la sociología, la historia y crítica del arte y la filosofía. Lo moderno, pese al desgaste del término y su emperifollamiento peyorativo, tiene su origen historiográfico, social y eidético, en el vocablo francés mode, que proviene, a su vez, de la voz latina modus, estableciendo el modo y la medida (según algunos, como es el caso de Georg Simmel, límites) o un conjunto de concepciones intersubjetivas que convienen un conjunto o conjuntos simbólicos únicos en sí mismos, pero compartidos. Por eso la definición de lo moderno, más allá de su estrecho vínculo con la superación de una época oscurantista y del advenimiento de lo burgués en un momento propio del Renacimiento y el triunfo de una razón colectiva amplificada, aprendida como verdad trascendente, está estrechamente ligado con la historia y el dictado de la moda que, no es casualidad que correteen sonriéndose al unísono, se deriva precisamente del término francés antedicho. Esa idea ilustrada y kantiana de la individualidad conduce a nuevas formas dinámicas de regularización y reproducción social y hacen del culto de lo nuevo (y su ostentación posesiva, cuando no, al colectivo, pertenencia) el último tratado del ser. Una ontología (ontos usa onto), una filosofía primera (ya lo decía Aristóteles) que describe a un sujeto renovado que consensúa y perpetúa una serie de identidades y universos simbólicos que caracterizan el apuntalamiento del mundo y el sujeto modernos desde entonces y lógicamente matizado gracias a los nuevos medios industriales, el capitalismo, el neoliberalismo y la mutación de los contextos (que son las nuevas ciudades y sus gentrificaciones). Y en su anverso, bombeando con profusión una presunción henchida de su ostento, después de las erosiones propias del decadentismo y el nihilismo, el existencialismo, la hermenéutica, la microsociología, la etnometodología y la semiótica, un nuevo bautismo resignifica la identidad de lo moderno en su dimensión más irónica y concupiscente, lo posmoderno.
Sin entrar en detalles (mejor lo han hecho las plumas de Baudelaire, Mallarmé, Benjamin, Simmel, Barthes, Veblen, Adorno, Goffman, McLuhan, Baudrillard, Bourdieu, Greimas, Balzac, Lutman, Leopardi, Eco, Watzlawick y Krieg, Elias, Calvino, Squicciarino u Ortega y Gasset, así, de carrerilla), lo moderno ha sido siempre sometido a análisis y disección a través de la óptica posicionada de su anverso, su jactancia, desde autores que emplean la interdisciplinariedad como prismático del acierto al pulso de su tiempo. Igualmente, y con esa previsión metamórfica de la identidad subalterna, quiere hacer Mark Greif (aunque no con tan elevados propósitos ni efectos) con una investigación sociológica del fenómeno de la gentrificación o aburguesamiento del medio urbano (y esos desplazamientos de las barriadas pobres y denostadas, que se ven revalorizadas y emergen como nuevos contextos de lo moderno) y, especialmente, de ‘lo hipster’, que no es sino una derivación epíteto de los beatniks de los 40-50 (que con tanta sorna – ese desdoblamiento irónico clave- retrata Corman en Un cubo de sangre), lo que vulgar y cotidianamente entendemos en nuestra cultura por “modernos” o, su proferir de desdeñoso y acusatorio acólito: “moderno de mierda” e incluso “moderna de mierda”, en esa ridiculización tan típicamente española (en tanto que el estudio del fenómeno difiere de su cotexto inmediato, de su sazón y su mantenimiento) en la que la depreciación y desdén hacia lo moderno adquiere ya una dimensión afeminada e hilarante, postiza y travestida (pero también tránsfuga y transitoria, contingente, como decía Baudelaire) y que, no es óbice decirlo, encuentra su propio enunciado identitario en la negación del que lo detenta (como clama en consigna los versos de esta canción insignia).
Mark Greif, editor de la revista n+1, una revista sociopolítico-cultural de izquierdas, más “intelectualoide” que “moderna”, convoca a una serie de lectores, redactores y afines o simpatizantes de la revista (entre otros periodistas y pensadores de esta microsociología de la subcultura) para analizar el fenómeno de lo hipster en un simposio y debate celebrado en la New School de Nueva York en la primavera de 2009. El propósito es definir en tiempo real, coexistiéndolo, aquello entendido como 'lo hipster', de una semántica voluble y, en según qué contextos, maniquea (de un lado o del otro), que parece trascender el fenómeno del celoso grupo (la tribu o el gueto) extendiéndose a una mayoría desvirtuada y languidecida, especialmente cuando provoca su espiral tautológica: su implacable, fugaz y fulminante voracidad iconoclasta, imagófaga, su alimento simbólico capaz de convertir en mito la mierda antes de que ésta devenga aquello que siempre fue. Cuando lo hipster, ser hipster, deviene en sí mismo (y se cuartea) hipster. Un objetivo, el de identificarlo, teorizarlo y cristalizarlo mientras se constituye, vira y muta, tratándose de algo vigente, que Greif persigue en un intento algo frustrante de definirlo. Su origen histórico, sus posibles tres definiciones, su idiosincrasia y, por tanto, su diferenciación para con el otro, la constante negación del hipster de ser hipster en una lucha psicosociológica continua consigo mismo, repudiando aquello que desvela su apariencia. Su posicionamiento taxativo y acusatorio de-en sí mismo. La constante amenaza a la que se ve sometido y la preocupación perenne de la fragilidad de unos tesoros que hoy son presente electrizante del ser y mañana un despreciable cliché de un otro demodé. Su propia trampa designada. Cómo fluctúa, cíclica, la masificación (y el miedo a ésta) expansiva y virulenta de lo hipster en la ostentación opulenta de la idónea diosa de las apariencias, en el límite formal de lo cool, todavía en equilibrio ante un precipicio, también atractivo, magnético, de lo uncool. Cómo se genera una hipersubjetivización absoluta o una semantización y semiosis preñada de etiquetas positivas o negativas que sentencian un nuevo lenguaje asertivo (algo así como un dandismo muy afectado, por lo que conviene recordar que el dandi siempre estuvo al margen de la moda). Uno sólo tiene que buscar la palabra modernos en google. Quid pro quo.
