A la guerra con Satán
La Iglesia del Juicio Final & El Proceso
Cristo dijo: Amad a vuestros enemigos. El enemigo de Cristo era Satanán y el enemigo de Satanás era Cristo. A través del Amor se destruye la enemistad. A través del Amor, el santo y el pecador destruyen la enemistad entre ellos. A través del Amor, Cristo y Satanás han destruido su enemistad y se han unido para el Final; Cristo para juzgar, Satanás para ejecutar la sentencia.
Texto extraído de parte del discurso apocalíptico de El Proceso
La vigilancia que Satán nos profiere es inacabable y no está exenta de pasiones. Desde las más bajas a las más altas. El satanismo, la devoción a Luzbel, la creación de cultos de sangre y a la violencia, la conexión dionisíaca y con deidades de los más diversos tiempos y épocas, la búsqueda desesperada por encontrar a mesías y profetas de guantes negro, el descreimiento de la existencia de un Cristo ventricular que domine vicios y leyendas, bienes y males o la demonización de una única moral religiosa son cuestiones que, desde determinados grupos y subgrupos de variado culto religioso (¿podríamos llamarlas las tribus urbanas de otros tiempos?), han intentado analizar, crear, formalizar y creer en ellas. Probablemente la época más cercana a nosotros en la que el culto a Satán era una verdad creciente precisamente por esa apertura de libertades y por ese afán contracultural que imperaba fue la segunda mitad de los ’60 y principios de los ’70.
A la guerra con Satán. La Iglesia del Juicio Final & El Proceso relata la historia de aquellos años calenturientos en los que el infierno molaba más que el cielo, el ácido nos transportaba vía visiones hacia zonas satánicamente desprovistas de todo bien y mal y en donde la ética y la moral religiosa propinaba un derechazo a todo lo que la Iglesia Católica había intentado difundir durante cientos de años.
La Felguera publica una suerte de compilado de escritos de diferentes autores, analistas en primera o en tercera persona de una época convulsa en la que personajes como los británicos
Robert y
Mary Ann De Grimston lograron dar forma a una ideología, el proto-satanismo (por llamarlo de alguna manera), que trataba de explicar, en sus propias palabras, este postulado:
“Cristo y Satanás a través del amor disolvieron la enemistad que existía entre ambos y El Proceso trata únicamente de la unidad de Cristo y Satanás. Se han unido para marcar del comienzo del fin del mundo”. Y con tal parafernalia a cuestas tanto
El Proceso y la
Iglesia del Juicio Final que materializaba dichas ideas con acciones que iban desde la telepatía, la producción de boletines (bajo el nombre de, claro,
Process) hasta el cultismo (¿podríamos llamarlo macumba occidental?) se mezclaron en una zona (el San Francisco ocupado por hippies y
diggers que derivarían en yuppies, yonkis y eternos viajeros del LSD) y una época en la que personajes como
Charles Manson (y su
Familia de mujeres-objeto a bordo de aquel negrísimo autobús y quien arremetiera contra
Sharon Tate y los
LaBianca en dos de los asesinatos más sonados del siglo XX), los
Ángeles del Infierno (no la banda chunga de heavy español ochentero, sino aquel grupo de motoqueros sin piedad) o la Iglesia de la
Cienciología (
Tom Cruise, teléfono) daban sus primeros pasos en el arte de la virulencia y la formalización de la ideología satanista (en el caso de los cienciólogos ‘no oficialmente’), ejercicio que también atraía (aquella simpatía por el demonio tan rollingstoniana) a personajes público-masivos como
Miles Davis,
Jimmy Page,
George Clinton,
Arthur Lee,
Mick Jagger,
Marianne Faithful,
Allen Ginsberg o
Kenneth Anger (este fue un poco más allá y creó su propia comuna en Haight Ashbury). Una serie de movimientos que se paseaban por el surrealismo, el cultismo, la religiosidad, la performance escénica, la tensión propia de una tribu urbana (nada que no hagan ahora vía
YouTube emos,
floggers o
latin kings) pero desde la intelectualidad contracultural y bohemia de la época.
Aquí tanto
Ed Sanders (hace cuarenta años) como
Servando Rocha y
Andrés Devesa (hace escasos meses) analizan el devenir de aquellos satánicos grupos pseudo-religiosos para, luego, dar paso a los postulados máximos de
El Proceso.
La Felguera, al fin y al cabo, edita una suerte de Biblia contracultural satanista parida por los
De Grimston hace más de cuarenta años y que explica, a través de dichos escritos, la pleitesía que
El Proceso rendía a
Jehová,
Lucifer y
Satanás; nos acerca un poco más a la acción de dicha época en un alarde textual e historiográfico de uno de los grupos satánicos mejor organizados (dentro de la organización que un grupo de este pelaje puede llevar a cabo en los tiempos en los que se desarrolló: Guerra de Vietnam, multitud de subgrupos-tribus, cambios de paradigma en el mundo occidental, verano del amor, hippismo, etc.). Una manera de entender la posterior devoción del mundo de los sonidos duros de la música (death metal, black metal, heavy metal) o la quema de Iglesias (católicas, se entiende) por parte de grupúsculos uniformados de vikingos-heavys en la Europa nórdica de los ’90 (los mismos a los que
Peter Beste fotografió hace escasos años). La cultura (des)arma la religión. Ya lo decían los
Rolling Stones en su
Sympathy for the Devil:
“Observé con alegría / cómo tus reyes y reinas / luchaban durante diez décadas / por los dioses que ellos mismos habían creado”. Satán nos vigila.