Empecemos por un poco de historia. A principios de los años ochenta, una impresionante generación de novelistas británicos (tanto de nacimiento como por adopción) entró en escena, y deslumbraron al mundo. Todos los conocemos: Ian McEwan, Kazuo Ishiguro, Martin Amis, Salman Rusdhie… Por supuesto, cada uno presentaba sus propias características. McEwan se ha dedicado a explorar las zonas más oscuras de psique humana con bisturís centroeuropeos; Amis ha ejercido con éxito desigual el oficio de dinamitero literario; Rusdhie es un epígono del realismo mágico; Ishiguro se ha dedicado a demoler los más arraigados mitos del imaginario inglés. Entre todos ellos, Julian Barnes (Leicester, 1946) ha destacado, en primer lugar, por su francofilia que recorre casi toda su obra (y que ha dado lugar a auténticas maravillas como su famosa novela-ensayo El loro de Flaubert), aunque en muchas ocasiones da la impresión de que emplea Francia como un espejo en el que contemplar con más claridad su adorada Inglaterra, y en segundo por el carácter más obviamente experimental o postmodernista de algunas de sus obras (y aquí hay que citar otra pieza mayor: la divertidísima Historia del mundo en diez capítulos y medio).
Ahora, treinta años después, llega el momento de afrontar el último tramo de sus carreras (y de sus vidas), y Barnes lo hace combinando ambos aspectos de su personalidad literaria este curioso Nada que temer que no tiene nada en absoluto de novela, aunque se presente como tal (probablemente por motivos comerciales): se trata, en realidad, de una mezcla única de unas memorias proustianas y ensayo acerca de nuestra irredimible mortalidad. Así recorre sus antecedes familiares –proviene de una familia de ateos, librepensadores o agnósticos-, reflexiona acerca del modo en que se enfrentaron a sus últimos días sus más cercanos amigos y sus héroes literarios. En el camino, nos deja citas tan lúgubres como acertadas: Del mismo modo que cada escritor tendrá un último lector, cada cadáver tendrá un último visitante. Trufada anécdotas librescas, triste y divertida, Nada que temer resulta especialmente adecuada para que cualquier aficionado a las letras acepte la vieja ley: polvo somos y en polvo nos convertiremos.