También hay un cuestionamiento de la muerte de lo hipster (en sí mismo conforma un dispositivo par que incluye el atractivo simultáneo de lo muerto en lo vivo, del comienzo y el final, como, de nuevo, Simmel recoge en ese magnífico Para una metafísica de la muerte), sus mecanismos de generación de capital cultural y de impostar tan rotundos como flexibles juicios de valor sobre aquello les rodea y des-re-califica. Algo que se deriva de su indomable narcisismo exacerbado, sus formas aberrantemente adoptadas, la formalización de los prosumer (figura a medio camino entre el consumidor y el creador), la adecuación cómoda del saber superficialmente de todo sin saber absolutamente de nada o la mímesis adoptada de sus ídolos intelectuales como el esloveno Slavoj Žižek (como si no hubiera tantos más y tanto antes diciendo lo mismo) por no hablar de los ídolos musicales, siempre afiches de identidad, también aquí citados (The Strokes, Björk, The White Stripes, Pavement, Hole, las riot grrrl, Nirvana, The Flaming Lips, Belle and Sebastian y los más modernos MIA, Joanna Newsom, Animal Collective, Panda Bear, Deerhunter, Grizzley Bear, Fleet Foxes o Department of Eagles; a lo que sólo puedo añadir lo lejos que Altered Zones les ha dejado). Se exalta, al tiempo, esa capacidad viral de internet para la extensión y propagación perpetuada del fenómeno (desde Fotologs a Myspaces, Last.fm, Vimeo, Flickr, Youtube, perfiles de Facebook, Twitter y otros escaparates del consumo interpersonal supraegocéntrico, meta y poli-y entonces psico- yoico y vicario); la aparición de nuevos líderes de opinión tras los blogs de tendencias y musicales, nuevos profetas y mesías del saber de la modernidad. Constantemente se revisa esa imposibilidad de contemplar y examinar lo hipster desde una postura objetiva, en tanto que enunciarlo y cuestionarlo presupone no sólo su existencia, sino la pertenencia del interesado que detecta y analiza; como si la capacidad de su identificación le nombrase, delatase o convirtiera. Y, obviamente, hay tinta también en ¿Qué fue 'lo hipster'? para el vestir (las gorras de camionero, los pantalones estrechos, las camisas de cuadros, las gafas de pasta, las polaroids, la pose desenfadada, la estética de los ochenta, el white trash, el look porno amateur, determinadas gamas cromáticas, los bigotes, las barbas, entre otras simbologías aquí trasladables y mutables, pero siempre más definidas y reiteradas en lo masculino) y la moda o lo fashion, de la que conviene recordar ahora (y apelar de nuevo al principio etimológico) su procedente voz francófona: façon, que vuelve a ser esa manera o modo referido.
Del simposio y, especialmente, de su debate (la mayor parte del libro), capitula un Dossier con dos extensas crónicas de lo allí comentado mereciendo destacar esa sensación decepcionante (y reorientada) y meta-irónica de Rob Horning, que tan bien describe las líneas que introducen éstas mías. Y que culminan tres respuestas y cuatro artículos que son reflexiones de periodistas del New York Observer o del New Yorker, escritores, un diyéi (Rupture) y un blogger en las que se redunda sobre su identidad, su autenticidad, su íntegra y desintegradora controversia, su mutante pastiche (en un todo vale inaudito) sus vicios (Vice es reiteradamente citada como espejo de lo hipster), sus pretensiones, sus proyecciones y el análisis de los límites de pertenencia y disidencia del grupo, de la imbricación de cierto hedonismo, nihilismo, izquierdismo, hippismo, intelectualismo, gilipollismo, esnobismo y existencialismo. Que constituyen un ensayo ligero y localista, pues lo moderno siempre tuvo unas consideraciones topológicas y espacio-temporales (su tempo es, de hecho, otra de sus claves), aunque perfectamente exportable, reproducible y asimilable, sobre la definición idiosincrática del moderno. Sobre los fenómenos de gentrificación y el aburguesamiento urbanístico que revaloriza espacios donde los hipsters convienen sus nuevas costumbres, canibalizan, devoran, regurgitan, fagocitan y reformulan cíclicamente la generación de su mitología y el engullimiento necesario para generar, en una vuelta infinita, el eterno retorno de lo nuevo.
