Para que imágenes tan icónicas como la portada del Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, el Nevermind de Nirvana, el London Calling de The Clash o el Tubular Bells de Mike Oldfield, por nombrar una infimísima porción de portadas míticas, formen parte de nuestro imaginario visual y nuestro erario público mejor valorado dentro del diseño y creación de imágenes identificativas, tuvo que existir una persona que coloque la primera piedra. En todo sentido. Y esa persona fue Alex Steinweiss, quien fuera directivo del sello Columbia Records entre los años ’40 y ’60 y, sobre todo, quien decidió que el imperio de la sosera de portadas sin color ni dibujos ni imagen de ningún tipo se acabase al implantar, él mismo, el concepto de portada a todo color, con dibujos originales, cartografiados y, hoy en día, parte importantísima para que conozcamos más de cerca el desarrollo del diseño gráfico, de la imagen en el mundo de la música y de la inalienable conexión interdisciplinar en el campo audiovisual.
Decir que Steinweiss es un héroe anónimo quizá es quedarse corto si analizamos el trabajo que ha empleado durante décadas en el arte de dibujar, pintar o crear estructuras arquitectónicas a pequeña escala que fueron la piedra fundacional del arte en la imprenta musical. Bien sabemos que, al menos hoy en día, la imagen lo es todo, y si lo aplicamos al mundo de la música, donde las tendencias, los fanatismos y las idolatrías se miden por el look, las tribus urbanas o determinada imagen identificativa, ya tenemos la respuesta. Probablemente quien haya sido el culpable de ese tránsito del blanco y negro al “a todo color” haya sido este neoyorquino que, curiosamente, nos ha dejado hace menos de un mes a la edad de 94 años y quien ha cambiado la historia del mercado musical con un pequeño paso de gigante. Taschen recopila en las más de cuatrocientas páginas que componen ese material casi integral de Steinweiss no sólo la historia del propio diseñador, sino también la de buena parte de la historia de la música previa al pop y al rock and roll. Centrado en publicaciones orientadas a los conciertos sinfónicos, la world música, música clásica o jazz, Steinweiss fue el encargado de poner voz y luz a tanto a la Novena Sinfonía de Beethoven, la Filarmónica de Igor Stravinsky, a Lecuoma, Mozart, Chopin como a Louis Armstrong & Earl Hines, Joe Burton, Peggy Lee, Al Goodman y John Kirby y talentos que nos tocan bien de cerca y que fueron de los primeros productos estatales a exportar como La Niña de los Peines, Enrique Granados, Andrés Segovia o la Orquesta de Conciertos de Madrid.
Steinweiss fue uno de los primeros capos del diseño en conectar con el collage, con las estructuras geométricas, los colores vivos, actualizar (sin que lo metan preso) los carteles de la revolución rusa a una nueva usanza y de adelantarse casi sesenta años a los posters de arte urbano y/o promoción de conciertos o proclamas político, sociales e ideológicas de Shepard Fairey, Adam Neate, Tyler Stout o colectivos como Spike Press o The Small Stakes, entre otros. Su peculiar método, en el que aplica líneas perfectamente uniformes, lo acercan a los planos y bocetos de formalización de edificios pero también a los monigotes de Huckleberry Finn o el Inspector Gadget, conectando un perfil de una niñez adelantada con el de un diseñador heroico y fundacional para multitud de géneros. Un trabajo que resume a la perfección no sólo la importancia de Steinweiss en el mundo del diseño, sino el origen infinito de todo lo que venimos alimentando desde hace décadas: el arte plural.
