10 enero, 2017. Por

En busca de Muhammad Alí

A la caza de ‘The Greatest’
En busca de Muhammad Alí

Norman Mailer, Hunter S. Thompson o Tom Wolfe fueron solo algunos de los grandes que escribieron sobre ‘The Greatest’. Mailer narró en Playboy, en dos entregas, el famoso combate que le enfrentó a George Foreman en Zaire en 1974. Hunter S. Thompson, que admiraba profundamente al mito pugilístico (ambos eran, además, naturales de Louisville, Kentucky) lo llevó a su terreno para Rolling Stone. Y Wolfe diseccionó su figura en Esquire. Por solo citar a tres gigantes del periodismo y la literatura. La relación de Ali con las letras no fue nunca la de un deportista corriente; él mismo se jactaba de recitar poesía e incluso publicó un libro con las mejores composiciones de cosecha propia.

El acercamiento de Davis Miller es otro. Es el del fan que acaba convertido en amigo y confidente. Que vive largas temporadas junto a Ali, su madre y su hermano, y que entiende que la persona siempre ha estado ahí, debajo de esa inmensa masa de músculos y del personaje que, durante muchos años, Ali interpretó. Miller, boxeador aficionado y cronista deportivo, siente una estrecha vinculación con el motivo de su admiración, pero eso no le impide mostrar sus contradicciones.

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No era precisamente tímido, Ali, y basta verle en acción en cualquiera de los muchos documentales que narran su vida o en cualquiera de las miles de entrevistas que concedió a lo largo de su vida para comprobarlo. Era un hombre de una personalidad arrasadora, volcánica. Un tipo valiente al que no importó nunca decantarse políticamente a pesar de que con ello se salía de lo que el público generalista podría esperar de todo un héroe americano. Su publicitado cambio de nombre, su conversión al islam y su negativa a acudir a la Guerra de Vietnam lo acreditan. Pero no se puede decir que saber todo ello es saber quién fue Ali. Davis tiene el acierto y la virtud de charlar distendidamente con él y de saber escuchar, ese dificilísimo arte.

La vida del campeón fue una vida de leyenda, sí, pero él seguía gastando sus particulares bromas pesadas a sus amigos y a sus mujeres, incluso el día después de pegarse ( o más bien de pegar) una paliza encima del ring. Dejaba, con total naturalidad, frases para la historia como «Soy el más grande. Lo dije incluso antes de saber que lo era. Pensé que si lo decía lo suficiente, convencería al mundo de que realmente era el más grande». Por eso, por su carisma y por su facilidad para pronunciar un titular tan otro, el libro de Davis es tan importante. Explora al Ali cotidiano. También al que, ya alejado de los rings, deviene en un mito universal en el que los demás solo ven la ruina, el superhombre que alguna vez fue. El paso del tiempo también afectó al incorruptible, al granítico Ali, pero no amansó su carácter. Al contrario, sacó a relucir su humanidad y su generosidad, incluso con los desconocidos.

Dicen que lo último que pierde un buen boxeador es la pegada. En el caso de Ali, lo último que perdió fue su inteligente forma de entender el mundo y su férrea fe en sí mismo, pase lo que pase y a cualquier precio. En sus últimos años, el antiguo Cassius Clay aseguraba que “quizá el Parkinson sea la manera de Dios de recordarme lo que es importante. Me ha hecho más lento y me ha obligado a escuchar en vez de hablar. De hecho, la gente me presta más atención ahora porque hablo menos». De esto, precisamente, va En busca de Muhammad Ali.

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