El ser humano es hijo de su época, de su entorno. Siempre abocados a lo que vivimos. Al ahora. El problema (según para qué o quién) es cuando no entendemos del todo la época. Ahí es cuando algunos iluminados hacen una lectura sabia, frenética, rígida, entendible. Saber leer el mundo. Posiblemente pocas épocas fueron tan fructíferas para el pensamiento contemporáneo como el alzamiento de la contracultura y los ideólogos que ahondaban en la psiquis de la tierra para sacar de sus casillas al gobierno de turno en los años ’60. Pero no como un acto de rebeldía juvenil ni de utopía narcisista, sino como una acción-reacción a una emergencia común. Común, esa es la palabra. Unión, paz, flores y, sí, utopías reales. Los Luther King, los Malcolm X, la generación beat, el rock and roll, Bob Dylan, Sartre, París y Praga en el ’68, el Che Guevara, Guy Debord y el situacionismo, el letrismo, los poetas sin métrica. Y Los Diggers. Con mayúsculas y con nombre de grupo de acompañamiento de Donna Summers. Nada más lejos de la realidad: los únicos que consiguieron que el concepto de libertad no sea sólo una definición en el diccionario, sino un acto real, verdadero, histórico y valioso.
Alice Gaillard nos presenta en Los Diggers. Revolución y contracultura en San Francisco (1966-1968) el esbozo literario, histórico y extremadamente bien documentado del documental Les Diggers de San Francisco, la película documental que complementa al libro editado en España por Pepitas de Calabaza y realizada junto a Céline Deransart y Jean-Pierre Ziren. Allí Gaillard se reencuentra con la sombra de la nostalgia. La misma nostalgia que genera al lector al ver cómo un grupo de veinteañeros intelectuales lograron convertir en icono pop la cultura de lo free y transformarse en un grupo imparable de creación contestataria, sirviendo como evolución de la beat generation de Ginsberg (figura que participó en muchas de las acciones diggers), Burroughs o Cassady. Desde inicios de 1966 hasta mediados de 1968 Haight Ashbury, una pequeña comunidad de San Francisco, se vio empapada y ocupada por una plaga de hippies (los hijos resultantes del baby boom) con ganas de explorar el mundo, escuchar a Grateful Dead y Jefferson Airplane, bailar bajo los efectos del LSD y la marihuana y vivir al margen de las preocupaciones del capital global. Entre ellos, gente como Emmett Grogan, Billy Murcott, Peter Berg o Peter Coyote, entre otros. Figuras que se irían conociendo poco a poco, debatiendo y formando un pensamiento común acerca de, valga la redundancia, la comunidad común. El principio digger de libertad, gratuidad y utopía natural estaba a un paso.
Fuera de la política e incluso de la cultura, Los Diggers (término que heredaron de aquellos campesinos ingleses de mediados del siglo XVII que se apropiaron de los terrenos baldíos de la colina de Saint George, cerca de Londres, para operar en ellos de forma colectiva creando una tierra comunal inglesa) eran reaccionarios en el término más amplio de la palabra. Escribían en sus The Diggers Papers (Grogan era una bestia oradora), sí, pero su baza principal era la toma de las calles. Su teatro callejero subversivo y extremadamente pacifista no pretendía hacer ficción de la realidad, sino que la dualidad entre ambos términos canjeen su significado, haciendo partícipe al espectador del teatro de la vida: todos somos actores del mismo mundo. A aquella evolución de la Mime Troupe (un grupo de teatro callejero y hippie de San Francisco) le siguieron sus acciones más conocidas: la de relativizar, ampliar y darle un sentido de literalidad vehemente al término free (libre, gratis). De esta manera, creaban las Free Stores (tiendas gratis en las que cualquier podía coger una cosa y llevársela bajo el lema “es gratis porque es tuyo”), las comidas populares de la Free Food (camiones con diggers repartiendo alimentos a quien lo quiera: pobres, ricos, hippies y conservadores), el Free Bank (sí, banco libre: dinero al alcance de quien quiera cogerlo) y un larguísimo etcétera de acciones de paz y realidad. Proveedores, además, de eventos de unión entre la comunidad hippie y los Hell’s Angels o hasta, incluso, la comunidad periodística norteamericana (que no daba crédito a esas reuniones multitudinarias de libertad real: todo era perfecto), Los Diggers acabaron muriendo de éxito. La masividad de sus acciones se les fueron de las manos (millares de jóvenes llegaban cada mes a su comunidad y el descontrol pop y el turismo casi zoológico que todo el mundo y los medios propiciaban transformaron al grupo en unos rebeldes pop), las malas copias (como los esbozos de diggers neoyorquinos, con Abbie Hoffman, Jerry Rubin y Paul Krassner enzabezando lo que luego serían los Yippies), el descontrol que generaba los años sin parar de consumir drogas, la lucha de egos y, sí, lo viciado que acaba siendo mantener un ideal contra un mundo entero dejaron en jaque una utopía que fue real (con algunas leves contradicciones, como no podían ser menos), aunque perecedera.
